Punto de Encuentro

El fichaje de 2026 para que la ola no trague la nave. #EleccionesPerú

Por Mg. Nancy Arellano Suárez

«Me desconcierta la revuelta de los vientos. De aquí llega rodando una ola y, por allá, otra, y nosotros, en medio, arrastrados, nos vemos en nuestra nave negra, afligidos por la muy enorme tempestad. El agua de la sentina ya cubre el pie del mástil. Toda la vela está ya transparente, y cuelga en grandes jirones su tela, no logran asideros las anclas, y el timón… mis dos piernas se afirman en las jarcias y sólo esto me mantiene a salvo. Toda la carga arrastrada fuera de la borda va». Estas palabras de Alceo de Mitilene, escritas en el siglo VII a.C., no son un mero ejercicio de lírica marina. Son el grito de un aristócrata y guerrero que vivió en carne propia la stasis —esa fractura interna de la unidad política que precede al hundimiento de cualquier civilización—. Hoy, 9 de abril de 2026, a solo tres días de las elecciones generales, el eco de Alceo resuena con una vigencia aterradora en el Perú.

Escribo estas líneas desde una posición que los críticos superficiales llamarían «ajena», pero que la técnica define como observación técnica residente. Como extranjera que ha vivido más de la mitad de su vida adulta en este suelo, mi perspectiva no es la de quien busca un favor del poder, sino la de un auditor externo que, aunque no vota, padece los balances en rojo de una gestión deficiente. En un entorno donde la pasión electoral suele nublar el juicio, la mirada del residente permanente se asemeja a la de un consultor de directorio: nos interesa que la empresa funcione porque nuestra vida transcurre en sus pasillos, aunque no poseamos acciones con derecho a voto. Esta «distancia profesional» permite realizar una autopsia del sistema sin el sesgo del proselitismo, elevando el debate del barro de las candidaturas a la solvencia de la teoría de agencia.

Nos encontramos en la antesala de una votación que tiene más de ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) que de celebración democrática. Para quien resulte electo este 12 de abril, la victoria corre el riesgo de ser apenas una «alegría de tísico»: ese resplandor febril que precede al colapso si no comprende que no está asumiendo un trono para el reparto de prebendas, sino la gestión de una nave cuya estructura está herida de muerte por la desconfianza sistémica. Con un tablero electoral nano-fragmentado de treinta y ocho organizaciones entre partidos y alianzas —la cifra más alta de nuestra historia—, el panorama no es solo de atomización estadística, sino de una profunda orfandad conceptual. El gran drama peruano es que seguimos confundiendo el título de propiedad con el contrato de gerencia: creemos que el ganador se convierte en el dueño del país, cuando, técnicamente, no es más que un gestor temporal de un fideicomiso público.

La Identidad: El pecado original del contrato público

Para realizar un «fichaje» responsable en 2026, primero debemos entender qué es la empresa que estamos entregando. El Estado peruano arrastra una deuda de identidad que actúa como un lastre. ¿El Perú es el Tahuantinsuyo o es el Virreinato? Al no haber zanjado esta respuesta, el contrato de gerencia siempre es defectuoso porque el «dueño» (el ciudadano) no sabe con precisión qué intereses está defendiendo. Como señalaba Benedict Anderson, toda nación es una «comunidad imaginada», y el problema del Perú no es que imaginemos la comunidad, sino que no nos ponemos de acuerdo en qué imaginamos juntos.

Sin esa identidad resuelta, el Estado es solo un territorio habitado por extraños que compiten ferozmente por recursos finitos en lugar de colaborar en un propósito común. Esta falta de cohesión es la que permite que el Estado sea capturado por intereses fácticos y economías ilegales que operan en las sombras de la fragmentación. En este escenario, el político promedio no llega con un plan de país, sino con una oferta de «minimalismo cívico»: la promesa de un Estado raquítico que solo aspira a «dejar que la gente trabaje en paz». Pero pedir solo eso es pedir un guardia de seguridad, no un Estado. El minimalismo cívico es la renuncia a la civilización; es aceptar que el administrador solo cuide la puerta mientras el edificio se incendia por dentro. Producir no es solo comer; es generar valor que trascienda la mesa individual y sostenga una estructura capaz de planificar a veinte años, no a veinte minutos.

