Por motivos profesionales, he iniciado una gira que me está llevando a recoger todos los Departamentos del Perú y también los Distritos de Lima y algunos otros en Lima Provincias.
Una vez más, constato que el Perú no es Lima, aunque la capital represente un crisol de limeños nativos pero también de migrantes.
Estoy realmente impresionado de lo que estoy verificando en el interior del país; es normal que ya en la recta final de un período constitucional, el Gobierno aparezca debilitado y desgastado, pero lo que estoy apreciando es un hartazgo supremo, una decepción tremenda y el deseo que el 28 de julio del 2016 llegue ya y se pase esta página.
Hasta las y los nacionalistas –a excepción de las y los que están en cargos de la Ata Dirección del Ejecutivo y algunos parlamentarios oficialistas- son los primeros frustrados, que se manifiestan engañados frente al gaseoso liderazgo exhibido por el Jefe de Estado y sus posiciones frente a la coyuntura. En las propias encuestas ha asomado como tercera causa de la desaprobación gubernamental, la falta de liderazgo del Presidente; es la primera vez que esto sucede.
Ha perdido la mayor parte de la confianza pública y difícilmente podrá remontar esta situación; pero esto no afectamente únicamente a las y los nacionalistas, le hace un daño terrible al ya débil sistema de confianza ciudadana con respecto al Estado y al sistema democrático.
Pagan justos por pecadores. Tampoco es un marco propicio ni alentador al proceso electoral que se avecina. La mayoría de los expertos y opinólogos, vaticinan una campaña salvaje, sucia y de ataques despiadados; mal ejemplo le damos a las nuevas generaciones.
Si al desgaste y a la decepción, le sumamos el cáncer de la corrupción que viene haciendo metástasis en diferentes esferas de los Poderes Públicos, es un panorama francamente tenebroso en una nación donde la auto estima no es precisamente uno de los rasgos sobresalientes.
Esperemos –el optimismo debe prevalecer- que los astros se puedan alinear y que las y los candidatos entiendan que los verdaderos protagonistas de una elección son los electores y no los candidatos. Que los electores no se vean atrapados en la mitad de un sándwich o arrinconados contra la pared entre las guerras sucias que se vienen, sin ningún aporte positivo para el país.
Señores Candidatos, no jueguen con fuego porque todos podemos salir quemados.
Señor (y señora) Gobierno: traten al menos de terminar con alguna decencia, liderazgo y eficiencia lo que queda de este período; se le acaban de dar algunas facultades extraordinarias: ojalá las puedan ejercer al cien por ciento y nos encaminemos al Bicentenario de la República con más confianza en un país que tiene enormes potencialidades y recursos y que no puede darse el lujo de cruzarse de brazos, auto flagelarse y lastimarse aún más por una elección que sólo nos está dejando desgaste y decepción. ¡De decepciones, estamos hartos!
Y no nos vamos a convencer con sus falaces argumentos de víctimas: no es que los hayamos tratado como ciudadanos de segunda, es que se han comportado como pirañitas de barrio, pero de gustos caros.