Punto de Encuentro

La Silla del Águila

Dr. José Mario Azalde León

Dicen que cuando Pancho Villa y el General Emiliano Zapata se encontraron frente a la Silla del Águila, ambos dudaron sobre si era conveniente sentarse en ella. Zapata, finalmente, rechazó la propuesta alegando que aquella silla estaba maldita, que volvía seres siniestros a todos aquellos que colocaran sus posaderas.

En la serie Game of Thrones, el Trono de Hierro simbolizaba el poder. Una silla creada con espadas fundidas, muchas de ellas todavía filudas y en extremo peligrosas si no se prestaba atención a los movimientos o se tomaban precauciones cuando se estaba sentado.

En política, los símbolos y los gestos son siempre importantes. San Martín soñando los colores de la bandera peruana (según el relato de Valdelomar) tiene el mismo valor que la espada de Bolívar que tanto le gustaba lucir a Hugo Chávez (dicen que usaba, en realidad, una imitación).

Una silla endemoniada, que transforma a quien se sienta en ella en un ser malvado. Cualquiera pensaría que estamos ante un cuento de terror de Poe o Lovecraft, pero la explicación es mucho más prosaica. El poder envilece. Y ello es propio de la naturaleza humana. Particularmente, cuando veo por la pantalla el juramento de un nuevo presidente (de cualquier país) asumiendo el mando frente al poder legislativo, y la cámara se acerca sigilosamente mostrando una gran sonrisa, un frio sudor discurre por mi cuerpo. El poder es un peso, una enorme responsabilidad. No puede causar felicidad soportar esa pesada carga. Asumir la presidencia reviste una cierta gravedad que pocos entienden. Se me viene a la mente imágenes como la de Mauricio Macri bailando una cumbia de Gilda con la banda y el bastón presidencial o Alejandro Toledo cantando “entonado” la famosa canción de los Hermanos Gaitán Castro. Ejemplos abundan.

Lamentablemente no hay razones para la alegría. La política puede sacar lo mejor o lo peor de quien ostente el poder. Puede ser un medio para la santidad (Tomás Moro), para mostrar grandeza en los momentos más oscuros (Churchill), para mostrar desprendimiento frente a la seducción del poder (Haya de la Torre), pero también puede ser una golosina para compensar miserias personales, un trampolín para las bajas pasiones, un acicate para las traiciones.

Sentado en la Silla del Águila o la Silla de Pizarro, las sonrisas son actos de irresponsabilidad. Es la hibris de los griegos, la desmesura. La política, sobre todo en nuestra época en la que los grandes relatos han sido reemplazados por un pragmatismo cínico, implica una reflexión sobre la responsabilidad y el drama que encarna el mismo. El poder, para quien lo ejerce, debe ser una lucha constante de equilibrio y autocontrol ¿lo entenderán todos aquellos alegres aspirantes a ocupar un cargo público?

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