Por: José Bulnes
Filósofo
Los límites de la democracia liberal, así como el impacto de la revolución de octubre de 1968, pero que es caracterizada, al fin y al cabo como un nacionalismo burgués, por la izquierda de la época, son los elementos que sirven como cimiento del trasfondo histórico que precede, social y políticamente a la década de los 90. Pues, el Fujimorismo significa el cuestionamiento no solo a los partidos políticos, cuestionados ya como actores que tenían en la transición gradual de 1979 posibilidad de espacio político, sino, al mismo tiempo, significa la negación de una forma política, estatista, por una liberal. Sin embargo, hay algo que aún con el Fujimorismo se va gestando desde la década del 60, con las guerrillas: el movimiento popular que demanda democracia social por encima de una democracia electoral.
La transición de 1979 recupera la constitucionalidad y atenúa la crisis económica, pero las reformas del 80 no alcanzaron para frenar una descomposición de las estructuras sociales, incluidos los partidos políticos. El cambio constitucional de 1992 significó un menor Estado, y la acción directa donde no había llegado. Pero ya sea en su forma nacional de izquierda o liberal estatal, el movimiento popular ha continuado. Lo expresó el Apra y la Unión Revolucionaria en los 30, la reforma del 68, la transición del 79, la Izquierda Unida en el 83, el populismo aprista, en su primera etapa del 85-90, y el fujimorismo en los 90.
La transición política que se gesta en el año 2000, hoy, a la distancia, podríamos afirmar que fue un pacto entre políticos, y que el movimiento popular sigue en plena formación. El país, tal vez, transitó del debate por la reforma o la revolución, a la solución por la liberalización del Estado. Este trasfondo histórico, tal vez, deba tenerse en cuenta cuando se plantea una crítica al Fujimorismo. El Fujimorismo es una etapa en la historia que no la escribió solamente la generación política, ésta, más bien racionalizó el Fujimorismo como antifujimorismo; es la generación apolítica la que escribe la década del noventa, una generación en tránsito del desengaño del Estado y la confianza por la individualidad (empresarial, ciudadana).
El Fujimorismo es un fenómeno en pleno estado de formación, de una identidad informe es ahora un partido político. ¿Cómo desenraizar una década de narrativa política, o de “mito”? El fujimorismo, al parecer, puso en evidencia una forma de relacionarse con las masas, ¿cuál es la relación que hoy teje la izquierda política con las masas?, ¿qué grado de evolución de la crítica es el punto de apoyo para interpretar la realidad desde la Izquierda? La clase política que ve en el fujimorismo un oponente (político), no se confrontan solamente a un partido político (fuerza popular), sino también a una generación (sus votantes, los sectores movilizados, la clase social que tejió vínculo “clientelar” con ese gobierno) que interiorizó el ejercicio de la política desde su rechazo, y asumió el pragmatismo como el método social y político.
Al parecer, se piensa confrontarlo con los mismos recursos que fueron neutralizados por éste en los 90, desde los partidos políticos, desde los resortes de la institucionalidad, desdeel movimiento social (cuando éste no se circunscribe a la dirección partidaria, aun cuando ésta sea influyente). La izquierda política viene replanteando siempre su acción política, la crítica y la autocrítica es un rasgo de su institución. Sin embargo, queda por replantear, una crítica democrática a la democracia que creímos venidera en la transición del 79, que se materializa en la transición del 2000, y que hoy, tiene y brega por la institución electoral, su más caro fundamento. ¿La democracia de hoy, es argumento suficiente para contrarrestar el Fujimorismo de hoy?.