Voy a ponerme sentimental. Hace poco falleció mi mejor amigo durante los últimos 15 años. Bajito, 5 kilos de peso, pecho con forma de corazón y abundante melena. De ascendencia china pero entendía muy bien el español. Supo cómo me iba en mis prácticas profesionales y hasta acaparó mayor atención de algunas exparejas. Era medio ‘partidor’.
‘Chaparro’ fue el nombre que le cayó a pelo a este pekinés. En realidad mi mamá le puso ‘Kuki’. Pero decirle ‘Galletita’ en inglés al enano no me gustó. Finalmente se acostumbró a ambos nombres. Fue parte de la familia. Solo faltaba su DNI con nuestros apellidos.
Durante mis comienzos como practicante en un diario popular, él escuchó cómo fue mi primera vez en una comisaría, en un penal, en un accidente y con un muerto. Mientras yo me echaba en el sofá como la ‘pashna renga’, según mi progenitora riojana, él se recostaba encima de mi pecho. Capaz le entraba por una oreja y le salía por la otra, pero siempre estuvo presente.
A él le conté mi experiencia en los exteriores de la cárcel de San Juan de Lurigancho durante un motín. Mientras acariciaba su cabeza le narré la vez que fui a la Unión Nacional de Ciegos para reportar el asesinato de uno de sus afiliados. Pasando mi mano sobre su barriga, se enteró cómo me desenvolví en una invasión de terrenos en Villa El Salvador.
Hace poco realicé un informe sobre dos humildes sujetos que cuidan a más de 40 perros abandonados en Carabayllo. Lo titulé: ‘Los Ángeles Caninos del Río Chillón’. Sin abundantes ingresos y con el apoyo de voluntarios, daban casa y comida a canes de todas las razas. Si quieren apoyarlos pueden contactarlos al 975-551-116. Ambos carecen de un albergue pero los animales no se hacían problema para dormir en los exteriores de su casa de madera. Saben que cariño no les faltará.
Esa fidelidad fue característica del ‘Chaparro’, el mejor asesor de prensa que tuve. El pequeño compartió mis alegrías en la carrera que escogí. Nunca corrigió mis textos pero siempre de alguna manera me dio las palabras para terminar los párrafos. En su rostro estaba la respuesta cuando me quedaba sin líneas en algún informe que preparaba.
Mientras escribo esto, no está pidiéndome subir a la silla colindante para acompañarme. Si me hacía el loco, un par de ladridos propinaba. San Pedro tiene suerte porque ahora gozará de su compañía. El enano siempre me dio alas y ahora se ganó las suyas.