En los últimos años hemos visto -y algunos hemos sido partícipes de- diferentes marchas o protestas que se han venido dando en nuestro país, en especial, en nuestra capital. Recordemos la denominada "Marcha contra la repartija" que se dio en Julio del 2013 conocida también como "Toma la Calle" donde miles de personas, en su mayoría jóvenes, salieron en rechazo a la controvertida elección parlamentaria de los miembros del Tribunal Constitucional (TC), Banco Central de Reserva (BCR) y Defensoría del Pueblo.
La siguiente, que considero todos recordamos, es la denominada "Marcha contra la Ley Pulpín", a fines del 2014, dónde miles de jóvenes tomaron las calles en diferentes puntos del país y hasta en cinco oportunidades, exigiendo la derogatoria de un Régimen Laboral Juvenil que muchos consideraban injusto y discriminatorio.
Posterior a estas dos grandes manifestaciones han seguido otras, que visiblemente, no han logrado tener el éxito, la convocatoria o el resultado deseado por los "promotores", muchos de ellos escondidos tras bambalinas.
Antes de entrar al análisis sobre la motivación de los jóvenes a salir a las calles en son de protesta, debemos recordar que, intrínsecamente, dentro de los derechos que consagra nuestra constitución(1), se encuentra el derecho que toda persona tiene a reunirse; sin embargo, para que la protesta sea reconocida como una manifestación legítima, debe realizarse dentro de los parámetros que la definen: debe ser pacífica, sin armas y no afectar los derechos fundamentales de las personas que no participan en la protesta.
Este último punto muchas veces no se cumple; hay una delgada línea entre los derechos de una persona ante los de otra para que aquellos no se vean mermados o vulnerados (hablamos de los derechos). Para expresarnos mejor: " "Mi libertad termina donde comienza la tuya"(2), muchas veces cruzamos esa delgada línea, al bloquear u obstaculizar, por dar un ejemplo, las vías públicas generando más tráfico; invadir y dañar propiedad ajena, sea privada o pública; maltratar las áreas verdes, entre otras.
Ahora, si analizamos los motivos por los cuales los jóvenes salieron a protestar en las dos manifestaciones mencionadas al inicio, revisando para ello algunos archivos y videos, podemos observar que no hubo una motivación "política", sino que muchos de ellos (la mayoría) consideraban que se habían vulnerado sus derechos; algunos no confiaban en el sistema o en los medios por cómo se habían dado las cosas; no creían correcto los resultados, lo que conllevó a una insatisfacción general - indignación - sin importar la ideología o militancia política, la confesión religiosa o las simpatías personales, por lo que sintieron la necesidad de hacer algo diferente para cambiar lo que se consideró injusto, logrando el objetivo deseado: el bienestar general, la primacía del interés común sobre un interés económico o político.
Movilizar personas no es tarea fácil, más aún cuando hoy en día la sociedad ha vuelto más que nunca al ciudadano un ser individualista, por más que las llamadas redes sociales desbordan en comunidades activas, comunidades que rara vez dan el paso a la vida real; sin embargo, la ayuda de estos colectivos virtuales han dotado al ciudadano de una plataforma de coordinación para los que deciden ir más allá, el problema radica en que como todo medio de "información" el objetivo de la indignación -eje fundamental de una movilización- puede desvirtuarse o manipularse al antojo de quien siembra la idea y es aquí donde podríamos encontrar el motivo del por qué las últimas "protestas" juveniles no han tenido el éxito de las convocadas en los años 2013 y 2014.
Y todo ello sucede por el conocimiento previo de que los jóvenes en su mayoría son un colectivo, altamente influenciable, en pleno proceso formativo, de criterios cambiantes y acciones impredecibles, hecho que sumado a su necesidad de encontrar un motivo de acción en la sociedad hace que se vuelvan, en ocasiones, una gran multitud de voluntades manejables por una ideología prestada, la misma que jura reivindicar todos sus ideales; por más que los jóvenes antes del mismo acto de la protesta en sí, no hayan mantenido relación alguna con la antedicha ideología.
Lo expresado se percibe cuando los medios de comunicación rescatan las opiniones y el sentir de estos colectivos indignados, obteniendo como resultado respuestas repetitivas y cerradas, con discursos preparados y hasta ensayados, sin muestra alguna de sentido crítico propio. La pendiente deja de dirigirse arriba cuando la juventud marcha con un interés político desde el preámbulo, cerrando las posibilidades al dialogo y a un mejor entendimiento.
En dichas oportunidades reinan consignas que muchas veces ni se entienden; no se da un culto claro y transparente que promueva una mejor información, y con ello se logra tener en nuestras calles a indignados marchantes que no saben ya exactamente por qué lo hacen.
Pie de página:
(1) Artículo 2 de la Constitución Política del Perú.
(2) Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada en la Asamblea General de las Naciones Unidas del 10 de diciembre de 1948.