El Lugar y la Soberanía Ficticia

La soberanía no es simplemente una línea romántica trazada en un mapa; es el control efectivo de la ley sobre el suelo que pisamos. Stephen Krasner distinguía cuatro dimensiones de la soberanía, y la que más nos falla en 2026 es la doméstica: la capacidad del Estado para organizar su autoridad hacia adentro. En la actualidad, el avance de la minería ilegal —estimulado por los precios récord del oro y el cobre—, el narcotráfico y el crimen organizado han convertido vastas zonas del país en lo que técnicamente es un archipiélago de jurisdicciones fácticas. Son territorios donde la ley peruana es una ficción jurídica y donde poderes paraestatales ya ejecutan su propio «contrato de gerencia» basado en la extorsión y la violencia.

Un administrador incapaz de imponer el ordenamiento jurídico en todo el territorio no solo ha perdido activos; ha perdido la condición mínima para gobernar. Como planteaba Hans Kelsen, el Estado es el ordenamiento jurídico —son idénticos—. Por lo tanto, si el gerente incumple la norma o la dobla a su conveniencia personal, el contrato de agencia se anula de facto. Esto no es un error político, es una causal de rescisión inmediata. Un gobierno sólido no es el que «manda» más gritando desde un balcón, sino el que se mueve con maestría dentro de la ley, entendiendo que el derecho no es un límite a su gestión, sino su propia naturaleza. El próximo administrador recibirá una casa con las paredes agrietadas y ocupantes ilegales en la cocina; su tarea no es decorar la fachada con promesas, sino asegurar los cimientos y expulsar a quienes pretenden gobernar desde la ilegalidad.

La Teleología: ¿Para qué queremos estar juntos?

Este es el carácter teleológico del Estado. Alessandro Groppali recordaba que el Estado existe para un fin: el Bien Común. Si este fin no reposa de forma pétrea en nuestra psique colectiva, los gobiernos no llegan a servir, sino a improvisar su propia supervivencia política. En el debate electoral de 2026, el Bien Común ha sido reemplazado por un catálogo de promesas populistas que no distinguen entre la voluntad política y la viabilidad estructural.

El Estado es la nave de Alceo, y el Bien Común es el puerto seguro. Sin un puerto zanjado, cualquier político es un náufrago con poder. Por eso, las herramientas de análisis del elector deben enfocarse en detectar si el candidato tiene una brújula ética o si simplemente está maniobrando para rapiñar los tesoros de la nave antes de que se hunda, como denunciaba Teognis de Mégara. La pregunta fundamental que debe hacerse el «Dueño» (el ciudadano) no es qué le va a regalar el próximo presidente, sino para qué estamos dispuestos a seguir asociados bajo la bandera peruana. Si el próximo gerente solo llega para administrar la escasez y apagar incendios mediáticos en TikTok, habremos perdido otros cinco años en la deriva.

La Gerencia: Aplicar Pareto para romper el algoritmo

En ciencia política se habla de la «Principal-Agent Theory», en la que el ciudadano es el Dueño y el Gobierno es el Administrador. El problema es que en el Perú hemos invertido la lógica de Pareto. El 80% del ruido político —las disputas estériles, las tachas, los escándalos de redes sociales y la supervivencia parlamentaria— consume la energía que debería ir al 20% que realmente mueve el sistema: la calidad técnica, la mística de servicio y la ética.

Ese 20% es el músculo diferenciador que debemos buscar en este fichaje. Necesitamos líderes-técnicos que actúen como espejos de la nación. La labor de los partidos debería ser generar cuadros con base técnica y sensibilidad política; sin embargo, lo que vemos es una proliferación de «vientres de alquiler» que se crean y destruyen para cada elección. Buscamos desesperadamente mesías para que nos salven, cuando lo que necesitamos son gerentes públicos que nos reflejen y que, sencillamente, funcionen. El «algoritmo» de la política actual nos empuja hacia la polarización y el efectismo. El electorado debe romper este ciclo exigiendo sustancia. El próximo administrador debe ser capaz de sacrificar el aplauso fácil del 80% ruidoso para concentrarse en el 20% estructural que permitirá a la nave recuperar su rumbo.

