Punto de Encuentro

Queremos tanto a Héctor Lavoe

1.

Si Lavoe no hubiese sido cantante, en las montañas de Ponce tendría fama de hechicero. O quizá un nigromante inventor de una pócima para hacerse eterno. Lo cierto es que Lovoe después de muerto, obtuvo esa condición universal de ser inmortal, aquel que solo atesora amigos, incluyendo a  esa legión de personas que no ha nacido todavía.

Y Lavoe solo sabía cantar, como los niños que aprenden de las cantaletas de la madre, la abuela o las tías allá en su bohío. Lavoe era un relincho salvaje de su naturaleza que una madrugada apareció en las tripas de Nueva York y desde 1967 fue nombrado almirante del ritmo latino y hasta que se mató de gusto dañoso un 29 de junio de 1993.

Lavoe llegó a Lima en la medianoche del 6 de agosto de 1986. Traía su banda que más parecía una orquesta de jazz. Venía solo con polo y jean porque pensó que el Perú era una isla de Indonesia. Inmediatamente le fueron a comprar una polerones de 3 x 2. Así que Lavoe puso de moda la onda Gamarra style en sus 6 conciertos seguidos que tuvo en la Feria del Hogar donde cada noche reunió a más de 60 mil personas. 

2.

Así se hacía querer por todos y todos entendieron porque se debía querer a Lavoe. Héctor portaba una licencia que lo hacía pertenecer al vademécum –un catálogo probo, dirían los impúdicos– de músicos populares y épicos latinoamericanos como Pedro Infante, Carlos Gardel, Julio Jaramillo o Daniel Santos. Era/es un cantante singular para la pelvis plural. Le canta al espíritu no al oído. Le habla, no obstante, a la oreja del corazón y a su ritmo. Le devuelve la cordura –en todo caso—a la arritmia.

Lavoe cantaba –el  pretérito es mío– música atemporal –el presente es suyo– en su momento preciso. Su voz no era un valor, era un registro único con propietarios morales y sin títulos. Su música será entonces para el orgasmo de la propia música. Un ejercicio de audacia auditiva con público y sin red y muy necesaria. Su canto rompió así el sonido y el vestido (como una voz interior a la misma ropa interior: un lancero contra la lencería) a la solemnidad, vr.gr., al corsé sonoro de la tradición silente estrepitosa.

Es el canto de Lavoe (el primer rugido armonioso desde que el hombre con hambre es tal) contendiente entre el arte como tradición y el arte como creación. Así, Lavoe fue un rebelde de estirpe contra los modelos del academicismo formalizado o fosilizado. Un transgresor de lo clásico en perpetuo proceso romántico –lo romántico a la manera de Lord Byron– y en vías de patentar el desenfado lírico: otra tradición lejos de la traición y sin traducción. 

3.

Última escena: Lavoe estaba sentado sobre su maleta en el aeropuerto Jorge Chávez del Callao ese agosto de 1986. El vuelo que lo regresaría a Nueva York venía demorado y Lavoe parecía un emperador derrotado por la fama y la soledad. Ese baño de multitud en la Feria del Hogar de hacía unas horas lo había entusiasmado en extremo pero, así como así, le vino la “depre”. Otra vez entonces habitó en el suburbio infernal de siempre, ese foco del tormento y redención. Se vio como siempre desubicado entre las luces y sombras de una mitológica urbe posapocalíptica. Lovoe, con su raza y esencia, que supo del navajazo del destino y pasó de la caricia, al estupor y cicatriz imperecedera, estaba otra vez en viaje al sufrimiento mayor y su agonía.

@eljauregui

 

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