La miopía se define como un problema ocular que se debe a una curvatura excesiva del cristalino, por el cual se produce una visión borrosa o poco clara de los objetos. Este término puede extrapolarse al campo de la política, y podríamos definirla como el problema en percibir la realidad de los personajes o hechos políticos que se presentan, y las consecuencias que trae con ello.
Es muy común asociar el problema de “miopía política” a los actores políticos, esto es, presidente, ministros, congresistas, altos funcionarios, líderes políticos, etc, aquellos que tienen cierta participación en el escenario; sin embargo, hemos dejado –un poco- de lado que este problema también aqueja al resto de ciudadanos, quienes –también- hacen política al debatir, escuchar, leer, y escribir sobre los diversos temas que competen al país.
Hoy en día, con la proximidad de las elecciones generales, en las que elegiremos al encargado de guiar el destino del país, debemos procurar un “tratamiento” para esa miopía política, esto es, no con rayos láser o lentes de medida, como sucede con el problema ocular, sino conocer un poco a los candidatos, sus propuestas y el equipo que los acompaña, y no suficiente con ello, es necesario tener un mínimo de criterio para no creer en propuestas demagógicas, que buscan obtener el voto con promesas falsas.
La “miopía política” se manifiesta en los electores al percibir a determinado candidato como elegido para obtener su voto en base a un cálculo simple de beneficios, es decir, está convencido que las promesas de su candidato se cumplirán por el simple hecho de haber sido propuestas por ellos, no por la viabilidad de la propuestas, ni por quienes están detrás de ella. Esto resulta ser un error, dado que –posteriormente- en el supuesto que su candidato gane las elecciones y asuma como presidente con propuestas demagógicas –para algunos, menos para él- y no poder cumplir con ellas, se genera un malestar profundo por haber sido defraudado.
Entonces, de todo ello resulta un círculo vicioso, en donde el candidato promete cosas pomposas sin el menor reparo, el elector confía y decide votar por ese candidato, quien luego de un cálculo político decide no continuar con esas promesas, por ser nocivas para la eficiente gestión del Estado, en el mejor de los casos; salvo que sea irresponsable y gestione los recursos del Estado a su parecer, lo que deviene –necesariamente, y la historia nos demuestra ello- en terribles resultados para el país.
A fin de erradicar ese círculo vicioso que nos aqueja desde hace décadas, debemos tener la suficiente capacidad para someternos a un “tratamiento” a esa “miopía política”, esto es, recurrir a las propuestas, y ver la factibilidad de ellas, no dejarse llevar por el populismo, que tanto daño le ha hecho a este país: es bien fácil regalar becas y prometer programas sociales que regalen dinero a familias “pobres”. Pero, el verdadero rol del gobernante es de ser un gestor, no un “Papa Noel Estatal” que regale a manos llenas, sino que proponga políticas públicas autosostenibles en el tiempo que permita reducir la pobreza y mejorar otros servicios que el Estado está obligado a brindar.
Por ello, debemos dejar de lado las campañas del candidato “buena gente”, y someter al debate las propuestas, que son las que permitirán mejorar nuestra calidad de vida. Todos los candidatos proponen cambiar el país, pero cuántos de ellos realmente están capacitados para hacerlo, y no solo eso, sino cuántos están dispuestos a asumir el “costo político” que ello implica. Tengamos la capacidad para decidir de manera responsable, sometámonos al tratamiento de la “miopía política” y observemos con claridad lo que se propone, cómo se propone y quién lo propone.