Claire Viricel
Conviene detenerse en el fallido proceso político chileno por el alcance de sus enseñanzas. Lo haremos de la mano de dos libros: Boric: el laberinto de las puertas (Editorial Catalonia) del sociólogo Alberto Mayol, publicado justo antes de la primera vuelta de noviembre 2025. Un ensayo breve y severo con el Frente Amplio que le había tocado representar en las primarias y parlamentarias del 2017. El FA llevaba un proyecto de transformación política tras la larga crisis estudiantil que empezó en el 2011 y terminó en el estallido del 2019. En 145 páginas repasa “la rutina” que fue tener a Gabriel Boric en La Moneda pues “nadie sabe cómo llegó allí”, asegura. Lucidamente, anticipaba la derrota del 14/12/25 del frente electoral conducido por la comunista Jeannette Jara. “Una tragedia”. El segundo libro, De triunfos y derrotas: narrativas críticas para el Chile actual (LOM Ediciones) es de publicación anterior (abril 2023), contiene 172 páginas. Reúne a 13 autores, la gran mayoría docentes universitarios. Dos de ellos fueron convencionales, Fernando Atria y Bárbara Sepúlveda. Se ocupan de entender el Rechazo de la Carta Magna elaborada por la Convención ocurrido el 4/9/2022.
Para ello, hay que volver al estallido. El18-O fue una “revuelta popular” para el sociólogo Manuel Canales, y “la expresión de una rabia e indignación por la precarización de la vida. Sin liderazgos políticos”. Y eso hará vacilar la clase dirigente. “Un pueblo nuevo sin izquierda. La demanda no es antineoliberal, emana del propio éxito del modelo”, aclara. Para la crítica cultural Nelly Richard, “una multitud abigarrada que desbordaba la categoría de pueblo”. “Tenían demandas concretas, intereses materiales, no pedían otra Constitución, pero no estaban organizados”, explica la socióloga Pierina Ferretti. “La ausencia de liderazgos que encauzaran el malestar prolongó la revuelta”, apunta la escritora Diamela Eltit. Para Mayol, “ante su incapacidad para contener la energía liberada, el sistema político buscó un cauce institucional, y promete una nueva Constitución redactada por una Convención electa”.
Dicha Convención se instaló el 4/7/2021. Un día de mal auguro, según la periodista Faride Zerán, porque “convencionales de los pueblos originarios se habían convocado en torno a una ceremonia ancestral en el cerro Huelén para luego volcarse a las calles, y en medio de aplausos entraban triunfalmente al edificio de la Convención”. Hubo desorden. Se eligió como presidente a Elisa Loncon, universitaria mapuche, que habló de “transformar a Chile en un Chile plurinacional”. (Recordaremos que un 12,9% nomás de la población chilena es indígena). Así, en la forma, hubo de entrada “continuidad de lo destituyente en el momento constituyente”, según el historiador mapuche Claudio Alvarado. Además, prescindieron de “una orgánica política para comunicar los avances”, dentro y fuera de la asamblea, señalan Loncon y otros. Dada la diversidad de la Convención, “los activismos identitarios sin articulación entraron en pugna”, observa Richard. Y no faltaron las “posturas radicales mapuche patriarcalizadas”, resalta Loncon al señalar el choque de usos culturales. “Inexperiencia y mesianismo”, lamenta Zerán.
