Fernando Rodríguez Patrón
La democracia representativa, conocida como democracia indirecta, permite a los ciudadanos a través de elecciones libres y periódicas ejercer el poder político eligiendo a través del sufragio, a quienes gobernarán. Es el tipo de democracia mediante el cual el poder político procede del pueblo pero no es ejercido directamente por él sino por sus representantes.
Al respecto, la mención “representantes” no resulta antojadiza, pues nuestra Constitución establece que los congresistas representan a la Nación (art. 93°), sin embargo, si nos atenemos a las encuestas, pareciera ser solo una declaración de principios, pues las encuestas evidencian una profunda desaprobación ciudadana respecto de sus representantes, donde la rotunda negación a la reelección congresal en el referéndum del 2018 no hizo más que expresar el punto más álgido de esta crisis de representación.
Como ya se dijo, la desaprobación se pone de manifiesto en resultados de encuestas, así por ejemplo, el 63% de los peruanos no tienen simpatía por ningún partido político (Datum Internacional, Junio 2025), en una encuesta del IEP se reveló que el 94% de la ciudadanía no se siente representada por el Congreso (Julio 2024) y que el 93% desaprueba al Congreso (IEP, Mayo 2025). Aunque las encuestas no lo dicen, no me extrañaría que la ciudadanía opine que los congresistas solo se representan a ellos mismos.
La falta de afinidad y la crisis de representación no surgen espontáneamente. Tienen su origen en raíces más profundas que nos conducen hacía la precariedad de nuestros partidos políticos, quienes debiendo comportarse como expresión ciudadana, circulan en sentido contrario y prácticamente, salvo períodos electorales, desaparecen de la escena pública.
No obstante, afirmar que la crisis de los partidos políticos es la causa exclusiva de la falta de representación percibida por la ciudadanía, resulta siendo cuando menos inexacto si no admitimos que esta es no es otra cosa que la lógica consecuencia de la invisibilidad partidista en períodos no electorales, situación que se agrava si constatamos su nula presencia a nivel nacional, su evidente carencia ideológica, el predominio caudillista, el silencio que guardan frente a los temas de coyuntura y principalmente, por el mito de la democracia interna que como bien sabemos es en la práctica un mero formalismo electoral, a lo que podríamos agregar la precaria supervisión del financiamiento de las campañas electorales que permite el ingreso de dinero negro en la política y con él el de nuestros poco representativos representantes.
Dicho esto no nos queda más que admitir que nuestra realidad partidaria está cerca de tocar fondo, por ende, urge que los partidos de cara a las elecciones del próximo año empiecen por revisar sus viejas y anquilosadas estructuras internas y en especial, se esfuercen en establecer mecanismos que generen la construcción de puentes que, más allá de una campaña electoral, los vinculen efectivamente con la ciudadanía.