El pasado domingo 26 de junio terminó la Copa América Centenario 2016, el evento futbolístico más antiguo del mundo en vigencia y que reúne a las principales selecciones nacionales de América del Sur. Esta especial edición, celebrada en Estados Unidos, conmemoraba el centenario del primer torneo y, el desenlace de la misma, nos volvió a dejar con una sensación de sorpresa y sabor a derrota.
Chile, nuestro eterno rival, nuestro contendor en el denominado “Clásico del Pacífico” se coronó campeón de esta Copa América, obteniendo así su segundo título consecutivo. Perú, en comparación a la última fecha jugada en 2015, cayó 4-2 por tanda de penales – rueda donde la suerte está echada para cualquiera de los dos equipos – en el encuentro frente a la escuadra de Colombia, por los cuartos de final del torneo.
Ya es historia conocida decir que la selección peruana de fútbol no llega a la final de un evento internacional como este y en la búsqueda por encontrar a un responsable se pueden tejer muchas versiones. Pedir la cabeza de la dirigencia, del Director Técnico o de los jugadores, no solucionará nunca el problema real, y lo único que conseguirán es que los hinchas sigamos alentando desde la pantalla de nuestro televisor.
Desde marzo pasado, la selección venía alicaída tras la última derrota 1-0 frente Venezuela por la fecha doble de las Eliminatorias Rusia 2018. Es allí donde se decide hacer un replanteamiento del equipo y convocar a rostros nuevos, talentos del torneo local e internacional. Tras algunos meses de llamados y prácticas, el “Tigre” Ricardo Gareca parecía haber definido el 11 que nos representaría en Estados Unidos.
Iniciado el torneo, nuestra selección arrancó con un buen desempeño. Comandados por el único cuajado en selecciones, Paolo Guerrero, la escuadra blanquirroja parecía regalarnos una nueva esperanza y despertaba nuestro anhelo por vernos en la final de este acontecimiento del balompié, pero nuestros sueños cayeron frente a Colombia, quien no nos dejó chance de siquiera luchar por el tercer puesto.
Es rescatable reconocer la competencia de nuevos jugadores que tuvieron la oportunidad de demostrar su arte con la pelota en la selección. También se aplaude la decisión de no convocar nuevamente a jugadores mal llamados “extranjeros” que apenas pisaban tierras peruanas, se dedicaban a la diversión, a desfogar todo lo que sus respectivos clubes no les permiten hacer y el talento lo dejaban en la maleta.
No se pone en duda que este nuevo seleccionado pueda caer en el desacato y la irresponsabilidad – esto por experiencias que todos conocemos – pero es relevante decir que estos muchachos demostraron unión de plantel y sed de gol, esa misma sed que nos mantiene en vilo a todos los fanáticos hartos de recordar que nuestro fútbol fue alguna vez potencia mundial y que esperamos un mea culpa en conjunto para mejorar la situación. Porque el barco sale a flote cuando el capitán y los tripulantes trabajan juntos. Los hinchas nunca nos cansaremos de alentar.