Cuando a mis alumnos universitarios les he preguntado sobre cómo fue su experiencia en el colegio con respecto a la enseñanza del curso de Historia, la gran mayoría suele responderme de que se trató de uno de los cursos más aburridos. Es muy probable que la primera razón para que un muchacho o muchacha odie o, en el menor de los casos, le parezca anodino el curso de Historia es por ese afán positivista que la materia aun tiene. Así, la Historia ha devenido en las aulas escolares en una especie de cuento, valga la redundancia, mal contado: éste comienza en Primero de Secundaria con una visión del mundo andino preincaico y termina en Quinto de Secundaria con el análisis del siglo XX peruano ¿Percibe el lector donde está el error de dicho enfoque? Pues éste radica en su linealidad casi vitalista que transforma el conocimiento en una larguísima saga de cinco años. Bajo ese enfoque, el muchacho recibe una visión muy ingenua del mundo Andino (a los 12 años) y una muy tétrica y crítica del siglo XX (a los 16 años).
La segunda razón, se desprende de lo antedicho. Ésta tiene que ver con la cantidad de datos e información a la que se ha visto reducida la materia. Los profesores y sus libros (pienso en los producidos por Norma y Santillana) sueltan los datos a mansalva, pero éstos no cobran vida y por eso desaparecen de la conciencia juvenil. Hace mucho debió haber fenecido la idea de ese docente como facilitador de información y es que el profesor de Historia debe ir más allá: todos esos datos deben servir para la más grande de las misiones a la que nuestra profesión nos llama: explicar el presente.
El historiador y el profesor de Historia son comunicadores sociales y el que se hayan olvidado de ese rol nos lleva a la tercera razón para que alguien pueda tener al curso de Historia como accesorio. Está bien, el encargado de enseñar nuestra materia tiene los contenidos a desarrollar y tiene los datos ¿Qué debe hacer con ellos? ¿Sólo transmitirlos? Pues que lo sepa el lector: la Historia hace que el dato cobre vida, así lo vuelve hecho y de ahí proceso. Entonces, nuestro deber es que un niño se inserte en el gran proceso del devenir y pueda comprender el presente de su sociedad. Un profesor de Historia de III de secundaria tiene el deber moral de poder conectar, verbigracia, lo que ocurre en Tía María con la lógica de las rebeliones del siglo XVIII.
Hacer lo último significa que el profesor de Historia tome partido por lo que pasa a su alrededor, y a eso le temen mis colegas pues creen que así se entra en política y se rompe con el dichoso pacto de la objetividad. No se tiene en cuenta que la gran lección de la Historia es que todo pertenece a la política y que no existe la objetividad.