Aunque se acepte que la desconfianza pública es un fenómeno generalizado, no hay duda de que en todo el Continente, ésta ha crecido en los últimos años y claramente se señala, que ciertos segmentos poblacionales –los más bajos, pero también los más numerosos- manifiestan insuficiencias en la presencia de rasgos de una cultura democrática y cívica, vislumbrándose hasta cierto atractivo por otras formas de gobierno (y de desgobierno…) que, la verdad, tampoco han resultado, pero ya sabemos cuán frágil es nuestra memoria histórica, indicando por otra parte, que el arraigo de estos rasgos en aquellas personas que los poseen, es un proceso que no sólo toma tiempo, sino que requiere ser nutrido de manera recurrente.
Esto siempre se puede atribuir a especificidades culturales de la región o a las terribles consecuencias del caudillismo y del clientelismo como fórmulas de liderazgo fracasado.
Otra posible explicación, se refiere al crecimiento de la inseguridad ciudadana y económica en la región, pues las y los ciudadanos, crecientemente están repudiando y castigando en las ánforas, la volatilidad del crecimiento económico, que, paradójicamente –como en el caso del Perú- está en las cifras publicadas pero no -al menos, no todavía- en los bolsillos de la mayoría de peruanas y peruanos que tiene que inventar mil y una formas para “recursearse” y salir adelante. Pero en esto debemos ser muy claros y recordar que tampoco los regímenes autoritarios pudieron realmente enfrentar el malestar social ante la crisis económica, pero sí fueron más exitosos en por lo menos, “marketear” sus programas, aunque éstos hayan sido absolutamente populistas y clientelistas.
Hacemos énfasis en que la política latinoamericana está marcada por largas experiencias de clientelismo y populismo, en las que el voto se ofrece a cambio de la expectativa de unas ventajas materiales y esa visión clientelista y populista no favorece una visión de la democracia como la elección de los mejores, sino como un mero ejercicio de intercambio, una concepción puramente instrumental del voto, una concepción delegativa de la democracia, según la cual, ésta es un plebiscito para la elección de un Presidente en el que se ponen las máximas expectativas y, si los resultados del Presidente no son satisfactorios, entonces el apoyo a la democracia va cuesta abajo. El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti lo llama “el voto bronca”, que no cuestiona sólo, ni principalmente, al Gobierno de turno, sino a la totalidad de los actores políticos, porque expresa una desconfianza en las fórmulas que se ofrecen sobre el tapete como alternativas. Juan Paredes Castro lo sentenció de esta manera: “Gobernantes, legisladores y magistrados, parecen haber olvidado, entre otras cosas, que su elección tiene un plazo y que ese plazo les exige el cumplimiento de determinados resultados”
Parafraseando a Felipe González sobre el caso argentino, afirmamos sin duda de que el Perú tiene un problema POLÍTICO, con mayúsculas. Y seguirá siéndolo hasta que se defina el espacio público compartido, la “res pública”, como proyecto de todos para el siglo XXI.
Estamos frente a serios desafíos sociales, económicos y políticos, que se pueden resumir en elevados índices empleo informal, en desempleo, criminalidad y corrupción, no olvidando tampoco la calidad y eficiencia de los servicios de salud, la educación y el terrible estado del Poder Judicial, ése que se sigue ensañando con los más débiles y mostrándose complaciente con los poderosos.
Democracia es mucho más que elecciones. ¿De qué sirve una democracia electoral pero con ausencia de ciudadanía comprometida? Coincidimos plenamente con Fernando Tuesta cuando opina sobre el sistema de partidos peruano e indica que:“no existe sistema político democrático con una multiplicación de partidos así. Cuando uno ve un país con un sinnúmero de partidos, medianos y pequeños, lo que observa es que hay una fragilidad institucional…”;tampoco es que estamos tratando de “vender” el modelo norteamericano del bipartidismo, creemos más bien en un sistema de unos pocos (talvez unos 4 ó 5 partidos) que cubran todo el espectro político, sin exclusiones ideológicas, pero partidos modernos, donde la inclusión social, la transparencia y en especial, la democracia interna sean sus principales pilares.
Entendemos que las reformas requieren muchas veces que se tomen decisiones en el corto plazo que pueden ser políticamente sensibles, tanto que a veces, los técnicos las califican de “las reformas improbables”, porque tienen casi todo en contra.
La tarea de construir un sistema democrático legítimo, representativo y eficaz no es algo que pueda postergarse, si de verdad aspiramos al desarrollo, con “D” mayúscula. La sustancia de la gran promesa democrática permanece incumplida. Eso es lo que piden a gritos las y los ciudadanos: una democracia que les funcione, no unarutina democrática.
Pero para eso, necesitamos una ciudadanía más activa e informada. Es evidente que, a menor posesión de información y conocimientos políticos por una persona, menor será la “carga de real conciencia política” a la hora de emitir su voto y las y los ciudadanos necesitan estar preparados para este ejercicio, o sea, claros en lo que significa ejercer este derecho, hacerlo de manera informada, apuntando más a los programas de gobierno con posibilidades reales de realización y a la preparación de las y los candidatos, por encima de las consideraciones de marketing electoral. Votar libremente no equivale a votar de cualquier manera.
La consolidación de una cultura democrática implica que la ciudadanía cuente con conocimientos y destrezas que le permitan concretar predisposiciones, ejercer derechos, asumir responsabilidades y dar a conocer y hacer valer sus inquietudes, propuestas, planteamientos y demandas.
Del empeño que todas y todos comprometamos para vigorizar nuestra democracia y dar mayor dinamismo a nuestra vida social, política y económica, depende la viabilidad del sistema político que hemos decidido darnos. La construcción de las condiciones de acceso al bienestar al que aspiramos, también será beneficiada por la difusión de una cultura democrática. Estamos convencidos que a las y a los ciudadanos, le corresponde desempeñar un papel activo en las democracias. El impulso a la participación ciudadana y la difusión de rasgos de la cultura que la sustenta, constituye una tarea permanente de toda sociedad que aspira a vivir democráticamente.