Herramientas Críticas para un Casting de Emergencia

Para evitar que el próximo quinquenio sea solo una agonía prolongada en la antesala de la UCI, el ciudadano debe actuar como un directorio responsable. Se proponen tres preguntas mínimas de filtrado técnico:

  1. ¿Resultados verificables o pirotecnia retórica? No basta con el éxito autopromocionado. Hay que buscar evidencia contrastada de haber dirigido instituciones con resultados tangibles. La trayectoria real siempre deja huella, tanto en logros como en críticas. Un administrador que no puede mostrar una hoja de ruta de éxitos previos difícilmente podrá manejar el fideicomiso público de una nación en crisis. El voto de la familia emprendedora debería ir a quien ofrezca menos trabas y más resultados, no a quien recite poemas de campaña o carismas de pantalla.
  2. ¿Equipo técnico o séquito de lealtades ciegas? El gobierno es un ejercicio de equipo, no una aventura solitaria. En un sistema tan frágil, donde el Parlamento tiene la capacidad de destituir presidentes con osadía pasmosa, la cadena de sucesión es vital. Por ello, es fundamental revisar quiénes son los vicepresidentes y quiénes ocuparían las carteras críticas. Examine a quiénes presenta el candidato, pero sobre todo, a quiénes omite. En un escenario de retorno a la bicameralidad, la capacidad de concertación del equipo será el único dique contra la ingobernabilidad apocalíptica.
  3. ¿Diagnóstico estructural o catálogo de ilusiones? Una propuesta seria debe partir de la realidad: la brecha logística entre la costa y la sierra, y una informalidad que asfixia al 70% de la fuerza laboral. Si el candidato ignora que la inequidad del país es estructural y no solo de voluntad política, está vendiendo humo. La coherencia biográfica es el primer indicador de integridad: verifique si el candidato tenía algún compromiso con lo público antes de postularse, o si llegó a la política desde la acomodación con lo que hoy dice combatir.

Conclusión: De la «minoría de edad» a la ciudadanía plena

La deuda pendiente en el Perú es, finalmente, una deuda de madurez. Seguimos en lo que Kant llamó la «minoría de edad» cívica: la incapacidad —o la comodidad— de usar nuestra propia razón sin tutela ajena. Esperamos que un mesías piense el Estado por nosotros mientras nos refugiamos en el minimalismo de «solo quiero que me dejen trabajar». Pero un administrador que solo «deja trabajar» porque no entiende el sustrato técnico de su cargo, mantendrá al Perú en la misma precariedad estructural de siempre.

El 12 de abril de 2026 no se trata de votar por el que menos nos asusta. Se trata de contratar a quien mejor entienda que el Estado no le pertenece. La madurez política empieza cuando dejamos de ser «hijos rebeldes» esperando la tutela de un padre autoritario y asumimos que somos los dueños del fideicomiso. El Perú no puede permitirse más improvisaciones. La nave está dañada, las olas son altas y el tiempo de los profetas ha terminado; es la hora de los gerentes con propósito.

Zanjado el «para qué» queremos estar juntos como nación, el Estado dejará de ser un botín para los «cargadores» de la nave y volverá a ser la institución técnica y jurídica al servicio de la gente.

Como advirtió Alceo hace veintiséis siglos, en medio de la tempestad no hay lugar para la duda cobarde. Sapere aude: atrévete a saber y a elegir con la razón, porque solo la valía y el coraje de contratar gerentes podrá evitar que la ola termine por tragar definitivamente nuestra nave. El futuro del país no está en las manos del próximo gobernante, sino en el rigor con el que los ciudadanos, como dueños de la empresa, realicen este fichaje histórico.

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