Punto de Encuentro

Las aldeas y las islas. O sobre cómo va llegando a su fin la globalización

 

Me sorprendió que los periodistas de CNÑ en español estuvieran tan molestos con la ascensión de Donald Trump. En la trasmisión de la ceremonia del 20 de enero, en vez de dedicarse a narrar los sucesos protocolares (como lo hacía la contraparte en inglés), los periodistas no ocultaban su cariño al saliente Obama, al mismo tiempo de darle demasiada cabida a los analistas contrarios al nuevo presidente de los EE.UU y remarcar, en todo momento, que la gente había —prácticamente— menospreciado el estar presente en los actos de inauguración.

Entre el desfile de opiniones y análisis bastante pesimistas de esa señal televisiva, sobre todo después del discurso del nuevo presidente, solo uno me llamó la atención por su claridad y contundencia histórica. Para ese comentarista (del que no anoté su nombre) el voto a Trump no había salido de la ciudad prospera, liberal, abierta al mundo; el grueso de la gente que había votado por el candidato republicano —a entender de ese profesor— estaba  conformado por los aldeanos, el ciudadano de los interiores del país, casi el farmer de tractor y overol de jean, figura esta última tantas veces burlada en caricaturas y películas. En la visión de ese mismo académico, parecía que se volvía a una época en la que EE.UU se cerraba al mundo.

Mientras escuchaba a ese profesor reafirmé una idea que no quería asumir por lo temerosa y grave que resulta. Tal idea es que tras casi dos décadas de iniciado el nuevo milenio parece claro que eso que llamamos en su momento — y con paroxismo— el proceso de globalización tal vez haya sido algo tan limitado, tan superficial y, sobre todo, tan débil que casi podría decirse que está en sus iniciales estertores.

La idea que nos emocionó a muchos desde los años 90 del siglo pasado, esa que sostenía que el mundo se civilizaría en virtud a su comunicación fluida y en tiempo real, al choque superado de culturas, a la expansión de las libertades, a la democratización de la cultura, a la apuesta por religiones más tolerantes y privadas, al fin del comunismo, a la expansión urbi et orbi de la democracia liberal capitalista y al aprendizaje interiorizado de la universalidad de los Derechos Humanos; fue, pues, una idea que se estrelló con la pertinaz inercia del ser humano de anhelar la protección de la aldea y la soledad de la isla. Sobre esto escribiré un nuevo libro, pero, por ahora, quisiera, en estas líneas, adelantar los ejes rectores de ese futuro escrito en el que tal vez plantee que ya es hora de asumir el fin de una época que prometió más de lo que logró y claro está, también intentaré analizar la respuesta de mi propia aldea (el Perú) a lo que todavía es el intento agonizante de globalización.

En mi humilde entender, estos son los fundamentos en los que me apoyare para despedir a este último periodo de globalización.

1) No es la primera vez que el mundo se globaliza para luego feudalizarse.  Globalizaciones las ha habido en varios momentos de la Historia de la Civilización Occidental. Solo mencionare la más notoria signada por 1492, es decir, por el Encuentro entre Europa y América. Está demás que diga lo que ello implicó, pero créanme que fue un proceso muy similar al que ya está de salida: economía mundial, afanes universales, choque cultural, mestizaje de ideas y velocidad en las comunicaciones. Tal vez, la única diferencia con la actualidad es que las personas no filosofaban ni interiorizaron el proceso como si lo hicimos nosotros en su momento. Para el siglo XVIII esa globalización comenzó a diluirse para dar pasos a nacionalismos regionalistas que llevaron al orbe a otro periodo de contracción.

