Punto de Encuentro

El laberinto de la historicidad peruana

Vivir la peruanidad es un asunto extremadamente difícil. Quien subsiste el día a día en este país lo sabe con certeza. Ser peruano no es fácil. Y no lo es por la conjunción de épocas históricas que se combinan en nuestra mente. Lo que quiero decir es que, en cada uno de nosotros, laten cuatro épocas distintas y que éstas, a nuestro interior, se hallan en continua pugna. Me explico:

Para comenzar en nosotros está vivo el 1) mundo andino prehispánico (en unos más que otros) y lo está en la comida (en un plato con ollucos, por ejemplo), en algunas creencias religiosas (tener a un cerro por apu o divinidad), en muchas costumbres mágicas (cuando nos pasamos un cuy para curar nuestros males) y hasta en el idioma (decir calato es hablar en quechua). Junto a esa forma de pensar, el peruano también se ha quedado con la impronta que dejó la cultura política y económica de los siglos XVI, XVII y XVIII (que es la que consolidó la España Imperial en estas tierras).

Tal es la famosa 2) herencia virreinal que se ve expresada en la actualización de ideas que, en su momento funcionaron muy bien pero que hoy son verdaderos lastres tales como: la idea del Estado patrimonial (pensar que el Estado es propiedad de quien lo gobierna), el autoritarismo (creer que nuestro presidente es como un rey), el racismo, la cortesanía (sobona hipocresía que nos mantiene firmes y seguros en los círculos del poder), la religiosidad que se mezcla con política pública y el rentismo más burdo (la simple acumulación de riqueza sin inversión de ningún tipo).

Esos dos niveles, luego, tratan de convivir con 3) la promesa de la democracia liberal que venimos tratando de instaurar desde 1821 y que, claro, se hace tan difícil de asumir pues tiene que ver con ciudadanía, igualdad, deberes, derechos, supremacía de la ley y equilibrio de poderes. Tremendos anhelos que se estrellan con las atávicas formas de los dos niveles anteriores.

Y el último compartimiento de la mentalidad peruana es el que nos impone 4) la globalización que, con su carácter universalista, nos obliga a ponernos al día en procesos que en otras latitudes tomaron cientos de años en consolidarse tales como los Derechos humanos, el ecologismo, la competencia tecnológica y el reino del capital.

La mente de un peruano es como una gran casa vieja en la que sus habitantes, lejos de destruir las viejas estructuras de cientos de años, han decidido construir lo nuevo sobre lo viejo, haciendo de esa morada un imbricado laberinto en el que los tiempos se mezclan como las figuras sensuales de un caleidoscopio.

Eduardo Torres Arancivia

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