Aunque suene difícil de creer, la política barroca hispana de los siglos XVI y XVII aborrecía al tirano. Los tratadistas de aquél entonces entendían que un rey entraba en esa nefasta categoría cuando se alejaba de la justicia y del recto gobierno al que lo ordenaba el mismo Dios. De ahí que la figura del tirano era tenida por monstruosa porque no solo materializaba al pecado más nefasto sino a la mala política que podía hacer sufrir a muchos.
Que en el Perú virreinal parecía predominar el abuso y la violencia, es un hecho cierto, pero se olvida que varios sectores políticos acusaban ese sufrir ante al monarca hispano para que éste, aunque sea, recuerde que sus actos serían, en su hora, juzgados por Dios. Esto que suena ahora tan irracional, hacía que la gente tuviese mucha libertad en acusar y —no en pocas ocasiones— que los monarcas intentasen frenar los abusos. No ocurre eso en la actualidad cuando los dictadores que nos han señoreado desde 1826 son llevados a pedestales y recubiertos de bronces y dorados. Es triste que avenidas principales de Lima lleven los nombres de Salaverry, Vivanco, Santa Cruz; nombres que están asociados a lo peor de la política nacional: al abuso del tirano sobre el débil, al crimen y a la corrupción. Irónico es, a la par, que el emporio comercial de textiles —modelo de emprendimiento para todos— reactive la memoria de Agustín Gamarra uno de los tiranuelos más feroces que fusilaba a quien se oponía a sus designios y que detenía y exiliaba a cuantos él tenía por peligrosos y que mancillaba, cuando podía, al poder soberano del Congreso (donde solo un ex cura llamado Francisco de Paula Gonzales Vigil se atrevió a decir el Yo acuso de sus tropelías en una pieza de oratoria digna de recordación).
Pasan los años y pasan las décadas y los peruanos suelen olvidar quiénes fueron sus tiranos y luego los encontramos como en esa escena bíblica en la que Moisés baja del Sinaí y ve a su pueblo adorando al becerro de oro. Esto último está pasando con Leguía (1919-1930) el dictador que más tiempo ha gobernado este país en base a sus reelecciones manipuladas; el que exilió gente, el que cerró periódicos, el que manipuló al Poder Judicial para sus fines; el que hizo de la cortesanía, adulación y el fundador de la idea de que con obras públicas la libertad de los ciudadanos puede ser comprada. No robó dinero, es cierto, pero su corrupción fue peor: fue la del que se creyó por encima de la ley. Ahora los libros sobre Leguía han salido a montones y cada uno de ellos lo extraña con nostalgia o anhela su Lima con remedo a Nueva York. Y a todos esos seguidores nostálgicos los he visto en la Avenida Arequipa, tocando trompas y salterios, a la renovada estatua del dictador en la que se le ve hermoso, casi incapaz de matar a una mosca.