2) No es la primera vez que una intelectualidad cae en el juego ingenuo de que se está avanzando hacia una civilización de paz y armonía. Ciertamente ya había pasado eso con la Ilustración, ese movimiento cultural del siglo XVIII que se esparció por toda Europa mientras asumía que, a medida que pasaba el tiempo, el ser humano se volvería más civilizado, más culto, menos supersticioso, menos animal; y que la ciencia y su avance solo podían traer felicidad y, sobre todo, paz. En un punto del devenir —decían esos intelectuales— la Historia llegaría a su fin con el triunfo de la libertad y — como la conclusión de La Novena de Beethoven— con la alegría uniendo lo que la moda había separado severamente. Eso, como es obvio, no pasó. Solo una prueba: el siglo XX fue el más brutal, cruel, violento y asesino de toda la Historia la Humanidad. La racionalidad, más que traer felicidad, se puso al servicio de la muerte.

3) Hoy por hoy parece que el modelo aldea y/o isla se ha impuesto. Pensé que el nacionalismo entraría en una etapa de franco retroceso a lo largo del nuevo milenio pero eso no ocurrió; todo lo contrario, la gente parece que necesita defender su pequeña parcela de tierra o el sentimiento de pertenencia a su isla. Hoy por hoy ese instinto tan básico se da con fuerza inusitada en España y se expresa sin tapujos en toda América Latina, Inglaterra, Rusia y, claro está, en el Perú. El nacionalismo de hoy, como en su primigenia versión del siglo XIX, se sigue nutriendo de la oposición hacía el otro, en la satisfacción de ofensas de vieja data y en la sacralización de símbolos. No obstante, la renovación de los nacionalismos solo reflota el pensamiento tribal en su expresión, literalmente, cavernaria y, así, se vuelve una fuerza de esencia violenta.

4) Esta globalización cayó en la vieja trampa de creer en los universales categóricos. No ha habido fuerza más nociva para la humanidad que la que se proclama “universal”. Las religiones, son un claro ejemplo, éstas al elevar sus postulados al rango del universalismo —es evidente— los vuelven verdades dogmaticas y por lo tanto dinamos para la violencia bruta hacia quienes no quieren aceptar “la verdad universal”. En esa trampa cayó la globalización que hoy agoniza y así encumbró a la democracia liberal como sistema universalista. Bajo esa consideración, EE.UU no tuvo reparos en actuar de forma violenta para expandir la verdad de su evangelio liberal. Entonces, pasó lo que con Napoleón que quería liberar a los pueblos del mundo de los cetros y coronas y así conquistó de manera brutal a medio orbe para luego olvidarse de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Lo más triste del canto del cisne de la última globalización  radica en el hecho de haber postulado la universalidad de conceptos tan caros como el de los Derechos Humanos asumiendo que la idea de lo “humano” es única en toda latitud y, eso, no es así puesto que la humanidad es entendida de disimiles maneras por las diversas culturas y religiones del mundo (esto que suena tan grave, lo profundizaré en otros escritos).

