Punto de Encuentro

El Perú de las tragedias lingüísticas

Soy un firme convencido de que todo cuanto existe es una creación del lenguaje. Eso significa que la vida social, política y económica de las sociedades son meros discursos que produce la mente humana cuando se reúne en comunidad. Entendiendo eso, se puede colegir que todo conflicto tiene que ver, en esencia, con unos que no quieren o no pueden entender a los otros. El corolario de la incomprensión de la cultura del otro es justamentela Tragedia lingüística (término estudiado por Carmela Zanelli para el XVII peruano)cuyo nefasto epitafio es, siempre, la violencia.

Desde que el nombre del Perú apareció en la Historia Universal (hacia 1513), éste se vio envuelto en esa desgraciada incomprensión: unos ambiciosos conquistadores preguntaron por la tierra del oro y unos nativos, que no entendieron lo que se les demandaba, parece que dijeron Virú como nombre de un cacique poderoso o de accidente geográfico (tal vez un río).  La segunda de esas desgracias ocurrió precisamente en Cajamarca en noviembre de 1532: Atahualpa y Pizarro intentan conocerse pero el diálogo no llega a concretarse; un intérprete mal entrenado (Felipillo) y dos visiones antagónicas del mundo impidieron la comunicación y la matanza sobrevino. Tal vez, en ese malentendido lingüístico, está la simiente del Perú actual. De ahí en adelante, bien puedo arriesgarme a decir que la historia peruana es el transcurrir de varios y complejos malentendidos: la construcción del indio, el dios cristiano enfrentado a los dioses andinos, el criollo molesto con el peninsular abusivo, la monarquía versus la república, el orden frente al caos, la democracia contra el comunismo.

Piénsese en lo que ocurrió y ocurre en Uchuraccay, Ilave, Conga, Espinar y Pichanaki; sucesos que en realidad son la permanente actualización de la Tragedia lingüística y la prueba de que los peruanos viven en el mismo territorio pero unos y otros no se llegan a poner de acuerdo. Casi es la imagen de un coro disonante, con voces que claman —cada una— fines propios pero que difícilmente pueden reconciliarse en un afán armónico. Eso último, desde que Felipillo hizo de malogrado intérprete hasta el más burdo pleito entre un estudiante y el cobrador de combi. Unos días somos Pizarro; otros, nos ponemos la borla de Atahualpa: la Historia del Perú es una lucha de discursos en la que cada uno trata de imponerse sobre el otro y en la que ni siquiera nos preguntamos sobre si el que está al lado nuestro puede tener, en sus fines y pensares, aunque sea un tanto de razón. 

Eduardo Torres Arancivia. 

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