Por: José Bulnes (Esoj García)
El derecho, no es el sentido común. Sino la lógica del pensamiento. Quizá fuera esta advertencia sobre todo de Husserl, la que hiciera que confluyeran tres formas de interpretar lo político: la preeminencia de la idea sobre la acción, de la acción sobre la idea y acaso, la acción y la idea por sobre la ciencia. ¿Cómo te acercas a los objetos?
¿Qué es suicidarse? No es posible responder. Pero sí puede interpretarse el suicidio de alguien. ¿Qué forma tiene? Tiene forma política. ¿Qué finalidad? En los clanes, al morir el Patriarca, no solo sucede la anarquía del poder, sino que se origina un vacío (moral). La ausencia de reglas. Morir es un dormir sin imágenes. Pero un clan tiene homogeneidad, al menos ésta le es consustancial. En el Apra bulle heterogeneidad. En su interior cada militante es siempre un compañero del otro, pues la coordinación es circunstancial, pero la confrontación (política) es necesaria. Aunque esta permanente lucha es temperada por algo parecido a un sentimiento, la fraternidad pero complementada con la verticalidad, el líder. Han existido líderes en el Apra, pero Alan García logró ser Presidente. ¿Cómo interpretar la presencia-ausencia de Alan García? Solo queda interpretarlo políticamente (es decir, toda acción individual busca el poder público), y de la mano con el método a fin de esclarecer (si el militante piensa en el presente y el futuro del Apra, o sea un doctrinario y no alguien circunstancial), el para qué del suicidio, el dónde ubicar el suicidio en la historiografía aprista y, finalmente, si existe o no el alanismo.
¿Para qué se suicida alguien? No importa la respuesta a la pregunta, pero sí la pregunta por su planteamiento. De inicio a fin, fue un político, porque todo es política. El suicidio, pues, fue un acto político y como tal, cada militante no dejará de lado el sopesamiento político cuando tenga que habérselas con él. La suma de cada actitud o disposición del militante originará la finalidad del suicidio, pero ésta será volátil. El suicidio fue un acto unitario, solo que sus finalidades estarán en función de la correlación de circunstancias políticas. Hoy el suicidio puede llevar a la unidad, pero mañana puede llevar al militante a diferenciar a los apristas hayistas de los apristas alanistas. Los apristas tienen la noble tarea de ubicar este penoso suceso en la historiografía del Apra. Esto requiere haber interiorizado la ausencia perenne del líder, así como haber ensayado un para qué en el cual el militante pueda identificarse y sienta como un punto de apoyo para afirmar su aprismo (claro que, si el militante ha escudriñado con sigilo y destempladamente su alma y ha llegado al distingo entre apristas hayistas y apristas alanistas, su reafirmación tendría otro predicado), Asimismo, la muerte, incluso aquella que frise con lo espeluznante, no es ajena a la historia del Apra. Morir es para los apristas históricos, un acto de reafirmación: de quién es el enemigo, de a dónde va el porvenir de la doctrina y qué significa una vida frente a la idea del Apra. La muerte del líder del Apra ha buscado resaltar estas tres reafirmaciones. Pero el militante deberá resolver si esta muerte acusa solemnidad o ésta se impondrá bajo la confusión de la premura, o sobre la verdad en tensión con la no verdad. Quiza, por ello, la situación del militante (que cree en la doctrina y en la santa igualdad), arriba a un dilema: si reafirma ser sectario, entonces la solemnidad de suicidio es espontánea, sin importar el juicio del enemigo; o relativiza su sectarismo, pondera la circunstancia, y la solemnidad del suicidio adquiere, por parte de este militante, un difuerzo y su militancia, una actividad discreta, solamente.
El ismo cobra forma en grupo humano que se organiza como una sección, una parte de un todo. El líder ha de calar en el sentimiento no por el resultado de las obras, sino por lo inevitable de su magisterio. El líder o es odiado o temido. Si es odiado, es mejor aparentar amarlo públicamente, si es temido, hay que obedecerle. El cariño hacia un líder, cuando es sincero, el militante amará desprenderse de sus fuerzas, porque la fe es lo que le hace entender. ¿Alan García hizo lo suficiente para que exista el alanismo? El autor de este modesto escrito, sostiene que sí.
¿Por qué sí hay insumos para el alanismo? Las obras no determinan la perennidad (política) de alguien. La obra (un puente, o un colegio, la lista puede ser amplia y muy variada) y su autor llena un espacio de un documento. Pero de ello no resulta el arrebato del ismo, sino del sentido que ha cobrado el líder, en ese lapso de historia. La política es materia porque es un cuerpo que puede ser desplazadado y transformado. La década del ochenta no puede ser entendida sin el populismo-nacionalista aprista. No por la bizantina diferencia de la política formal e informal, ni por la jactancia académica de elucubrar procesos de democratización contrapuestos a la democracia. Sino porque el capital social joven de esa década accedió a la política (es decir, a la posibilidad de luchar por el poder) porque una nueva clase social accedió a la dirigencia de un partido en vía de anquilosarse en el conservadurismo. Alan García significó en el Apra la creencia de que el indio con estudios y determinación logra sus objetivos, y en la política nacional, cuando asciende a la presidencia en el 85, que la Oligarquía es el enemigo último y primero de todas las clases populares. La disquisición académica es necesaria, pero a la hora de construir un ismo, son otras las razones.
Pero el alanismo, si es que cobra no solo forma y organización, sino identidad y continuidad deberá pasar por la prueba del tiempo y del ejemplo. ¿Cómo crear el ismo si la preeminencia es de Haya de la Torre? Por eso, el suicidio del Presidente Alan García tiene algo de desconcertante y de auto interpelación. El militante aprista antes del arribo al poder de la generación que encabezara Alan García tiene un orden en la doctrina, un significado construido. ¿Cómo pondera ese militante la ausencia-presencia del último líder del Apra? La generación que comparte el poder con él en el ochenta y posteriormente la generación que se acerca al Apra a inicios del siglo XXI, pueden ver y sentir muy lejos al fundador de 1924 y de 1930.
Pero queda un último tramo, el ejemplo. El aprista alanista, cree para entender. ¿Cómo deberá tomar el acto de suicidarse? La Iglesia no es la capilla, ni el atrio, sino la práctica: el ministerio. Los alanistas, si quieren llamarse tales, tendrán que considerar (en el sentido fuerte del verbo) apagar con sus propias manos su propia vida. Si es que buscan de forma honesta y sincera, construir el alanismo y no solo una plataforma de medios y fines.
El Apra ha entrado en una dura y doliente encrucijada.