Punto de Encuentro

El mal de las tres “i”: intolerancia, impaciencia e indiferencia

Vivimos pensando que el que sabe más es el que triunfa en la vida. Quien tiene más diplomas y medallas es una persona exitosa. Nos sometemos a la esclavitud de la apariencia para sentirnos aceptados en un círculo social construido por referentes estéticos alejados de nuestra realidad. Desde pequeños nos forman competitivos, bajo un sistema de recompensas y estrellitas en la frente para el que se porta bien, el que sigue  las reglas, el que tiene las notas más altas, el que se sienta derecho, el que no hace bulla. El sistema educativo no premia el mejor esfuerzo, sino el mejor resultado.  Desde pequeños, entramos en un mecanismo perfecto de incentivos a la individualidad, dejando de lado el valor de disfrutar nuestra libertad de elegir sin temor a equivocarse, o al qué dirán, de ayudar a los demás sin esperar  el vuelto. Las formas de lo políticamente correcto nos atrapan, de decir lo que no se piensa, bajo la etiqueta de “ahorrarse problemas”.

Estos son tiempos de intolerancia, de impaciencia, de indiferencia. Tiempos de corazones insensibles que ya no se conmueven al ver niños pidiendo limosna en las calles, ancianos abandonados, gente que llora detrás de un “selfie” de frivolidad. Hace poco una jovencita tomo la fatal decisión de acabar con su vida lanzándose desde el techo de un hotel de la ciudad, y no  faltaron los que sacaron el celular para grabarlo, ni el noticiero que pasaba y repasaba la macabra escena una y otra vez para la angurria morbosa. Total, todo sea por el rating. ¿Y si la victima hubiera sido la hija del que grabó la escena con su celular o del director del noticiero? Ah, claro ahí la cosa cambia.

No pretendo generalizar, pero no  se puede negar que es la percepción de la sociedad en que vivimos. Nos quejamos de lo que nos falta, de lo que no hacen los  gobernantes, de la violencia y la inseguridad. Nos olvidamos de fiscalizar, de formar parte de iniciativas de prevención a la violencia, de priorizar los tiempos con la familia que el dinero, de educar más con el ejemplo que con reglas.

Dejemos de formar bandos, de ser árbitros de peleas en las redes, de fomentar estereotipos, de someternos a estilos de vida que excluye a las personas diferentes. Tomemos en serio el compromiso de contribuir al progreso de nuestro país, pagando puntualmente nuestros impuestos, respetemos las leyes, alcemos nuestra voz ante la injusticia y la discriminación, compadezcamos menos y actuemos más. No olvidemos que también somos parte del juego, los protagonistas de la historia, los beneficiarios directos, los únicos que podemos lograr un real cambio.

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