Y en el fondo, se extraviaron. “Fallaron en la interpretación de la demanda del 18-O. Dejaron para el final los derechos económico-sociales” (Canales). Se abocaron a “defender derechos más culturales que sociales”, señala Richard. Cruzaron el Rubicón con la plurinacionalidad: no solo un vocablo académico “repelente”, según Alvarado, sino un concepto que Eltit señala como “el gran escollo” porque “el exceso identitario fragmentaba la unidad en torno a derechos tradicionales, salud, educación, trabajo, vivienda, pensiones”. Así redactaron una Constitución “claramente plebeya”, “maximalista” en el sentido que “proponía una nueva ordenación de la vida en común que abolía la Constitución tramposa", se defiende Atria. La socióloga Ferretti deplora que no tuvieran “capacidad de elaborar una alternativa que combinara aspiraciones a la seguridad y protección social con la libertad individual y propiedad”. Dos analistas asumen que “al no parecerse a ninguna otra Constitución en el mundo, el proyecto final generó dudas sobre su viabilidad”. Por su carácter experimental (dixit Richard) y también utópico, “hasta con derechos garantizados para la naturaleza” (dixit Zerán). El texto fue finalmente rechazado por un 61,89% del electorado, obligado a votar. Ese detalle lo perdieron de vista —lamenta Ferretti— tras la victoria aplastante del Sí en el plebiscito de entrada que había movilizado solo al 51% del padrón electoral por tratarse entonces de voto voluntario, como en la elección siguiente de la Convención que movilizó aún menos (43%). Demasiado encandilados. “La propia izquierda representada en la Convención se resistió hasta el final a contemplar siquiera la posibilidad de que triunfara el Rechazo”, afirma Richard aludiendo a esa 'autoafirmación narcisista' observada por el docente Claudio Aguayo: la revuelta tenía que ser antineoliberal. “Una cosa es el imaginario y otra cosa la realidad”, recuerda el sociólogo Manuel Antonio Garretón.
El gobierno de Boric que lo padeció se debe a “un error estratégico de Giorgio Jackson (de Revolución Democrática, el partido predominante de la izquierda) para las primarias del 2021, según cuenta Mayol. Jackson calculó que no debía aliarse con el Partido Socialista sino con el Partido Comunista de Daniel Jadue quien, por su peso propio, le ganaría al FA de Boric, habiendo tenido este problemas personales y perdido apoyo interno tras la firma del Acuerdo por la Paz y Nueva Constitución del 15/11/2019 en tanto que diputado. Jadue, en segunda vuelta, perdería ante una derecha fuerte con Joaquín Lavín... Es que “Jackson esperaba que el primer gobierno del FA ocurriera en 2026”, bajo su liderazgo. Todo salió al revés. “Boric ganó las primarias y la presidencia. Jackson tuvo que ser ministro de un gobierno especulativo, y dejó de estar a la altura de los presidenciables”. En el trance, “una izquierda fortísima pasó a ser débil y la Concertación terminó de morir”. Pero “Boric no tenía proyecto político”, señala siempre Mayol, como tampoco lo tenía la alternancia desde el 2006. Contaba con la nueva Constitución para gobernar. “Boric es producto de la levedad y el hedonismo”. “Se levantó contra el neoliberalismo y la Concertación, pero claudicó, reivindicó a la Concertación y, sin quererlo, al propio neoliberalismo que había que enterrar”. Sin embargo, la derrota —asevera—viene de más atrás, de la Concertación que “no cayó por derrota electoral. Cayó cuando dejó de funcionar como sistema de equilibrio entre orden y justicia”. “Bachelet proviene de un proyecto fallido. Sabía al impulsar la Nueva Mayoría en el 2013 que gobernaba un sistema agotado y que la única manera de preservarlo era abrirlo. Boric y los suyos son los hijos políticos de la perestroika bacheletista: nacen de su apertura, se forman en su crítica y terminan heredando su método. El heredero que quiso cerrar una era terminó prolongándola”.
¿Qué tarea les espera? - “Marcar la diferencia, habitar el disenso”, propone el docente Rodrigo Karmy. - “Construir una nueva narrativa que interpele a una totalidad abigarrada”, sugiere Alvarado. - “Darle forma a otra inventiva de izquierda que se muestre suficientemente abierta a lo contradictorio y ambivalente de cómo se autoconstituye y se desconstituye el pueblo”, apuntala Richard en un Chile donde Sepúlveda no minimiza “el auge de la ultraderecha” ni “el aumento de las iglesias evangélicas”. - “La tarea es comprender que sus épicas y el horizonte de estas se articulan desde un nosotros democrático. Escuchar, atender, entender, y desde los territorios mentales especialmente” (Eltit). Nada menos.