Los políticos son una expresión de confianza. Sus puestos en el Estado tienen origen en la confianza que el pueblo deposita en ellos para representarlos. No necesitan maestrías ni títulos de ninguna índole para acceder a los más altos cargos de la Nación, solo inspirar confianza. Por ese solo hecho el voto del pueblo convierte a un político en su representante, solo por la confianza se puede llegar a ser Presidente de la República y dirigir el destino de un país.
Ese pueblo que es descrito en época de campaña con la frase ‘la voz del Pueblo es la voz de Dios’ se convierte en ‘el antisistema’ en el curso del gobierno. ¿Por qué? ¿Por qué ese ‘amado’ pueblo, que durante los procesos electorales es considerado por los candidatos como la personificación de la democracia, como la prioridad A-1, al que visitan constantemente, le llevan regalitos, atienden sus necesidades, conversan con él y lo escuchan todos los días, se convierte después en un ente azuzador y antidemocrático?
Las protestas acontecidas en el Perú en el quinquenio en curso demuestran que el pueblo peruano es mirado desde dos ópticas en dos momentos: En época de campaña, el pueblo es el sagrado elector dueño de la varita —su voto— que convierte a un candidato en autoridad y por ello es escuchado y su voz respetada. Sin embargo, en el curso del gobierno ese mismo pueblo —ante los ojos del convertido en autoridad— se transmuta en un gobernado limitado que está en la obligación de acatar las decisiones del mandatario aun cuando éste le hubiese prometido que iba a hacer absolutamente todo lo contrario de lo que ahora está haciendo.
Los candidatos por llegar al poder tienden a adoptar en campaña una posición fácil y seductora de su público, ganan su confianza prometiendo acciones públicas que no cumplen, y ello —sin utilizar eufemismo alguno— es mentirle al pueblo, burlarse de él y estafarlo.
Pero esa gran estafa nunca queda impune, pasa la factura al gobernante cuando éste ejecuta lo que fue negado y repudiado por él mismo cuando vestía la camiseta de candidato. El doble discurso trae pues sus consecuencias: resta autoridad al elegido, genera desorden y caos social, las leyes ya no se respetan, la policía es atacada con palos y piedras, las autoridades deslegitimadas ruegan orden no lo imponen, se asesina por discrepar, se suspenden políticas de desarrollo, se truncan grandes proyectos; en resumen, se detienen los motores de inversión, se enfrentan los actores sociales y políticos y se frena el desarrollo.
En consecuencia, no son los pobladores protestantes el origen del problema, son las mentiras del candidato las que generan el desorden y la desobediencia al Estado, debilitándose así la institucionalidad y todo el sistema democrático, hecho que sí puede dar cabida a los verdaderos antisistemas en las próximas elecciones.
Por tanto, es necesario reflexionar sobre el impacto que tienen las promesas electorales incumplidas en el desarrollo del Perú. Es evidente que el ejercicio de la política está muy venido a menos y ya es hora de revertir eso.
¿Se puede seguir ganando elecciones mintiéndole al pueblo o diciéndole verdades a medias, o discursos vendibles que generan altas expectativas y que a la hora de la verdad jamás llegarán a concretarse?
Si bien es cierto, el político mentiroso y su partido son los que se verán perjudicados al perder la confianza ganada, las evidencias demuestran que una de las principales consecuencias del desencanto y decepción del pueblo es el menoscabo del sistema democrático y de las instituciones así como el retraso del proceso de desarrollo.
La honestidad de un político no se reduce pues a no robar. Un político tampoco debe mentir y debería tener la responsabilidad y capacidad de conocer previamente la factibilidad de sus promesas, pues lo que prometió ayer deberá cumplirlo mañana.