Por Joseph Abraham Villacorta Olano, M.D.
Cuando un Jefe de Estado se oculta, la democracia entera queda a oscuras.
Crónica del primer gran escándalo del Poder Encapuchado.
Reuniones ocultas, empresarios extranjeros y el primer gran escándalo del gobierno de José Jerí que pone en jaque su legitimidad.
Apenas han transcurrido cien días desde que José Jerí asumió la presidencia del Perú, y ya enfrenta el primer terremoto político de su administración. No se trata de una crisis económica ni de un conflicto social, sino de algo más corrosivo en tiempos de desconfianza ciudadana: la percepción de clandestinidad en el ejercicio del poder.
Las imágenes difundidas por la prensa investigativa son elocuentes. El presidente, de noche, con el rostro cubierto por una capucha, ingresando sigilosamente a un local comercial en Lima, propiedad de un empresario chino. Días después, nuevas grabaciones lo muestran con lentes oscuros, repitiendo encuentros en otra tienda del mismo empresario en pleno centro histórico. Ninguna de estas reuniones figuró en la agenda oficial. No hubo registro institucional. No hubo testigos gubernamentales visibles. Solo cámaras de seguridad y periodistas atentos.
La reacción ciudadana fue inmediata. ¿Por qué un jefe de Estado acude encapuchado a reuniones privadas? ¿Qué necesidad existe de ocultar identidad cuando se ejerce la más alta magistratura del país? La simbología de la escena es poderosa: un presidente que actúa como quien desea no ser visto.
Jerí ofreció explicaciones cambiantes. Primero afirmó que se trataba de un encuentro diplomático preparatorio para un evento binacional con China. Luego sostuvo que fue una reunión social informal. Más tarde reconoció que “fue un error” acudir encapuchado. Cada rectificación debilitó más su credibilidad. En política, las versiones mutantes suelen interpretarse como huellas de algo que se intenta cubrir.
La Fiscalía ha anunciado investigaciones preliminares. La oposición ya habla de tráfico de influencias. El Congreso evalúa una eventual moción de vacancia. Y los analistas observan un patrón clásico de los gobiernos frágiles: cuando la transparencia se vuelve opcional, la legitimidad comienza a erosionarse.
Más allá de si existió o no un acto ilícito, el daño simbólico ya está hecho. La imagen presidencial ha quedado asociada a la sombra, al sigilo y a la discreción impropia de quien debe actuar con luz pública permanente. En democracias fatigadas como la peruana, no solo se exige legalidad: se exige visibilidad, coherencia y conducta ejemplar.
El caso Jerí no es únicamente un escándalo coyuntural. Es un recordatorio de que en el siglo XXI el poder no solo se ejerce, también se expone. Y cuando un presidente opta por la clandestinidad, aunque sea por un instante, abre la puerta a todas las sospechas.
Porque en política, lo oculto nunca permanece oculto. Y la capucha, tarde o temprano, siempre cae y se descubre el verdadero rostro del poder.
21 de enero 2026