Punto de Encuentro

La traición del pacto (el problema con Humala)

Todavía la manera de hacer política en el Perú es legataria de las viejas formas barrocas del siglo XVII. De esto no se percatan los politólogos y opinólogos que creen que la inoperancia de la democracia en el Perú se debe a que no queremos escuchar ni a Tocqueville ni a Montesquieu. Es triste constatar en los medios intelectuales y periodísticos que al analista le da mucha flojera leer sobre la historia del virreinato peruano y por ello no ahonda sobre esa atávica herencia que abona nuestra vida en sociedad. La prueba más sencilla de todo esto es casera: qué el lector le pregunte a un joven ¿Quién gobierna en el Perú? Y la respuesta será Ollanta Humala. No sorprende: el peruano sigue viendo al presidente a imagen y semejanza de un rey absoluto, y con tal respuesta olvida que hay otros dos poderes en ejercicio. Pero así como renovados súbditos vamos por ahí suspirando por un monarca, también buscamos reflotar otra vieja idea política que es la del pacto social. Muchos agentes de la política nacional (que suelen moverse en formas pre-modernas de entender al poder) asumen —como si esto fuera el virreinato— que entre el presidente y el pueblo hay un pacto de carácter moral que éste debe cumplir en aras de la armonía social; si tal pacto se quiebra, comienza la deslegitimación de la figura presidencial, lo que arrastra a la política nacional al caos y a la violencia. Sobre esto, hoy ya me parece claro que se puede hablar de una traición histórica por parte de Ollanta Humala y su gente: aun recuerdo cuánto temor me causaba eso de la Gran Transformación (proyecto con mucho de socialismo desfasado) pero, a este día, descubro [jamás pensé que escribiría la siguiente línea] qué tan importante era que ésta se concretara: más del 60 % del Perú la esperaba y ahora creo firmemente que la necesitaba (más allá de pensar si tal paquete era socialista o comunistoide; que no olvide el lector que la ideología en el pensar arcaico no tiene cabida). Pero no, el giro humalista fue increíble y se dio en pocas semanas: pronto el gobierno fue copado por el empresariado pituco legatario de la oligarquía (que de capitalista moderno no tiene nada), se puso al servicio de las fuerzas conservadoras, le entregó las minas a las poderosas trasnacionales o a “hijos del país” abusivos y auspicia, día a día, el más patético statu quo. Medio país se ha visto desilusionado pues entendió la Gran Transformación como la promesa de un pacto social, y así como la gente se levantaba ante su rey cuando éste se alejaba de su pacto, así está ocurriendo en el Perú (sí, en esas batallas que eufemísticamente llamamos “conflictos sociales”) y eso es peligroso pues cuando el Monarca se volvía un tirano traidor que solo favorecía a unos, el pueblo sabía que podía usar la más atroz de las violencias sin reparos ni remordimientos. 

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