En mi regreso a China, haciendo escala en el aeropuerto de París, me dirigí al salón VIP en la terminal L para descansar unas horas. Pero, para mi sorpresa, me dijeron que no podía ingresar. En visitas anteriores, siempre pude acceder con mi tarjeta negra, pero esta vez me fue negado. Pregunté: “¿Puedo pagar para entrar?” La respuesta fue: “No ofrecemos servicios de pago.” En otras palabras, “aunque tengas dinero, no puedes entrar.”
Sin opción, busqué un lugar con enchufe para sentarme y escribir algo, pero me sorprendió descubrir que no había enchufes estándar para computadora. Solo podía usar un adaptador con un agujero redondo, que no sabía si era una creación exclusiva del aeropuerto o un estándar europeo.
París es una ciudad internacional, pero me di cuenta de que, mientras nosotros tratamos de adaptarnos a ellos, ellos eligen seguir su propio camino sin importa nuestro sacrificio por el cambio. En el aeropuerto, vi un lema traducido bellamente en chino: “La memoria de París será tuya” (en francés: "Paris ne vous oubliera pas"), lo que significa “París no te olvidará”. Yo tampoco olvidaré, aunque no todas las memorias sean agradables, algunas son difíciles de olvidar.
Estas experiencias no tan agradables me llevaron a reflexionar sobre una cuestión más profunda: ¿realmente París y otras ciudades europeas están logrando la globalización? O más bien, ¿están eligiendo preservar su cultura y estándares en lugar de conectarse con el mundo? El tema de los enchufes en el aeropuerto ejemplifica esto. El estándar de enchufes europeo no es compatible con el de otras partes del mundo, lo que causa inconvenientes a los viajeros. Este problema no refleja la globalización, sino que muestra cómo Europa sigue aferrándose a sus tradiciones, sin ajustar ciertos detalles a la realidad global.
Entonces, me pregunto, si Europa desea preservar su independencia cultural, ¿por qué en otros ámbitos, especialmente en los valores y la cultura, exige a países como China que se alineen con lo que ellos llaman “valores universales”? Esto me parece un doble rasero. Europa defiende su cultura y estándares, pero espera que otros abandonen sus tradiciones y particularidades para adoptar los valores occidentales. China tiene una cultura milenaria; ¿es justo pedirle que renuncie a sus tradiciones para adaptarse a los valores de Occidente? La globalización debería ser plural, no unificada; debe respetar la singularidad de cada nación y cultura, no exigir que todas se uniformen.
Un pueblo que no consume carne de perro no tiene por qué considerarse superior o más civilizado que otro que sí lo hace, porque el verdadero valor de la civilización no radica en las costumbres alimenticias, sino en la capacidad de “entender” y “acoger” al otro. La civilización es, en esencia, una cuestión de inclusión y entendimiento, no de seguir un único conjunto de valores.
Por lo tanto, la actitud de París y otras ciudades europeas de preservar su independencia cultural mientras imponen sus propios valores a otras culturas merece reflexión. La globalización no es solo económica, sino también cultural. En el camino hacia la globalización, cómo equilibrar la cultura propia y los valores universales es un tema que merece una profunda reflexión.