Punto de Encuentro

¿Democracia? Interna

Fernando Rodríguez Patrón

A pocos días de llevarse a cabo los (indebidamente) denominados procesos de democracia interna de los partidos políticos, previstos para los domingos 30 de noviembre y 7 de diciembre, no se vislumbra expectativa en la ciudadanía sino más bien desinterés. Se trata de procesos que, aunque revestidos de un lenguaje democrático y formal, adolecen en el fondo de cuestiones estructurales que los vacían de sentido: listas únicas, ausencia de competencia real, altos costos para acceder a la contienda interna y poca transparencia en los mecanismos de selección. Todo ello proyecta más la idea que estamos ante un trámite o formalismo obligatorio, antes que ante una verdadera expresión democrática.

En los medios de comunicación el tema apenas si es tratado. Únicamente se han limitado a informar sobre la calidad de los postulantes: los actuales y desprestigiados congresistas, prontuariados, influencers, deportistas, etc. ¿Cómo presentar como “elecciones” eventos donde en la mayoría de los partidos solo hay una lista, ya definida y avalada por las élites partidarias? Se trata prácticamente de actos de proclamación anticipada, donde el voto, instrumento esencial para la legitimación democrática, queda reducido a un gesto simbólico y sin contenido. En esos casos, los poquísimos electores que participarán no elegirán, solo confirmarán lo ya decidido. La democracia, recordemos, no es solamente la presencia de urnas, padrones y actas, sino, sobre todo, constituye la posibilidad de elección entre opciones distintas.

Los políticos, por su lado, parecen actuar en dos planos. De cara al público proclaman su compromiso con la institucionalidad, la participación interna y la renovación. Sin embargo, dentro del aparato organizativo, toleran e incluso promueven mecanismos que restringen la participación real de los afiliados, quienes solo elegirán a “delegados”, además, elevan excesivamente los costos de participación y consolidan una estructura vertical en torno a ciertos liderazgos autocráticos. Resulta muy difícil sostener que existe una competencia abierta cuando, como se ha revelado en diversos medios, inscribir una lista interna en organizaciones como Podemos o Ahora Nación puede costar hasta 40.000 soles, cifras no solo son excluyentes sino abiertamente antidemocráticas.

Desde la ciudadanía, el mensaje percibido es menos técnico, pero más contundente: “ya está todo arreglado”. Los ciudadanos entienden que estos procesos no buscan seleccionar a los mejores representantes ni incorporar nuevas voces, sino cumplir con una exigencia formal impuesta por la normativa electoral. Son, en muchos casos, un saludo a la bandera: un acto que pretende mostrar compromiso con la democracia, pero que, en esencia, no genera su participación, no promueve el debate interno, ni distribuye el poder dentro de las organizaciones.

La democracia interna no puede agotarse en un trámite. Para que exista, debe garantizar la posibilidad que exista competencia interna al interior de los partidos, sin barreras económicas desproporcionadas, sin el control casi absoluto de las cúpulas partidistas y sin listas diseñadas exclusivamente para ratificar liderazgos sempiternos y caudillistas. La verdadera democracia interna debe fomentar diversidad, confrontación de ideas y renovación orgánica. Lo otro, lo que veremos los próximos domingos, salvo uno que otro caso puntual, será probablemente solo una teatralización electoral.

¿Entonces, qué nos queda? Una sensación ambivalente. Por un lado, se avanza formalmente en el cumplimiento de una obligación legal: los partidos deben realizar elecciones internas para escoger candidatos. Supuestamente se imprimirán cédulas, se instalarán mesas de votación y se convocará a los afiliados, sin embargo, el contenido democrático de esos actos se encuentra prácticamente ausente.

En este contexto, urge replantear el sentido de las elecciones internas pues al eliminarse las PASO, están serán solo un ejercicio oneroso e innecesario. No basta exigir que se realicen para cumplir un formalismo, la democracia no puede agotarse en formas. Estas elecciones debieron garantizar (y no la harán) que el voto del afiliado partidista tenga un valor decisivo en la conformación de las listas.

¿Estamos asistiendo a un ejercicio democrático o simplemente a un ritual vacío? La respuesta, lamentablemente, parece inclinarse más hacia lo segundo. Dicho esto,  la Comisión de Constitución del Congreso, la ONPE y el propio Jurado Nacional de Elecciones tienen aquí un reto institucional con vistas a próximos procesos.

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