El barco sueco de nombre Vasa se hizo a la mar en su primera travesía y se hundió en el puerto de Estocolmo el 10 de agosto de 1628. Sólo había navegado una distancia de mil quinientos metros en las aguas del mar Báltico y comenzó a inclinarse y sumergirse esa mañana ante el asombro y la estupefacción de los presentes. Era el barco más grande jamás construido hasta entonces, con tres enormes mástiles y sesenticuatro cañones a bordo. Una verdadera fortaleza flotante que el rey sueco Gustavo Adolfo segundo había encargado construir para combatir y dominar los océanos en la guerra que en aquella época se prolongó por treinta años en Europa. El rey, llamado el "León del Norte", quería demostrar con esta embarcación su fuerza y su poder.
Durante la construcción del Vasa el ingeniero responsable Henrik Hyberlsson falleció, en tanto el rey Gustavo Adolfo presionaba desde Polonia - donde combatía con sus tropas - para que el trabajo avance lo más rápido sin considerar las dificultades técnicas que podían existir.
Hoy visité el Vasa que es exhibido en un impresionante museo de la ciudad de Estocolmo. Tras 333 años en el fondo del mar se consiguió su rescate en 1961. El buque reconstruido está magníficamente adornado con centenares de esculturas talladas y el 98% de las piezas son originales.
Al contemplar el Vasa y su gigantesca estructura de roble macizo, es difícil imaginar cómo ese buque magnífico se hundió apenas empezó a navegar. El interés que despierta el increíble hecho lleva la inquietud aún más lejos y en el visitante surge la pregunta: quiénes son los responsables de esa catástrofe militar y política?
Cuenta la historia que nadie fue declarado culpable. Ni el capitán, ni los constructores, ni tampoco el rey que ordenó su construcción. El juez que investigó el caso, no halló responsables y concluyó finalmente que sólo Dios sabía por qué el Vasa se hundió.
El relato nos muestra que no existió liderazgo claro que se hiciera cargo de todo el proceso de la construcción del buque y que culpar a Dios por lo sucedido fue una forma de salvar al rey, quien en última instancia había ordenado, aprobado y firmado los planos.
En Perú hoy, como ocurrió con el Vasa hace más de tres siglos, tampoco parece existir un responsable del progresivo hundimiento que se vive. Se culpan unos a otros y tan sólo falta que culpen a Dios por lo que sucede.
El país requiere un liderazgo decidido y claro que conduzca voluntades y una criterios. Que lo saque de la anomia en que se encuentra y lo proyecte con aliento hacia el futuro.
Las llaves del nuevo gobierno tienen que ser entregadas a un líder que sepa, con su experiencia, conducir a la nación para que no se hunda.