Transcribo para usted querido lector, un diálogo entre Lenin y Trotsky, en vísperas de octubre de 1917, que refiere el italiano Curzio Malaparte, en su obra Técnica del golpe de Estado:
Trotsky: Muy bien, pero cuando las masas hayan aceptado nuestro programa, no por eso habrá que dejar de organizar la insurrección. De las fábricas y de los cuarteles será preciso sacar elementos seguros y dispuestos a todo. Lo que necesitamos no es la masa de los obreros, de los desertores y fugitivos: es una tropa de choque.
Lenin: Para practicar la insurrección como marxistas, es decir, como si fuera un arte, debemos, al mismo tiempo, y sin perder un minuto, organizar el Estado Mayor de las tropas insurreccionales, repartir nuestras fuerzas. Debemos movilizar a los obreros armados, llamarles al combate supremo (...) Todo eso no es más que aproximativo; pero tengo empeño en demostrar que en el momento en que estamos no se podría permanecer fiel al marxismo, a la revolución, sin tratar la insurrección como un arte.
Trotsky: Todo eso es exacto; pero resulta demasiado complicado. Es un plan demasiado vasto, es una estrategia que abarca demasiado territorio y demasiada gente. No es ya una insurrección, es una guerra (...) Hay que atenerse a la táctica, operar con poca gente es un territorio limitado, concentrar sus esfuerzos sobre los objetivos principales, dar directa y duramente (...) la insurrección es una máquina que no hace ruido. La estrategia de usted requiere demasiadas circunstancias favorables: la insurrección no necesita nada. Se basta a sí propia.
Inicios del siglo XX, sin embargo, la contraposición entre insurrección táctica (Trotsky) y estrategia revolucionaria (Lenin) orienta un tópico de discusión en la política: la relación teoría y praxis, así como un “método revolucionario”. A propósito de la renovación política y el civismo social.