5) Las teologías y las teocracias avasallaron, otra vez, a las fuerzas del sentido común.  Esto tal vez era lo más predecible y no lo vi en su momento: que las fuerzas irracionales (pues esa es su naturaleza) de la religión vencieran a las de la razón. El lector tal vez no lo sepa, pero durante el 2016 se quemaron en el Perú a cuatro brujas. Tal cual se lee. En esta parte del mundo aún hay gente que cree que otra gente hace pacto con el demonio para dañar a otras gentes. Lo más triste es que el cristianismo —hoy en su vertiente protestante y evangélica— mueve a las personas de mi país a perseguir y aniquilar demonios, fantasmas y brujos. El fanatismo impregnado de miedo y temblor azuza, así, el seso de muchos de mis compatriotas. Por otro lado, el catolicismo aún ostenta su fuerza dogmática y nada inclusiva y parece no perder terreno. Aquí en el Perú ese catolicismo ojival se mezcla con la política y, así, atenta contra las libertades básicas o impide todo tipo de discusión con respecto a la ampliación de libertades entre los ciudadanos.  Si salimos de la aldea peruana, se ve con mayor evidencia que mucha de la violencia atroz que sacude a este mundo tiene un origen religioso. Recuerdo que el filósofo H.G. Gadamer, ya con 100 años encima, calificó al 11S como un acto supremo de anarquismo. Esa idea me impactó mucho pero ya no lo veo así, más bien lo entiendo como acto de brutalismo teológico. Recuerdo vivamente el día de hoy lo que sostuvo S. Huntington en su momento, de que desde el 11S la humanidad regresaba a una etapa como la de la Edad Media en la que el mundo cristiano se enfrentó al mundo islámico. Ahora, en estos tiempos, eso me parece muy comprensible. La lógica de Al Qaeda fue la de la Guerra Santa y está se llevó, luego, a su peor forma en eso que conocemos como Estado Islámico (quien tenga algo de estómago, pues que vea la serie de videos con las “ejecuciones” que perpetran los fanáticos de ese grupo hacia quienes ellos llaman “infieles”). Lo que conocemos como Occidente (encabezado por EE.UU), en otro escenario, tampoco se quedó atrás y así apeló, muchas veces, a las fuerzas del bien contra el mal (G.W. Bush lo hizo) o, sin tapujos, imploró al Jesús de los Ejércitos (en esta juramentación del 20 de enero debí escuchar a unos diez clérigos y/o pastores implorando a Dios por el bien y gloria de los EE.UU).   

6) La globalización que se va solo auspició el bien banal. El bien banal tiene mucho de exorcismo y la globalización de las comunicaciones permitió que las buenas intenciones se promocionaran con mayor fruición que en otros tiempos y esto como una especie de desahogo o intento de que se arreglen las cosas esperando, a través de algo que se conoce como responsabilidad diluida, de que sean otros y no uno mismo quien haga prevalecer el bien. La indignación, la defensa del débil, el compromiso social, la lucha contra los tiranos, el anhelo de paz fraternal, las acciones ecológicas ahora solo se definen por la cantidad de “me gusta” del Facebook. Discutir a la distancia en una espacio tan ficcional como el Facebook tranquiliza conciencias y, tal vez, genera cierto impacto en la educación cívica de las personas, pero también banaliza tanto al bien que ahora el hombre, la mujer y el niño dan el todo por el todo (el todo por el todo virtual, claro está) por los perros y gatos abandonados en las calles que por sus propios congéneres humanos. Eso último es la banalización del bien y por ella, la globalización agoniza. 

7) La globalización hizo de la vida de muchos algo muy aburrido. Cuando muchos pueblos se enteraron de que podían ser muy ricos, educados, libres, sanos, tecnológicos y felices; hicieron lo posible para hacer de sus países esos países ricos, libres, educados, sanos y tecnológicos que muchos envidiamos. Sus circunstancias históricas también se los permitieron. No obstante (parece ser una norma) cuando una sociedad alcanza el clímax de su libertad y bienestar sobreviene uno de los peores enemigos sociales: el aburrimiento. Y es que ya no hay retos por los cuales luchar ¿Qué emoción puede tener el estar empleado siempre, el onanismo de la zona de confort, ser salvado de toda enfermedad, estudiar en las mejores universidades, ganar un excelente sueldo, recibir bonos monetarios por tener hijos, poder tener niñeras y poder expresar sin tapujos los secretos de la sexualidad? Ante la plenitud, viene, pues, la tristeza y la añoranza por la lucha. De esto saben mucho los daneses, fineses, suecos y noruegos que ya no soportan tanta perfección.

