A vísperas de que se resuelva el pedido de prisión preventiva para la ex pareja presidencial de Nadine Heredia y Ollanta Humala, tenemos un hecho de coyuntura política importante, el dialogo producido entre Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, es decir, los líderes de los dos partidos políticos que gobiernan nuestro país, tanto desde el Poder Ejecutivo como del Legislativo respectivamente. Como cualquier peruano, espero que logren llevar adelante una agenda país; empero, me preocupa aún las serias debilidades estructurales que tienen sus partidos políticos, las cuales, a la larga podrían afectar la sostenibilidad de una agenda común entre sus líderes.
Por otra parte, ha pasado inadvertido que en el Partido Popular Cristiano- PPC- aparentemente existiría un acuerdo conciliatorio entre los diferentes sectores enfrentados en una pugna interna que durante años ha venido ocasionado una pérdida importante de su capital político partidario, éste representado por plazas electorales donde dicha agrupación históricamente ha ganado elecciones y, por ende, espacios de gobierno sub nacionales. Quizás estamos ante un avance en medio de la crisis institucional que afronta esta emblemática organización política, que a la fecha aún representa una tendencia doctrinaria mundial como lo es el socialcristianismo.
Quizás con mayor visibilidad pública, hemos advertido un episodio más de la crisis dirigencial de quien localmente representa a la socialdemocracia como tendencia doctrinaria mundial, nos referimos al Partido Aprista Peruano – PAP- que luego de un proceso electoral interno bastante cuestionado por determinados sectores; actualmente deberá dilucidar en instancias del Registro de Organizaciones Políticas, si sus autoridades dirigenciales electas el fin de semana pasado, aparentemente sin observarse el cronograma electoral ni las normas de democracia interna del propio partido; pueden ser o no reconocidas por la administración electoral como tales.
Mayúsculo problema el que se avecina en la Casa del Pueblo, que aún no termina por poner coto internamente a sus discrepancias en aras del fortalecimiento de la organización política vigente más antigua del país.
Partamos como premisa que el dinamismo interno de las organizaciones políticas en todos sus niveles –nacional, regional, local– gira alrededor de la pugna por el liderazgo y la representación. Para que esta pugna no concluya en divisionismo, enquistamiento de los dirigentes o caos organizativo, ella debe ser normada y las normas deberían ser respetadas. Asimismo, estas normas deberían establecer claramente las reglas de la representación interna, el plazo para los mandatos y el necesario recambio de líderes y dirigentes. Del mismo modo, las condiciones y los parámetros para la conducción de los procesos de elecciones internas.
Estrechamente ligado a esa reformulación del liderazgo dirigencial está el problema de la renovación de la lectura de la realidad nacional y de los programas y estilos de la acción política.
Para Rubén Hernández Valle, los partidos políticos son estructuras complejas, que ejercen una actividad interna, propia, y una externa, orientada hacia la sociedad. Tal situación se produce por la intervención de tres componentes sociales diferentes, primero, los afiliados del partido; segundo los órganos de este; y finalmente, tercero, el pueblo o la sociedad hacia donde el partido orienta su trabajo político. Los partidos políticos, para él, tienen la finalidad de viabilizar concepciones políticas unitarias las mismas que son producto de un imaginario colectivo creado a partir de una convergencia mayoritaria de opiniones, entre sus afiliados o simpatizantes ideológicos-programáticos, sobre lo que debe ser la conducción del Estado. Eso es lo que se denomina también la voluntad partidaria. En ese sentido, también bajo la lógica del predominio de la mayoría se requiere de partidos políticos orgánicos, donde los órganos partidarios ejecuten la voluntad partidaria, y no sé de una situación anómala, donde se inviertan los papeles y sea el partido quien ejecute la voluntad de los órganos.
Concluyo invocando a que fortalezcamos instituciones y no caudillos, sólo así lograremos la seriedad y credibilidad que nuestra política local requiere ante la sociedad.