Punto de Encuentro

Una idea

23 Abril, 2015

José Bulnes

Nicolás Maquiavelo. Su nombre se asocia a la crudeza de la política, su lado descarnado. La academia ha signado  esta tradición como realismo político. Pareto, Mosca, pensadores cuyas tesis oscilan alrededor de la teoría de las élites, se inspiran en el florentino en la máxima de conservar el poder. Así, el realismo político alude a una actitud hacia el quehacer político, la tenencia del mando y su disposición y organización en élites gobernantes.

Pero reducir el pensamiento de Maquiavelo (o Realpolitik) a un pragmatismo llano e inmediato, no es sino una ligereza o acaso una lectura poco atenta del Príncipe, sobre todo. El ser y el parecer, tópicos que son tratados en dicha obra, remiten a la habilidad del gobernante en la negociación y el pacto con sus similares, antes que una mera argucia. El preferir ser temido a amado, implica que el gobernante procura la distancia con los gobernados, a fin de no comprometer las emociones, pues la política es un quehacer en el que se debe estar en permanente vigilia.

¿Cuánto se comprende hoy a Nicolás Maquiavelo? El ámbito de la política, sus actores sociales que intervienen en su cálculo y estrategia serían, pienso, los primeros en detenerse en  las tesis del florentino, a fin de ponderarlas en su justa medida. La academia, así como los políticos, están en la necesidad de “suspender” sus inclinaciones y apetitos, para que la política (en tanto práctica y juicio) vaya por el camino de la pedagogía ciudadana: la política como el arte de gobernar y mantener el poder deberá ser insumo pedagógico para una vida civil más amplia, donde la competencia y los intereses individuales no signifiquen el descarrilamiento de los buenos deseos, sino su afianzamiento, sin omitir los mecanismos democráticos de una sana República.

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