8) La globalización no cumplió su promesa de que seríamos mejor educados.  Aquí no quiero tratar de lo que está pasando en escuelas y universidades, eso será para otro momento. Más bien quiero hacer hincapié en esa gran oportunidad que tuvimos para hacernos, todos, autodidactas en las ciencias, las artes y las humanidades. Como nunca había pasado en la Historia, todas las obras maestras del arte y de las ciencias se hayan contenidas en la red. Libros enteros, papiros, tratados, ediciones facsímiles, archivos absolutos, pinturas, toda la música, las formulas empiristas, todo, absolutamente todo esta on line hasta para el profesor más pobre del Perú que solo necesitaría 1 sol para usar una hora de internet en las aún subsistentes cabinas y así ponerse en contacto con la plenitud del saber. No obstante, esa oportunidad de autoaprendizaje y superación se dejó de lado por el ocio y la diversión. Para nadie es un secreto que lo que la gente pone en el buscador de Google suelen ser temas de pornografía, farándula, juegos de videos, chismes o se entra a las redes sociales solo para entregarse a los placeres de la procrastinación.  

9) La globalización produjo demasiada envidia. El capitalismo exitoso que barnizó al proceso de globalización, lo mismo que el consumismo desenfrenado; al igual que el acceso a los servicios básicos de salud y vivienda (pero de primer nivel); solo acrecentaron la brecha entre los poquitísimos que tienen muchísimo y las enormes mayorías que aún se arrastran por la trocha de la supervivencia. Cuando uno ve a otro que está en la mejor universidad, que gasta 6 dólares diarios en café y cupcakes, que viaja de Madrid a Praga para beber de la cultura o solamente comprar, que se va a tomar sol a Punta Cana, que lo atienden inmediatamente en una clínica particular (y no en 4 meses como en ESSALUD) y que usa un guardarropa que bordea, en una sola vestida, los mil dólares; obviamente que ese individuo sentirá envidia y frustración. Ante esos sentimientos, el encumbrado llamará a ese otro resentido social y le recordará lo que él tiene por aforismo irrebatible pero que no es sino la gran mentira de la globalización: de que todos tenemos las mismas oportunidades y que todos, con esfuerzo y trabajo, podremos deslizarnos por el mármol y el lapislázuli de una gran casa con vista al mar. La globalización abrió los mercados, liberalizó la economía, movió la industria, aceleró el consumo y nos dio a entender que vivir es bello, pero creo que también garantizó los mecanismos para que solo unos cuantos pudieran hacerse de la riqueza. Así las burguesías, en algunos lados, y las oligarquías, en la mayoría de países, fueron muy hábiles en proclamar ese juego del lenguaje tan marquetero, ese que dice —lo repito— que solo basta la libertad y la igualdad de oportunidades para que cada quien pueda estar en la cima a través de su esfuerzo y honradez. Lo aterrador es que detrás de ese aforismo los poderosos, justamente, anulan las libertades, impiden la igualdad y, suelen, violar la ley para su propio beneficio.

10) La globalización agotó el contenido de la palabra libertad y eso ha permitido que el pensamiento retrogrado se vuelva parte del menú ideológico. Un filósofo de los últimos tiempos sostenía que el lenguaje podía devaluarse y que esto le abría las puertas a la decepción y a la violencia ¿Qué significa eso realmente? Que cuando se abusa de los conceptos políticos sin que éstos encuentren su correlato fáctico en la vida de las personas, esos mismos conceptos pierden su valor y credibilidad. Así, por ejemplo, la globalización prometió libertad, democracia y justicia; pues resulta que ahora mucha gente ya ve que de ellas solo gozan unos cuantos y no las grandes mayorías, de ahí que ya no crean en esas palabras ni en esos conceptos y, así, decepcionados, retornan a las formas retrógradas de ejercer la vida política que tienen que ver con la violencia comunista o el soterrado fascismo o, lo que es peor, a formas teocráticas que tienen a la cabeza a un Dios combativo que azuza a sus siervos a destruir a los siervos de otro Dios también combativo.

¿Qué tan difícil puede ser regresar a la vida de la aldea o buscar el refugio en la isla tras haber conocido y rozado los colores del cielo infinito? Pues es algo que descubriremos en un muy corto tiempo. 

 

Por Eduardo Torres Arancivia. 

 

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