Recordar una injusticia no siempre significa buscar culpables ni revivir sentimientos insanos. A veces recordar una injusticia es para que no vuelva a repetirse.
En estos días, he visto que en los medios se recuerda mucho el autogolpe del 5 de abril. “¡Para no olvidar!” dice la mayoría. Es cierto, no podemos olvidarnos de nuestra historia, con episodios lamentables (o necesarios) que cambiaron el rumbo de nuestra política.
Pero creo que olvidamos intencionalmente aquello que nos causa vergüenza y dolor. Si lo recordamos, es como hacer un mea culpa ajeno, que nos sensibiliza ante nuestra propia historia para que no cometamos los mismos errores del pasado.
El 13 y 14 de mayo de 1940 ocurrió una injusticia que pocos recuerdan y otros tantos ya quisieran olvidar. En esos dos días, muchos negocios de japoneses en Lima y Callao fueron atacados por una turba incontrolable de saqueadores.
Se culpa a un partido político, al gobierno de turno y hasta a las mismas circunstancias de alentar a esta turba, en donde el odio y la rabia dominaron el ambiente. Pero nadie queda libre de culpa ni sospecha.
Hay gente que recuerda el saqueo como si hubiera sido ayer. Muchos japoneses cerraron sus negocios al ver que la turba se acercaba. Pero no había puerta que detenga a los saqueadores. Muchos estaban armados con palos y piedras. Saquearon y destruyeron todo lo “japonés” que encontraban a su paso y en algunos casos, incendiaban sus locales sin razón.
Era una turba enceguecida por el racismo y la paranoia. Creían en los rumores que algunos diarios e intelectuales hacían correr sobre una posible invasión japonesa al Perú y envidiaban la excesiva presencia de comercios japoneses en Lima. Había gente que aprovecharon esta oportunidad y se unieron a la turba. La situación se volvió incontrolable (o quizás eso era lo que querían).
Pero también hubo mucha gente que ayudó a sus vecinos japoneses, permitiéndoles esconderse en sus casas o sacando cara por ellos, porque el saqueo solo era para los japoneses.
Después de muchas horas, la policía recién salía a las calles y los periódicos publicaban pequeñas notas desmintiendo los rumores que provocaron el saqueo, aunque ya era muy tarde. El resultado: 620 familias japonesas damnificadas, 10 japoneses muertos, varios heridos y 6 millones de dólares en pérdidas materiales. Eso dicen las cifras oficiales. La vergüenza hace que los casos de violación a japonesas queden casi escondidos en el recuerdo de unos pocos.
Con el tiempo, todos, incluso los mismos japoneses, convirtieron su miedo e impotencia en silencio y olvido.
Parece que nosotros mismos condenamos nuestra propia historia al olvido. Creo que pasará el tiempo y el recuerdo del saqueo podría convertirse en solo un mito.
@JiritsuJP