Punto de Encuentro

Reencuentro con el papa León XIV en la Plaza de San Pedro del Vaticano

3 Junio, 2026

Cultura

La mañana del 27 de mayo finalmente tuve la oportunidad de encontrarme con el papa León XIV, líder espiritual de más de 1,200 millones de católicos en el mundo. Ese día fui invitado a participar en la Audiencia General realizada en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Se trata de una de las actividades públicas más importantes que el Papa celebra regularmente. Fieles, peregrinos, religiosos e invitados especiales de distintos países se reunieron para escuchar su mensaje y recibir su bendición.

El sol brillaba con fuerza sobre el Vaticano. Desde muy temprano, decenas de miles de personas comenzaron a llenar la Plaza de San Pedro. Algunos agitaban las banderas de sus países, otros levantaban carteles con el nombre de sus ciudades de origen, mientras muchos permanecían en silencio rezando y esperando la llegada del Santo Padre.

Tuve el privilegio de ocupar un lugar en la zona reservada para invitados especiales y de poder recibir personalmente el saludo y la bendición del Papa. Sin embargo, lo que más me impresionó aquel día no fue el momento en que iba a encontrarme con él.

Pocos minutos antes de que llegara mi turno ocurrió un hecho inesperado. El padre Diego Semeraro, de 81 años, procedente de Martina Franca, en la región italiana de Puglia, comenzó a sentirse mal mientras esperaba bajo el intenso sol. De repente perdió el conocimiento y cayó al suelo. Al perder el equilibrio, golpeó su cabeza contra unos escalones, provocando preocupación entre quienes se encontraban cerca.

Cuando muchas personas todavía intentaban entender lo que había ocurrido, el Papa León XIV interrumpió inmediatamente la audiencia que se estaba desarrollando. Lo que sucedió después hizo que toda la plaza quedara en silencio. Vi con mis propios ojos cómo el Papa se acercó rápidamente al sacerdote. Se arrodilló a su lado, colocó una mano sobre su cabeza y le preguntó en voz baja cómo se encontraba. Su rostro reflejaba preocupación, pero también una gran serenidad. Al mismo tiempo colaboró con las personas que acudieron a auxiliar al sacerdote.

Por un instante pareció que el tiempo se detenía. El sol seguía golpeando la plaza y las miradas de miles de personas se concentraron en el Santo Padre. Aproximadamente un minuto después, cuando se confirmó que el padre Semeraro estaba fuera de peligro, la multitud respondió con un largo y emotivo aplauso.

Aquellos aplausos no eran solamente para el Papa. Lo que las personas habían visto era algo más profundo: no solo al líder de la Iglesia Católica, sino a un hombre dispuesto a detenerse para ayudar a un desconocido. Fue un gesto sencillo, pero lleno de humanidad. Según informaron posteriormente algunos medios, cuando el padre Diego Semeraro recuperó el conocimiento, preguntó sorprendido: “Santo Padre, ¿realmente es usted?”. Una vez reanudada la audiencia, llegó mi turno de acercarme al Papa. Cuando estuve frente a él, le recordé un episodio ocurrido hace más de treinta años.

Yo lo había visto cuando todavía trabajaba en Trujillo, en el norte del Perú. El tiempo ha pasado y ya no recuerdo exactamente en qué circunstancia fue ni qué palabras intercambiamos entonces. Lo que sí recuerdo es que jamás imaginé que aquel religioso que servía humildemente en tierras peruanas llegaría algún día a convertirse en el líder de la Iglesia Católica del mundo entero. Más de tres décadas después, volver a encontrarlo en el Vaticano, en un lugar tan especial, fue una experiencia que me llenó de emoción. A pesar del cansancio acumulado por la intensa jornada y por el incidente que acababa de ocurrir, el Papa me escuchó con atención y respondió con una sonrisa amable y cercana.

Le entregué dos libros escritos por mí en español durante los últimos años y aproveché la oportunidad para agradecerle por las bendiciones que envió al Santuario de Nuestra Señora de Sheshan, en Shanghái, así como por sus palabras de solidaridad y condolencia hacia las víctimas un accidente minero ocurrido en la provincia china de Shanxi. También le transmití los saludos de la comunidad china residente en el Perú y de muchos fieles católicos de Republica Popular China.

El Papa escuchó atentamente mis palabras, me agradeció y me pidió que llevara su bendición al pueblo chino. Fue una frase sencilla, pero que me conmovió profundamente. Para alguien que lleva tantos años viviendo lejos de su tierra natal, escuchar esas palabras en la Plaza de San Pedro tuvo un significado muy especial. Además de conocer al Santo Padre, tuve la oportunidad de conversar con el padre Edgar Rimaycuna Inga, secretario personal del Papa. Como peruano, su presencia me hizo sentir una cercanía especial. Durante la audiencia me recibió con gran cordialidad y me dio una cálida bienvenida como a un compatriota. Ese gesto hizo que el ambiente solemne del Vaticano se sintiera más cercano y humano.

Otro momento que me emocionó profundamente fue el encuentro entre el Papa y el padre Castillo. Cuando este sacerdote, que había trabajado junto a él durante años, se presentó ante el Santo Padre, el Papa pronunció inmediatamente su nombre y lo abrazó con afecto. En aquel instante no vi un simple gesto protocolar. Vi el reencuentro de dos personas unidas por años de trabajo, servicio y amistad. Sé que el padre Castillo trabajó durante mucho tiempo junto al actual Pontífice. Para él, el hombre que tenía delante no era solamente el Papa, sino también un maestro espiritual y una persona a quien acompañó durante una parte importante de su vida. Al observar aquella escena, no pude evitar emocionarme.

Frente a mí estaba un Papa de setenta años, con una mirada firme y llena de serenidad. En pocas horas lo vi detenerse para ayudar a un anciano que necesitaba asistencia y también escuchar con paciencia a personas llegadas de distintas partes del mundo. Quizá esa sea una de las razones por las que tantos fieles viajan miles de kilómetros para verlo, escucharlo o recibir una simple bendición. El 27 de mayo pudo haber sido un día más en mi vida. De no haber estado allí, probablemente habría transcurrido como cualquier otro. Sin embargo, por este encuentro, por aquella bendición y por haber sido testigo de la humanidad y divinidad que el Papa mostró, esta fecha quedará para siempre entre los recuerdos más especiales de mi vida.

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