Fernando Rodríguez Patrón
Hay debates que deciden campañas. Otros apenas confirman lo que ya sospechábamos. El enfrentamiento entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez, organizado por el Jurado Nacional de Elecciones, perteneció claramente a la segunda categoría.
Durante una hora y cuarenta minutos, observamos a dos candidatos que llegaron con objetivos distintos. Keiko Fujimori buscó proyectar experiencia, control y capacidad de gobierno. Roberto Sánchez apostó por la confrontación política, intentando convertir el debate en un juicio permanente contra el fujimorismo. El resultado fue una discusión sin momentos memorables, escasa profundidad programática y demasiadas limitaciones impuestas por un formato que volvió a demostrar las debilidades de los debates organizados por el JNE.
El escenario parecía solemne. Los moderadores, provenientes de medios de amplia trayectoria como RPP y Canal N, condujeron un intercambio dividido en cuatro bloques: seguridad ciudadana, fortalecimiento del Estado democrático, educación y salud, y economía y empleo. Todo estaba cuidadosamente reglamentado. Quizá demasiado, porque el principal problema del debate no fueron los candidatos (pese a sus evidentes limitaciones), fue el formato.
Desde hace varios procesos electorales, el JNE parece obsesionado con controlar el tiempo, pero no con promover la discusión. Los candidatos disponen de bolsas de minutos, intervenciones fragmentadas y respuestas excesivamente limitadas; con ello, el resultado es previsible: discursos preparados, frases memorizadas y muy poco contraste real de ideas. Más que un debate, observamos una sucesión de exposiciones con la nula posibilidad de repreguntar, profundizar o desenmascarar contradicciones, mucho menos observar una confrontación argumentativa, el formato no lo permite.
En ese contexto, Keiko Fujimori apareció más cómoda. No necesariamente porque haya presentado propuestas extraordinarias, sino porque comprendió mejor la lógica televisiva del evento. Evitó caer en provocaciones permanentes, procuró enfocarse en los ejes temáticos y transmitió una imagen de mayor preparación técnica, mostrando una línea argumental coherente con su campaña y Plan de Gobierno.
En la otra esquina Roberto Sánchez tuvo un problema más complejo. Gran parte de su estrategia consistió en cuestionar el pasado político de su adversaria. Y aunque es evidente que el fujimorismo sigue siendo uno de los temas más controvertidos de la política peruana, el debate presidencial exige mucho más que señalar los errores pasados y presentes de su rival. Exige construir una visión de gobierno y es allí donde aparecieron sus mayores debilidades.
Por momentos pareció más concentrado en demostrar por qué Keiko Fujimori no debería ganar el balotaje que en explicar por qué él sí debería llegar a Palacio. Sus intervenciones sobre economía fueron particularmente difusas. En seguridad ciudadana abundó en los diagnósticos, pero omitió explicar sobre los mecanismos concretos de implementación, y, en varios pasajes, resultó difícil identificar una propuesta capaz de transmitir gobernabilidad en un país que atraviesa una crisis simultánea de inseguridad, desaceleración económica y desconfianza institucional; sin embargo, su problema no fue ideológico fue programático. Una candidatura presidencial puede ser de izquierda, centro o derecha. Lo que no puede ser es imprecisa cuando el país exige respuestas concretas.
Sin embargo, reducir el análisis a quién ganó o perdió sería insuficiente. Lo verdaderamente preocupante es el empobrecimiento progresivo de los debates presidenciales peruanos.
La política peruana atraviesa una crisis de representación, pero también una crisis de deliberación pública. Los debates se han convertido en productos televisivos cuidadosamente cronometrados donde importa más evitar errores técnicos o de tiempo que desarrollar ideas. Los candidatos llegan entrenados para sobrevivir al evento, no para convencer mediante argumentos, por eso, al terminar la transmisión, quedó una sensación aciaga, ya que no hubo un desastre evidente de ninguno de los contendores pero tampoco una actuación brillante. Hubo, más bien, una confirmación de las limitaciones que hoy atraviesan nuestras campañas electorales. Me pregunto quien habrá logrado captar la intención de voto del amplio porcentaje de electores aún indecisos.
Keiko Fujimori salió relativamente fortalecida porque logró transmitir orden y mayor claridad en sus planteamientos. Roberto Sánchez mantuvo capacidad de confrontación política, pero no consiguió despejar completamente las dudas sobre la viabilidad de sus propuestas, sobre la consistencia de su proyecto de gobierno ni mucho menos del lastre que significan algunos de sus aliados políticos, en especial Antauro Humala.
Por último, el JNE organizó nuevamente un debate que cumplió con las formalidades, pero que difícilmente permitió al ciudadano conocer qué país proponen quienes aspiran a gobernarlo. Quizá esa fue la principal lección de la noche.
Mientras el Perú enfrenta una de las elecciones más polarizadas e inciertas de los últimos años, sus debates siguen pareciendo ejercicios de administración del tiempo antes que verdaderos espacios de discusión democrática. Y una democracia donde los candidatos hablan pero no debaten, termina siendo una democracia que escucha mucho y comprende poco.