Hasta hace poco, usábamos la frase “conejillo de Indias” para definir al roedor utilizado en los laboratorios que experimentaban con medicinas nuevas. Este animal era, aparentemente, muy resistente a la radiación, lo que lo convertía en un excelente instrumento de pruebas. Si el roedor respondía bien al experimento, era muy probable que la investigación siguiera adelante.
Pues bien, por la crueldad de algunos laboratorios multinacionales y la complicidad de ciertas autoridades nacionales, la frase “conejillo de Indias” bien podría ser modificada por esta: “niños peruanos”.
Sucede que a una hora por río desde Iquitos se llega a la comunidad de Santa Clara. Yo creo que a ninguno de ustedes les será difícil imaginar la pobreza infinita, la desnutrición sin límites, el escaso desarrollo cognitivo, el vitíligo que pinta de blanco la cara de los niños por anemia perniciosa y todos y cada uno de los males que puede padecer una población alejada de la civilización, alejada de la mano de Dios. Todos los males, todas las enfermedades, todas las infecciones, todas las atroces consecuencias de la pobreza, todas las desnutriciones. Pero, tambien todos las bacterias o virus que aparecen en el mundo, y que enferman hondamente a estos niños amazonicos y que se registran con exactitud en otras latitudes, en nuestra selva no importan (cuantos infectados y cuantos muertos por el dengue o la chikunguña, por ejemplo. Pero, claro, ese registro jamás incluirá a los pobladores de Santa Clara. ¡Ay, qué flojera ir hasta allá!).
Pero hay gente de honda crueldad a quienes nos les da flojera un viaje tan largo. Los más grandes laboratorios del mundo vienen hasta el Perú, viajan a Iquitos, y de ahí, a una hora más por río, llegan hasta Santa Clara. Allí experimentan con nuestros niños, de cinco años o menos, medicinas y vacunas cuyo daño en seres humanos se desconoce. Pero para eso están ellos, para saber la consecuencia de esos nuevos y raros productos. Hasta ahora van 3.273 infantes sobre los que se están probando vacunas contra la meningitis y ensayos de medicamentos para combatir la hemofilia, la diarrea, la artritis, el asma y la diabetes. Pero no crea usted que estos experimentos no reciben ninguna compensación. Por supuesto que la tienen. ¿Y será buena? Pues, claro. Una bolsa de alimentos y un polo. Pero no es todo. Si la investigación avanza, la familia recibirá una segunda bolsa. Bendito sea Dios, estos laboratorios sí piensan en las familias. ¡¡Granujas!!
Pero hay mucho más. Espero no aburrirlo, respetado lector. El experimento requiere consentimiento de los padres. Y aparentemente lo consiguen. Sí, claro, por eso se van a Santa Clara y no lo hacen en Breña o Lince, aquí en Lima. ¿O usted permitiría que le inyecten una vacuna a su hijo porque tal vez cuide la vida de otros niños, pero que también podría dañar al suyo irreparablemente? ¿Lo autorizaría usted? ¿No? ¿Por qué no si le vamos a dar su canasta de alimentos? ¿Tampoco? Pero le voy a dar un polito. Ahora sí ¿no? ¡Nos creen a todos imbéciles!
Sin embargo, no basta un poco de moral y sensibilidad para prohibir esto y que los funcionarios de esos laboratorios regresen en peque peque a sus ciudades. Existe en el Ministerio de Salud un “Reglamento de Ensayos Clínicos” y, enterado de esta crueldad, el ministro ha expresado que dicho documento necesita precisiones. ¿Precisiones? Lo que requiere son eliminaciones y poner fin a esta barbaridad.
Niños del Perú usados para probar vacunas y medicinas de las que no sabemos los efectos secundarios. ¿Y si la muerte es una de esas consecuencias? El solo hecho de ir hasta un lugar tan alejado nos debería hacer sospechar.
Peor aún, estos estudios son patrocinados por la National Health Institute de los Estados Unidos. Esto sí está fuerte. ¡Estados Unidos apoya esto! Entonces empiecen mañana mismo a aplicarles esas vacunas a niños de Nueva York, de Los Ángeles o del mismo Washington. ¿Qué tal? ¿Por qué no? El niño con pasaporte estadounidense vale más que un niño peruano. ¿Por qué Estados Unidos decide sobre nuestras criaturitas? ¿Otro sueño colonizador?
Los principales laboratorios que están en esto son: Pfizer, de Estados Unidos. Otra vez, que experimente con niños de su país, no con los del mío. Otro, GlaxoSmithKlein, de Inglaterra. Que usen niños de Londres, pues. No quieren de la capital, vayan a Surrey entonces, pero que no toquen a mis niños. O Novartis, de Suiza. ¿No hay ahí infantes con los cuales ensayar? ¿No los hay en Ginebra? ¿No los hay en Zúrich?
Ningun niño del mundo, ninguno, de ningún país, vale más que un niño peruano. Esté donde esté y sea de la condición económica, social, racial, de cualquier religión o color que sea.
Pero nada nuevo es lo que sucede en nuestra Amazonía. Durante la noche más oscura de la historia de la humanidad, en el apogeo del nazismo, un hombre despiadado, asesino pertinaz, desalmado e infinito de crueldad hacía experimentos con niños. El drama de lo que hizo Josef Mengele está registrado en sus propios apuntes. Basta leer una sola cuartilla de lo que realizó y las ganas de vomitar se tornan incontenibles. O nadie aprendió nada de la historia o los laboratorios, tal vez, tienen por ahí escondidita la foto de ese monstruo.