La figura más visible dentro de la tienda naranja es Keiko Fujimori. La confianza de éxito puesta en ella hace posible el impulso del proyecto de institucionalidad partidaria para querer trascender más allá de un apellido. La última campaña se notó a una Keiko forzada a estar más alineada al status quo político, moderada, contraponiéndose estratégicamente al pasado más nefasto de los hechos cometidos por su padre. Una Keiko Fujimori irreconocible buscaba demostrar que es el nuevo rostro del fujimorismo.
Tenemos por un lado a la mayor de los Fujimori Higuchi, heredera del bastión socio- político que su padre se encargara de constituir indirectamente. Del otro lado, está el menor de la familia. El joven Kenji que busca constituir la figura directa de su padre, pero más light. Aprendiendo a contraponer las prácticas directas de su hermana y su mayoría parlamentaria. Respaldado por una nada despreciable población electoral.
Somos testigos de hechos políticos que nos transportan a la contienda electoral de abril del año pasado. Fuerza Popular, su lideresa y su bloque mayoritario en el Congreso han hecho sentir su pica al no ocupar el Ejecutivo. Dentro de tanto espectáculo mediático, el intercambio de palabras y giros políticos insuficientes, surge en los últimos días un hecho anómalo.
Las demostraciones públicas en la carrera política de cada uno queda limitada a que los dos quieren llegar a Palacio de gobierno. Cuando el poder es el fin supremo, las leyes naturales quedan perturbadas. La visibilidad de Kenji hace confundir la imagen ganada por el fujimorismo y nos lleva pensar en un papel de personaje con artificios impensables. Contradice desafiante y sarcástico, las decisiones y discursos de su bancada. Realiza gestos que su hermana jamás haría.
Kenji se muestra más humano, más sensible y aperturado al diálogo incluso si fuese con Ollanta Humala este último lunes luego de que el ex presidente fuera encarcelado en el mismo penal que Alberto Fujimori. La respuesta sigue siendo la misma: una vista de reojo que daría todo por guardar al menor de los Fujimori de los micrófonos y las cámaras de televisión. Los unen puntos en común, en su mayoría los que vinculan la figura de su padre.
Las muestras de alcanzar el poder han debilitado la imagen sólida e imperante del núcleo familiar sin disidentes. Se ha abierto la posibilidad de fragmentación fujimorista y el escenario queda para cualquiera.