Punto de Encuentro

Economía naranja e hispanismo: Celebrando nuestra verdadera identidad.

Para comprender el verdadero alcance del patrimonio nacional como activo productivo, resulta ilustrativo examinar el caso de Cajamarca, en donde estuve hace algunas semanas, ubicada en la sierra norte peruana, esta histórica ciudad constituye el punto de partida donde comenzó a forjarse la identidad hispanoamericana tras el encuentro entre Atahualpa y Pizarro. Con un centro histórico articulado por monumentos de incalculable valor —como la Catedral de Santa Catalina, el Conjunto Monumental de Belén, la Iglesia de San Francisco y el Cuarto del Rescate—, Cajamarca custodia más de cuatro siglos de legado arquitectónico e identitario.

No obstante, a pesar de este inmenso potencial cultural, la región enfrenta una cruda realidad al registrar un promedio de 41 % de pobreza monetaria, lo que significa que cuatro de cada diez cajamarquinos no logran cubrir el costo de la canasta básica familiar. A ello se suma que, tras más de dos décadas de descentralización regional, la falta de una gestión técnica orientada al desarrollo sostenible ha limitado el turismo a un flujo menor a 700 000 visitantes anuales, concentrados masivamente en las festividades del Carnaval. Cajamarca es, en última instancia, el reflejo de muchas otras ciudades peruanas cuyo legado virreinal, de ser reconvertido en un activo productivo, podría posicionarse como una solución estructural contra la pobreza.

Durante décadas, el debate público peruano ha permanecido atrapado entre la añoranza de su pasado milenario y las promesas incumplidas de un desarrollo que no termina de despegar. Múltiples narrativas, cargadas de revanchismo y alimentadas por la denominada «leyenda negra», han mantenido al país en una postura de victimización en lugar de emplear la historia como una fuerza transformadora. Esta parálisis conceptual ha contribuido a consolidar la llamada «trampa del ingreso medio», un estado de vulnerabilidad en el cual amplios sectores de la población logran superar la pobreza extrema, pero permanecen expuestos a constantes retrocesos debido a las deficiencias estructurales del Estado y del mercado laboral.

En este contexto, el patrimonio arquitectónico, las rutas históricas y la lengua compartida no deben ser considerados monumentos estáticos, ni reliquias del pasado, sino una infraestructura económica subutilizada. Las antiguas rutas de intercambio y el legado cultural poseen el potencial de generar un valor comparable al de las grandes obras de infraestructura física. En suma, la cultura y la historia constituyen activos productivos capaces de generar empleo, inversión y riqueza, siempre que se articulen eficientemente desde las gestiones locales y regionales.

Hoy presenciamos el auge de la economía del conocimiento, un modelo que se nutre del patrimonio como insumo de innovación, de la autenticidad generacional y de la tecnología. Un ejemplo claro de este proceso es la gastronomía peruana, máxima expresión de la fusión hispana e indígena que ha logrado posicionar a Lima y al Perú como referentes globales de excelencia culinaria. Asimismo, el potencial de las industrias creativas se refleja en el sector artesanal, que en el Perú abarca más de 92 800 unidades productivas, lideradas en un 70 % por mujeres. A ello se suma la convergencia estratégica entre tecnología y turismo, donde creadores y especialistas digitales, diseñan experiencias personalizadas para viajeros exigentes. Destinos cercanos a la capital como Huaral, Canta,

Churín, Matucana o Paracas albergan un inmenso valor natural e histórico que, mediante el uso de herramientas tecnológicas y una visión exenta de folclorismos superficiales, pueden convertirse en motores de desarrollo descentralizado.

Para dimensionar el alcance de esta propuesta, resulta imprescindible situarnos en el marco global de la Economía Naranja, comprendida como aquel sector indisolublemente ligado a la cultura, el arte, la tecnología, la gastronomía y el turismo. En esencia, abarca todo aquello que nace del intelecto humano y se materializa para articular, de manera transversal, múltiples sectores productivos.

En este terreno cobra fundamental relevancia el concepto de poder blando (soft power). La exportación de productos culturales, valores y contenidos creativos actúa como un mecanismo de influencia no coercitiva que permite a las naciones proyectar su reputación, asumir liderazgos internacionales y conquistar nuevos mercados. A diferencia de las actividades extractivas tradicionales, las industrias creativas requieren una menor logística material, pero dinamizan amplias cadenas de valor con un alto efecto multiplicador sobre el empleo directo e indirecto.

La experiencia internacional demuestra que la creatividad y el capital intelectual pueden transformar economías enteras cuando se respaldan con estabilidad jurídica, incentivos tributarios y acceso al financiamiento. En Iberoamérica, países como Colombia, Ecuador, Bolivia y Panamá han logrado avances significativos mediante leyes de fomento e iniciativas mixtas entre el sector público y el privado, demostrando que la clave del éxito reside en construir una institucionalidad sólida que no quede a la deriva de los vaivenes políticos de turno.

Si ampliamos la mirada hacia Europa, la Unión Europea ofrece un modelo consolidado a través de programas multilaterales como Europa Creativa y los fondos de recuperación Next Generation, orientados a la digitalización y sostenibilidad cultural. En este panorama, España se erige como un puente estratégico natural hacia Iberoamérica, impulsando planes para consolidarse como un nodo audiovisual global. Por su parte, el continente asiático brinda lecciones indispensables a través de estrategias de Estado como la «Ola Coreana» (Hallyu) en Corea del Sur, la «diplomacia de las telenovelas» en Turquía o el programa Cool Japan, evidencias claras de cómo la convergencia entre patrimonio, tecnología y plataformas digitales logra posicionar con éxito una marca país a escala global.

Al contrastar estos modelos globales con la realidad peruana, se evidencia una profunda contradicción: gozamos de una riqueza histórica de primer orden, pero padecemos un desarrollo creativo fragmentado. El error recurrente del Estado ha sido reducir la economía naranja a la mera conservación pasiva del patrimonio, ignorando que se trata de un ecosistema dinámico que abarca innovación, diseño e industria digital. Las iniciativas aisladas y la burocracia desarticulada terminan por frenar los emprendimientos en lugar de potenciarlos.

Ciudades como Lima, Cusco o Arequipa sustentan gran parte de su economía en actividades tradicionales como la minería, la manufactura o el comercio; sin embargo, cabe preguntarnos ¿Cuál sería la contribución real que el turismo, la gastronomía y el arte podrían aportar a su desarrollo si contaran con un marco de fomento adecuado?. Referentes regionales como México, con su red de Pueblos Mágicos; Argentina, con su infraestructura editorial y teatral; o la República Dominicana, con la puesta en valor del patrimonio colonial de Santo Domingo, demuestran que las industrias culturales son motores de ingresos de primer nivel.

En conclusión, la Economía Naranja y la puesta en valor de nuestro legado hispano y ancestral representan para el Perú una fuente inagotable de prosperidad y una alternativa real para reducir la pobreza mediante la innovación y el emprendimiento. Para lograrlo, resulta urgente despolitizar la cultura, liberándola de prejuicios e ideologías estériles, y enfocarla como un verdadero motor de desarrollo humano y generación de empleo.

En un mundo donde el talento y la identidad constituyen las nuevas formas de influencia global, el Perú tiene ante sí la oportunidad histórica de articular un ecosistema integrado entre el sector público, la empresa privada y la academia. Transformar nuestro patrimonio virreinal y ancestral en un activo productivo de desarrollo sostenible permitirá garantizar el bienestar de las actuales y futuras generaciones, proyectando la peruanidad con orgullo, solvencia y visión de futuro. Feliz día de la Hispanidad!!! 

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