Punto de Encuentro

La duda favorece al reo… pero jamás a un político

“Los políticos son una expresión de confianza”, decía la semana pasada en este mismo espacio. Cualquier persona, por el simple hecho de inspirar confianza en el pueblo, puede llegar a ser Presidente del país. 

La confianza es por tanto el valor base para el político, es la cualidad indispensable para la realización de su objetivo que es, entre otros, ejercer  el poder. Por eso, un político de verdad cuida ese valor. Sabe que perder la confianza del pueblo significa perder la legitimidad para seguir representándolo. 

La confianza —es cierto— no es eterna, pero tampoco se pierde de golpe; son las dudas sobre el accionar del político las que la van minando. Ese principio fundamental del derecho penal la duda favorece al reo (in dubio pro reo) jamás puede ser aplicado al político, puesto que la duda jamás le favorece. Un acto dudoso atribuido a un político daña al político, daña a su grupo, daña la política, por eso debe ser inmediatamente despejado. 

¿Por qué la duda daña tanto a la política?

Un acto delincuencial atribuido a un político implica un proceso y la imposición de una pena, que cumple el político delincuente y asume las consecuencias por la comisión de ese delito. En cambio un error cometido por un político genera dudas sobre toda su actuación, sobre sus intenciones y sobre sus propósitos, arrastra a todo su grupo que es percibido como encubridor o cómplice; y lo peor es que pone en duda también las intenciones de los demás políticos, pues se desarrolla en la población la percepción de que ‘todos son iguales’. ¡Esa es la razón por la cual pierde tanto la política! 

Somos testigos de cómo situaciones de dudas y sospechas sobre el comportamiento político han hecho que la población asuma como natural que un ladrón sea autoridad. Se dice: “Es mejor un gobernante que robe poquito a uno que robe bastante”; “Es preferible un asesino de poquitas personas a uno que mate masivamente”. ¡Eso no es política! Se está distorsionando el concepto del quehacer político. 

Es un error defenderse de acusaciones de delitos o actos irregulares señalando los delitos y faltas de los demá o pidiendo que a todos se les investigue. Ese es un recurso que está desprestigiando la política peruana porque contribuye a consolidar el pensamiento perverso de  “todos tenemos algo que esconder”, “todos somos delincuentes” o “nosotros somos menos delincuentes”. ¿Acaso tenemos que ser gobernados por inescrupulosos o delincuentes? ¿No puede el Perú volver a tener políticos honrados con convicción y vocación política? 

Es necesario reflexionar sobre lo que está sucediendo en el Perú. El aprovechamiento de los recursos económicos a los que se accede para el ejercicio de la política está corrompiéndola: Todos sabemos que el narcotráfico y otros poderes fácticos (nacionales y extranjeros) han penetrado la política con su dinero; sabemos que para que esto se detenga se debe implementar el financiamiento público a los partidos políticos, escuchamos a todos lo políticos referirse al tema, sin embargo a la hora de actuar no hay nada concreto. 

¿Por qué no se financia a los partidos, si todos ‘dicen’ querer eliminar esa debilidad de nuestra política? ¿Resulta más conveniente recibir dinero que no es declarado y utilizarlo para asuntos personales o desviarlo para otros menesteres? 

La inacción sobre esta situación no solo perjudica la política peruana sino también nuestro  desarrollo. ¿Quién va a querer invertir en un país cuyo Estado es manipulado por poderes ajenos al formal? 

La realidad nos está diciendo que ha llegado la hora de actuar para erradicar el nefasto pensamiento político peruano, que está mutando del “Voten por el mal menor” al “Voten por nosotros, que nosotros…  robamos y matamos menos”.

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