El Congreso de la República acaba de aprobar la ley que busca prevenir el acoso sexual en los espacios públicos. ¿Se soluciona este problema social con una ley? Evidentemente no, pero es una herramienta muy importante que amarrará las ganas a más de uno de ir por las calles mirando libidinosamente a las mujeres y lanzándoles piropos groseros y hasta atreverse a tocarlas y pegar sus cuerpos contra ellas.
¿Qué niña, adolescente y adulta no ha sido víctima de este tipo de acoso sexual?
Les contaré mi experiencia, para que los padres sepan cuántas situaciones incómodas callan los hijos por temor, vergüenza… por no sé qué razón. Para que las personas que observan estas situaciones no sean indiferentes y reaccionen; y, para que el Estado tome finalmente las demás medidas que están pendientes y se pueda finalmente sancionar a este tipo de agresores.
Vivía en Huacho, cuando fui niña y adolescente. Frente a mi casa había una obra de construcción. Lo que duró la obra, mis hermanas y yo tuvimos que soportar groserías de los obreros, que no dudaban en mostrar sus miembros y hacer movimientos obscenos cuando nos veían entrar o salir de casa. No denunciamos el hecho a nuestros padres por temor a ocasionar problemas. Sí, así reaccionan las niñas.
En el pueblo, nos movilizábamos a pie: al club, al cine, al colegio, a jugar, a comprar, al parque, etc. Nada me causaba más angustia, en esa época, que cumplir la tarea de ir al mercado. Todas las veces que hice ese encargo me crucé con tipos que lanzaban palabras vulgares y miradas acompañadas de gestos repugnantes.
Ya en Lima, cuando ingresé a la universidad, me tocó enfrentar otra realidad: de ir a pie a todas partes tuve que movilizarme en micros. Estar en un micro sí que era perturbador! Había hombres que buscaban rozarme o pegarse a mi cuerpo, se masturbaban disimuladamente y eyaculaban en sus pantalones sin ninguna vergüenza. Nadie hacía nada, la gente era indiferente…se hacía la que no miraba. Nunca tuve la oportunidad de saber cómo se sentía uno cuando alguien intentaba protegerlo o ayudarlo en una circunstancia tan humillante como esa.
Cuando tuve la suerte de mudarme de distrito y ya no tomar micros sino combis ¾transporte en el que todos iban sentados¾, en los paraderos se detenían los autos particulares y los tipos que manejaban me ofrecían ”una jalada”, y no faltaba, por supuesto, un sujeto en el paradero que también me molestara. Los sujetos que ofrecían “la jalada” insistían, no continuaban su marcha, y eso me intimidaba, así que la pasividad ante ese acoso (que dicho sea de paso me aterrorizaba porque pensaba que podían raptarme) era imposible; no me quedaba otra que defenderme sola de esos mañosos con la única arma que tenía a disposición a esa edad, mi voz: los insultaba para que se largaran.
No olvido que un día esperaba la combi en el Parque Reducto, en Benavides, para ir a la universidad, y un reconocido periodista se me acercó muy amablemente y con su melodiosa voz me ofreció su tarjeta diciéndome que lo llamara “por si me provocaba trabajar en los medios”. ¿Eso sería un acoso sexual o un casting al paso? Hoy puedo plantear esa pregunta, pero hace 25 años era para mí un señor amable que me ofrecía la oportunidad de trabajar. Quién sabe y ese fue realmente su objetivo… Nunca lo sabremos.
Tomar taxi era otra historia igual de repugnante e intimidante: la tercera vez que tomé un taxi, al acercarme al taxista a preguntar cuánto me cobraba, éste ya me esperaba con sus partes descubiertas!
¿Puede una mujer sentirse segura en una sociedad así de hostil? ¿Pueden crecer tranquilas las niñas y las jóvenes sabiendo que una vez que pisan la calle encontrarán en su camino pervertidos que las van a ofender y agredir? ¿Pueden las madres quedarse tranquilas cuando sus hijas salen, sabiendo lo que suele suceder en las calles?
Sabemos que esta ley de carácter preventivo no va a erradicar el acoso sexual, pero considero que la decisión política constituye el inicio de un proceso legislativo que llevará muy pronto al Estado a adoptar las medidas necesarias que permitan finalmente sancionar a este tipo de agresores, que atentan contra los derechos fundamentales principalmente de las mujeres.
Hace unos días, ya aprobada la ley, mientras caminaba muy temprano por el Centro de Lima, tuve la mala suerte de toparme, una vez más, con uno de estos sujetos que me dijo un par de groserías de índole sexual. En ese momento me pregunté ¿y cómo haremos ahora para aplicar la ley? ¿Cómo vamos a denunciar el acoso? ¿Agarramos al acosador y lo llevamos a la comisaría? Eso lo podría hacer quizás una mujer adulta como yo, pero ¿una niña, una adolescente? ¿Le pedimos sus datos al agresor? Ridícula pregunta, pues obviamente el sujeto no nos los va a dar. ¿Le tomamos una foto? ¿Y si no tenemos cámara? ¿Y dónde hay una comisaría por acá? ¿Necesitamos testigos? Obviamente, el tipo va a negar que nos ha agredido y argumentará que estamos histéricas ¿Y si no hay nadie por ahí cuando somos acosadas? … Todas estas preguntas y otras más, que muchos se estarán formulando, serán respondidas por las autoridades competentes una vez que éstas publiquen y difundan los procedimientos correspondientes, los cuales deberán ser lo suficientemente cuidadosos y respetuosos de los derechos de todos a fin de que la ley cumpla con el objetivo por el cual fue aprobada, y no sea tampoco un instrumento que vaya a ser invocado injustificadamente.