Fernando Rodríguez Patrón
En toda sociedad democrática, los partidos políticos no solo evidencian la pluralidad política pues, de modo congruente con ello, debieran constituirse en los entes pertinentes para actuar como agentes catalizadores de las necesidades sociales frente las autoridades.
No obstante, la realidad nos ha demostrado en los últimos años que los partidos políticos lejos de cumplir con ese rol y dándole la espalda a la ciudadanía, se ocupan en sacar proyectos que únicamente les benefician. En contrapartida, el reverso de la moneda nos muestra a los ciudadanos que no se identifican ni se sienten representados los partidos políticos.
Encontrar las razones que expliquen el distanciamiento no debería ser una tarea que demande mayor esfuerzo, podríamos empezar indicando la sensación generalizada de corrupción que envuelve a los partidos y cuya cara visible es el Congreso, podríamos referirnos también a la (muy) baja calidad de los candidatos que presentan, su falta de preparación, sus antecedentes; podríamos mencionar la falta de renovación de líderes partidistas, las candidaturas eternas, los blindajes parlamentarios, el transfuguismo, etc.
Retrocediendo en el tiempo, advertimos que esta disociación hizo pico con los parlamentarios elegidos para el período 2016-2021, cuando vimos como el partido que contó con abrumadora mayoría parlamentaria (73/130) teniendo la mesa servida para cimentar el camino para que su lideresa, que en ese entonces había perdido en el balotaje dos veces (ahora ya son tres), accediese a la presidencia. Sin embargo, navegaron a contracorriente y lo hicieron a pulso. Tomaron el control congresal e intentaron hacerlo desde allí en todos los niveles que pudiesen, enfrentándose al ejecutivo permanentemente, archivando denuncias constitucionales cuando les convenía, promoviendo normas en beneficio propio, dilatando o encarpetando normas de interés general, etc., de modo tal que esta mayoría congresal asemejó una dictadura parlamentaria ganándose por amplio margen la desaprobación popular, lo cual por cierto no fue exclusividad de dicho parlamento que finalmente fue disuelto, pues sucedió con los siguientes y se mantiene hasta el día de hoy; sin embargo, en aquel grupo parlamentario hubo un elemento claramente notorio y cuyo análisis quedó en el olvido, nos referimos al alto número de invitados entre sus miembros.
Entendemos que la afiliación debe ser la base sobre sobre la que se estructuran las organizaciones políticas, donde una candidatura representaría la culminación de un proceso de maduración gestado en su interior, debiendo ser una consecuencia, un merecimiento; por ello, permitir que los partidos puedan afiliar a tardíos y potenciales candidatos hasta una fecha próxima a una elección, no solo es darle la espalda al afiliado sino permitir que se genere un mercado de afiliaciones y si a renglón seguido se permite a los partidos que hasta un 20% de sus candidatos puedan ser designados, lo que incluye invitados, tenemos el cóctel perfecto para el ingreso en la política de quienes posiblemente lo hagan para para buscar impunidad o el beneficio propio.
Un invitado no tiene vínculo partidario, no se debe a una organización política pues no es parte de esta. Dicho esto, debiéramos esperar que para las próximas elecciones los partidos tengan el tino de preferir a sus afiliados frente a invitados y, en todo caso, que éstos últimos pasen por filtros eficientes que impidan las candidaturas de quienes no cuentan con los méritos necesarios para acceder a un cargo congresal, no vaya a ser que tengamos como candidatos, como ya ha ocurrido, a gente buscada por la justicia o que motivados por apetitos personales acaben arruinando la gestión parlamentaria del partido que los invitó.