Desde hace muchísimo tiempo, los países que tienen elecciones parlamentarias y presidenciales, se encuentran en una gran encrucijada, que es escoger entre el modelo que algunos llaman socialista y otros comunista, y el modelo desarrollista.
En nuestro hemisferio han escogido el modelo socialista y aún persiste en Cuba y Nicaragua y todavía en parte en Venezuela, caracterizados por el populismo, ofreciendo el oro y el moro, supuestamente la igualdad de ingresos y gratuidad en montones de bienes y servicios que debería dotar el Estado totalitario.
En buena cuenta es una gran farsa y engaño al electorado, en que los jerarcas del régimen se vuelven dictadorzuelos y solo ellos y su entorno se llenan los bolsillos de plata mal habida. Hemos tenido a los hermanos Castro en Cuba, también esta Ortega en Nicaragua y hasta hace pocos meses a Nicolás Maduro en la Venezuela chavista, que apropiándose de la figura de don Simón Bolívar y denominándose “República Bolivariana” engatusaron a millones de venezolanos que se vieron obligados a buscar nuevos rumbos en otros estados, pero su país reconocido como gran productor de hidrocarburos que lo hacía próspero sucumbió ante el delincuencial engaño. A sus jerarcas se les encontró escondidos en paraísos financieros, los recursos económicos de los cuales se habían apropiado dolosamente.
Otros países cuyos ciudadanos habían escuchado los falsos cantos de sirena pusieron correctivos y dejaron de lado populismos como es el caso de Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y probablemente sean pronto secundados por Colombia.
Nuestra patria en la década que concluye ha tenido la penosa experiencia de haber cambiado presidentes al promedio de un presidente por año, en que por inverosímil irresponsabilidad colectiva hemos sido testigos de renuncias, vacancias declaradas por el Congreso, censuras jaladas de los pelos por su inconstitucionalidad, elecciones truchas así como también disoluciones reprochables del Parlamento.
El otro sistema que es el que llamaremos “desarrollista” vinculado a países en apogeo de crecimiento y relativa bonanza, sustentado en su democracia y buenas decisiones políticas, han propiciado, incentivado y protegido a la inversión privada, la que ha permitido reducir el desempleo, otorgar mayores demandas de trabajo, lo que de suyo se traduce en bienestar, con niveles de vida que permiten sustentar los gastos personales y familiares, así como acceder a mejor educación y salud, y también a infraestructura en ascenso en calidad.
Hoy nuestro país, dentro de un clima de inestabilidad política, elecciones generales que dejan más dudas que certezas, lo que a su vez desmotiva las inversiones nacionales cono foráneas que son las que generan trabajo digno y adecuadamente remunerado, se encuentra en la disyuntiva de escoger entre los dos sistemas expuestos.
Ello debe llevar a que la candidatura del desarrollismo no se quede en las solas propuestas, sino también como hacer para alcanzarlas y los mecanismos para ello, pero al mismo tiempo cuestionar con la verdad al populismo de las ofertas imposibles o inconvenientes o francamente indebidas, que lejos de ayudar a sacar al país de su actual ostracismo nos lleve al despeñadero.