Después de regresar a Lima, tras más de veinte horas de vuelo y el inevitable cambio de horario, prácticamente dormí de corrido hasta la mañana siguiente.
Cuando desperté, lo primero que vino a mi mente no fueron los monumentos de Roma ni la majestuosidad del Vaticano, sino aquel breve e inolvidable encuentro con el papa León XIV.
Para muchas personas, estrechar la mano del líder espiritual de más de mil doscientos millones de católicos sería simplemente una fotografía para guardar toda la vida. Para mí fue algo distinto. Fue una experiencia que me llevó a reflexionar sobre la vida, la fe y la condición humana.
Siempre he creído que en la vida pocas cosas ocurren por pura casualidad. Muchas de las situaciones que parecen coincidencias son, en realidad, el resultado de innumerables circunstancias que terminan encontrándose en un mismo punto. Este viaje a Roma fue una muestra de ello.
Desde Lima hasta París, y luego hasta Roma; desde la Plaza de San Pedro hasta la audiencia pública con el Santo Padre; desde viajar junto al padre José Castillo hasta tener la oportunidad de conversar personalmente con el Papa. Todo parecía formar parte de una secuencia de acontecimientos que, de alguna manera, estaban destinados a suceder.
Incluso algunos detalles del viaje llaman la atención cuando los recuerdo. Tanto en el vuelo de ida como en el de regreso, el asiento al lado mío y del sacerdote que me acompañaba quedó libre. En vuelos internacionales que viajaban prácticamente llenos, no es algo muy común. Algunos dirán que fue simple coincidencia. Yo prefiero pensar que muchos de los pequeños milagros de la vida suelen esconderse precisamente en esas situaciones aparentemente normales.
Durante el vuelo de regreso a Perú vi la película Cónclave. Ya en casa, también vi Los dos papas. Quizás porque acababa de volver del Vaticano y había tenido la oportunidad de conocer de cerca el ambiente real de la Iglesia, ambas películas me dejaron una impresión muy distinta.
Aunque hablan de papas, cardenales y asuntos eclesiásticos, yo encontré en ellas algo más que religión. Vi la relación entre las instituciones y las personas; el encuentro entre tradición y cambio; la convivencia permanente entre la responsabilidad y la soledad.
Especialmente Los dos papas me dejó pensando. En la película, Papa Benedicto XVI y Papa Francisco representan visiones diferentes de la Iglesia y de su tiempo. Sin embargo, conforme avanza la historia, uno descubre algo muy simple pero profundo: antes que un cargo, un Papa es una persona. Una persona que duda, que reflexiona, que sufre y que también busca respuestas.
Esa fue precisamente una de las reflexiones más sinceras que me dejó este viaje a Roma.
Para muchas personas, el Papa representa la autoridad moral más importante de la Iglesia Católica. Es un símbolo de fe y una figura profundamente respetada. Pero quienes trabajan cerca de él durante años también conocen otra dimensión: la de un ser humano con emociones, carácter, alegrías y preocupaciones.
La santidad inspira admiración; la humanidad genera cercanía.
Quizás por eso, cuando tuve la oportunidad de encontrarme con el papa León XIV en la Plaza de San Pedro, lo que más me impactó no fue la autoridad que representa su cargo ni el peso histórico de su figura, sino la serenidad y la sinceridad que transmitía como persona.
A lo largo de mi vida, ya sea en la medicina, en los medios de comunicación o en distintas actividades sociales, he conocido personas con poder, riqueza y reconocimiento. Sin embargo, con el paso de los años he llegado a una conclusión cada vez más clara: lo que realmente hace respetable a una persona no es el puesto que ocupa, sino la calidad de sus principios y la coherencia con la que vive sus convicciones.
Los cargos pasan. El poder cambia de manos. La fama es pasajera. Lo que permanece es el carácter y los valores que una persona decide defender.
Si observamos la historia, la Iglesia ha logrado mantenerse viva durante más de dos mil años no solamente por sus estructuras o por la solemnidad de sus ceremonias, sino porque generación tras generación han existido personas dispuestas a asumir responsabilidades.
Como muestran estas películas, distintos pontífices pueden tener ideas diferentes, sensibilidades distintas e incluso desacuerdos importantes. Sin embargo, todos comparten algo fundamental: la voluntad de proteger aquello en lo que creen.
La vida, en el fondo, no es muy diferente.
Este viaje a Roma no solo me permitió conocer al Papa. También me ayudó a conocerme un poco más a mí mismo.
Hay encuentros que duran apenas unos minutos y, sin embargo, permanecen para siempre en nuestra memoria. Lo más valioso quizás no sea el apretón de manos en sí, sino aquello que ocurre después: comprender mejor la vida, mirar el mundo con más tolerancia y entendernos un poco más a nosotros mismos.
Tal vez dentro de muchos años ya no recuerde las palabras exactas que pronunció el Papa aquel día. Quizás tampoco recuerde cuántas personas llenaban la Plaza de San Pedro ni cuánto duró aquel encuentro.
Pero sí recordaré una cosa.
Recordaré que, al acercarme a una persona admirada por más de mil doscientos millones de creyentes en todo el mundo, no encontré solamente a una figura religiosa de enorme relevancia, sino también a un ser humano que carga responsabilidades, enfrenta desafíos y continúa avanzando guiado por su fe.
Tal vez allí se encuentre el verdadero significado de la grandeza.
Porque la grandeza no consiste en estar por encima de los demás, sino en mantenerse fiel a las propias convicciones después de haber conocido las limitaciones humanas; en seguir iluminando el camino de otros incluso cuando uno mismo debe cargar con el peso de la responsabilidad.
Y quizás la enseñanza más valiosa que me dejó aquel apretón de manos no fue haber estado cerca de una figura histórica, sino confirmar una convicción que con los años se vuelve cada vez más fuerte:
En un mundo lleno de incertidumbres y dificultades, la esperanza sigue existiendo porque todavía hay personas dispuestas a defender sus ideales y a convertirse, con su ejemplo, en una luz para los demás.