¿Es posible separar el plan agrario propuesto por una organización partidaria del sujeto político al cual se busca reivindicar? Pero el carácter de la pregunta tal vez interpele a los que porfíen una lectura de la doctrina política aprista por los fueros de la modernidad, que no a aquellos que la siguen al pie de la letra.
Pues, tal vez para los primeros apristas, el sujeto y la tierra fueron indesligables, mientras que para un militante contemporáneo, dicha ligazón se atemperaría con la busca de reforma. Sin embargo, en lo que sigue, conviene fundamentar lo dicho con lo que podríamos definir como el programa del Apra en el agro, aunque sin obviar el decurso de la propia historia, pues como se verá, el programa y la realidad han seguido vías paralelas, confluyendo en momentos álgidos de la realidad política, así como la masa y la dirigencia apristas, controvertida dicotomía propuesta por algunos estudiosos.
Así, y porque la ciencia y la claridad conceptual se fundan en el método, iniciaremos el análisis con un momento álgido en la historia del Apra que significó un hondo cuestionamiento de su programa y acción política, el golpe del 3 de octubre de 1968. Existe un plano consenso en que éste significó desmontar la estructura económica feudal, así como la implementación del Programa del PAP, aunque sin democracia. Pero, el autor de estas líneas no pretende tomar posición política al respecto, salvo procurar la epistemología de la política, y para tal fin, sería conveniente indagar en el contraste entre el proyecto revolucionario militar y el programa revolucionario del Partido. Veamos. En el período de 1925-1928 el Apra discurre en su etapa auroral, produciendo, de entre una vasta documentación, dos particularmente sugerentes: El Plan de México de 1928 (PM28) y el ¿Plan de Acción? (¿PdA?), también de 1928, anexado como capítulo 10, en el mítico libro del Antimperialismo y el Apra (AA). En esta «troika» documentaria, aparece como principio fundamental, la devolución de la tierra al pueblo peruano, entregándola a quien la trabaja. La fórmula se constituye, además, dentro del marco de una lucha antimperialista, por lo que se busca restablecer la estructura incaica basada en el ayllu y teniendo como “inspiración” la ruta de la izquierda (¿PdA?), así como los artículos 27 y 123 de la Constitución revolucionaria de México, los cuales establecen los criterios de la dación de la propiedad de tierras correspondientes a la Nación en propiedad privada, así como las leyes al trabajo. El Apra busca, pues, construir el Estado antimperialista. El derrotero reivindicativo continúa, ahora bajo la denominada Democracia Funcional, formulada en el Discurso-Programa (DP) de 1931. Ésta implica un Estado técnico (científico) que organice el trabajo, el capital, así como a la agricultura, a través de un Congreso Económico. Al Ejército alcanza la proclama por la tecnificación, pero Haya le adjudica, además, el papel de “incorporar al indio a la nacionalidad y a la civilización en general”. Sin embargo, la década del treinta es singularmente notoria en la historia del Apra, no sólo porque expone los primeros años del Partido, sino porque, a propósito del contraste que venimos desarrollando, es aludida reiteradamente cuarenta años después, en los discursos de Fraternidad durante todo el período que duró el Golpe del 68. ¿Por qué?
Hacia 1937 el alto buró aprista se exilió en México, entre ellos, Alfredo Saco, espiritualmente trotskista y afín a la revolución de Cárdenas, es quien formula un Plan Agrario para el Apra. El cual se condensa en las siguientes medidas: Política agraria nacional y social, Política de producción agropecuaria, Política de bonificación y colonización, Política de educación agropecuaria y Administración pública agraria. Afirma, además, que estas reivindicaciones tienen como sujeto social a la comunidad indígena y la necesaria instalación del Banco Agrícola. Esto implicará la asunción de un principio socioeconómico, caro a los primeros socialistas (utópicos), el cooperativismo. La busca de relación directa entre Estado y productores significaba el desplazamiento de toda intermediación, es decir, de la clase gamonal tributaria de la penetración imperialista. Es aquí donde el militante, que suscribe la doctrina (un cuerpo de ideas que guía la acción política), puede advertir que el Apra o es el Movimiento que deviene en Partido, o es el Partido de un Movimiento. Si lo primero, el discurso ante el Primer Congreso de 1931 resulta coherente. El PAP tiene fines electorales, el Apra, continentales. El Movimiento no desaparece, el Programa agrícola sigue postulando una base científica en su organización, se busca redimir al indio, es un “problema social, no racial”, se apuesta por la producción nacional y las cooperativas. Sin embargo, la Dirigencia transita de una lucha frontal contra el Imperialismo, a una actitud intermedia ante la Política del Buen Vecino. ¿Cómo conciliar el primer punto de acción contra el imperialismo yanqui con este súbito acercamiento, ratificado en el postulado de Interamericanismo Democrático sin Imperio, que busca afirmar la Democracia en América? Pero el Movimiento ha devenido en Partido, y en él se inserta la “disciplina”, refrendada con la designación de un rol del sacrificio de sus militantes por la “sagrada perennidad de su causa” (Discurso del 8 de diciembre de 1931).
¿Cómo pretender aplicar el Programa si no se ha “capturado” (AA, p. 78. Ed. Juan Mejía Baca, Lima, 1985), ni ganado en elecciones el poder? La presencia legislativa de los apristas en 1931 y 1945 fue interrumpida, ya por la dictadura, ya por el cierre del Congreso. El Partido ha escrito su martirologio, los levantamientos en alianza con los militares han sido develados. Entonces, la persecución y luego, la Amnistía. En 1945 los apristas se reencuentran, recuperan ciudadanía, sin embargo, nuevamente, ¿cómo conciliar el principio de "devolución de tierras a quien la trabaja” (1928), con “en el Perú no se trata de quitar la riqueza al que la tiene sino crear riqueza para el que no la tiene (1945)? En medio de la oscilación del Partido de un Movimiento al Movimiento en Partido se encuentra el militante, en vivo contraste ante la Dirigencia. Entonces, las alianzas y con ello, la renuncia de sus más caros dirigentes. Aparece el Apra Rebelde, que por el camino del marxismo-leninismo constituye el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (1962) rescatando, en el camino de impronta de Mariátegui, el lema de “Patria o Muerte”.
Los campesinos son organizados militarmente. Este movimiento se desarticula, acaso fracasa, pero la reivindicación del derecho a la tierra y del sujeto social que la detenta no se condice con la apremiante necesidad de la tenencia del poder del PAP, por la vía democrática. Entonces, el Perú amanece el 3 de octubre con la noticia de que el Ejército se hace del poder y expropia las tierras, posteriormente decreta la reforma agraria. El agro, la tierra, el indio que se vincula con ella, su tecnificación, la superación de la estructura feudal, la clase campesina fue redimida por el Ejército.
Entonces el Partido, su Alta Dirigencia aluden a la década del treinta, cuando se gesta el Programa originario. Pero Haya fallece en 1979 dejando una Constitución. Los militares han regresado a los cuarteles. Finalmente, en 1985, luego de 55 años, el Partido Aprista llega por primera vez al poder.
Ideológicamente se continúa la pauta del Discurso Programa, pues -como se precisa en el texto El Futuro Diferente (EFD)- se busca el desarrollo mediante la intervención estatal en comunión con el cooperativismo, lo cual procuraría “nuevas formas de producción” (EFD, p.20. Ed. JAZAM, Lima, 1985). Hoy, 33 años después, sus militantes buscan modernizar la doctrina, ¿y si más bien, la reafirman?