Durante mucho tiempo, en el debate público, la desigualdad se ha visto como el costo que hay que pagar para apuntalar un crecimiento económico alto. Bajo esta lógica la desigualdad quedaba relegada a un problema social, relativamente separado del desempeño económico.
Sin embargo, la investigación económica más reciente comienza a cuestionar la separación entre crecimiento y desigualdad.
El artículo Income Inequality and Job Creation, de Sebastian Doerr, Thomas Drechsel y Donggyu Lee, publicado este año en la prestigiosa revista The Review of Economic Studies, propone como argumento central que, dado que los hogares de altos ingresos (los ricos) tienden a ahorrar más en acciones y bonos (mercado de capitales), y menos en depósitos bancarios, los bancos disponen de menos depósitos como fuente de fondeo, lo que encarece el crédito para las empresas que dependen más del sistema bancario, especialmente las MYPES, y termina afectando su capacidad para contratar trabajadores
Con esta idea planteada, los resultados empíricos que obtienen los autores son reveladores. A partir de sus estimaciones econométricas, realizan un ejercicio contrafactual y concluyen que, si en Estados Unidos la concentración del ingreso se hubiera mantenido en los niveles de 1980, la creación neta de empleo de las pequeñas empresas habría sido entre 1,9 y 2,6 puntos porcentuales mayor.
En términos relativos, considerando que la tasa promedio de creación neta de empleo de las pequeñas empresas durante la década de 1980 fue de 3,3%, el aumento de la desigualdad habría reducido entre 58% y 79% del ritmo histórico de creación neta de empleo de las pequeñas empresas.
Por tanto, esta evidencia sugiere que la creciente concentración del ingreso tiene efectos de gran magnitud en el desempeño económico, al restringir el acceso al crédito de las empresas más dependientes del financiamiento bancario y limitando la generación de empleo.
En los medios se suele escuchar la frase: primero hay que crecer, después distribuir. Sin embargo, como vemos la evidencia mas actual sugiere que la distribución del ingreso no sería solo una consecuencia del crecimiento, sino un determinante de este. Es decir, la desigualdad dejaría de ser únicamente un problema de justicia social para convertirse en un obstáculo para la productividad, la creación de empleo y el crecimiento de largo plazo.
Evidentemente, para el Perú el desafío es mucho mayor. Con una malla empresarial altamente concentrada en pequeñas empresas informales que como fuente de financiamiento únicamente tienen al crédito bancario, la desigualdad puede frenar el crecimiento económico. Entonces combatir la desigualdad no debe verse únicamente como una política social, sino como parte de una estrategia de desarrollo.