Los actos fallidos son los lapsus que tenemos por estar distraídos, son casuales, “sin importancia”, son espontáneos; pero no carecen de sentido. Estos responden a deseos o complejos reprimidos y representan intenciones que se desean ocultar. Un acto fallido deja ver los secretos y puede ser interpretado.
En política lo que importa es lo que pretenden ocultarnos, no lo que nos pregonan; sobran ejemplos de declaraciones, discursos, compromisos, frases y dichos y refranes repetidos una y otra vez que no tienen correlato en la realidad. Lo que secretamente guardamos, y ejecutamos “como si fuera un acto fallido”, encierra la verdadera intención, el objetivo buscado.
Por ejemplo, y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia:
Si yo, funcionario público, voy de plaza en plaza hablando de mi esposo, lo que busco, secretamente, es instalar su nombre en la gente. Si lo hago durante meses y años, pues logro el objetivo.
Si voy de plaza en plaza promocionando mis actos sociales y en cada discurso menciono el nombre de mi amado esposo, pretendo, secretamente, relacionar su nombre con las obras ejecutadas con dinero del Estado.
Si llevo a mi esposo a diversas plazas, escenarios y reuniones, lo que hago, secretamente, es posicionar su imagen. Si lo hago durante meses y años, logro el objetivo oculto.
Si en cada aparición que hago le digo a mi audiencia que mi esposo les manda saludos, secretamente estoy manteniendo vigente su imagen, su recuerdo.
Si en mis apariciones digo una y otra vez: “Ya va a venir mi esposo”, lo que hago es instalar en la mente de mi audiencia que quien me sigue es mi amado esposo y nadie más! Él es el número 2!
Si a mi audiencia le repito una y otra vez que toda la ayuda que yo le he llevado va a ser arrasada por los malos, y repito una y otra vez que los que hablan mal de él son la concertación del lado oscuro, secretamente hago que mi audiencia piense que todo aquél que no sea el #2 es el malo y además, que mi inmaculado esposo es el salvador, pues sólo él tiene la intención de continuar las obras que benefician a mi audiencia.
Si todo esto va acompañado de la usurpación de mis funciones (o si prefieren un término eufemístico: ayuda, colaboración) y permito que mi esposo hable por mí y zanje el debate de los asuntos que sólo a mí me competen, lo que hago, secretamente, es formar la idea de que mi esposo ya está capacitado para asumir la función que yo tengo.
Si yo fuera un funcionario público e hiciera todo lo descrito abierta y expresamente estaría cometiendo delito según las leyes peruanas. Pues no puedo utilizar recursos del Estado para promover a personajes ni debo utilizar los programas sociales para hacer proselitismo.
Si después de todo ello, mi amado esposo postulara, ¿su candidatura sería legítima? ¿Sería honesto que mi esposo sea un candidato cuando a vista y paciencia de todos, secretamente, ha hecho campaña aprovechando los viajes realizados con dinero de los impuestos que paga mi audiencia? ¿Procedería su inscripción? ¿Aceptar esa candidatura evidenciaría que ya somos parte de un sistema que acepta tranquilamente la actuación ilegal? ¿Vamos hacia un Estado impredecible, incierto, que ya tiene acuñado para sus procesos electorales un lema como el “Roba pero hace obra”? ¿Ese lema representa nuestro sistema político? ¿La aceptación de ese lema nos describe como sociedad?
Si a mí, funcionario público, me dicen una y otra vez que no es correcta esa actuación e insisto en mi estrategia “secreta”, qué estoy haciendo? Pues estoy desafiando las leyes y me estoy burlando del pueblo, de todos!
¿Es tan difícil caminar derecho?