Punto de Encuentro

Un emoliente caliente, onegaishimasu (1)

La historia de los inmigrantes japoneses en el Perú guarda muchos datos interesantes y hasta curiosos que se han perdido con el tiempo.

Ahora que hace frío, ¿a quién no se le antoja algo calientito, como un emoliente, por ejemplo? Un emoliente bien caliente en pleno invierno no es nada despreciable y menos lo era en la Lima de antaño. ¿Y saben? Hay un dato muy curioso sobre los emolientes y los primeros comerciantes japoneses en Lima que parece que solo lo recuerdan algunos autores costumbristas limeños. 

Si bien los japoneses no fueron los primeros en vender emoliente en carretilla, se afirma que fueron los mejores. Y así lo recuerdan algunos, como Andrés Herrera Cornejo en su libro “Estampas costumbristas de Lima de 1934 a 1937”.

Por el año de 1900, cuenta que los provincianos radicados en Lima comenzaron la venta de emoliente. A altas horas de la noche, aparecían vestidos con un mandil blanco por las principales calles limeñas y acompañados de una carretilla llena de botellas coloridas.

Realmente, el emoliente era un negocio redondo. A altas horas de la noche, no se podía encontrar ningún restaurante o cafetín abierto. Pero ahí es donde aparecían los emolienteros, para suerte de los noctámbulos que necesitaban algo calientito en plena calle limeña.

Herrera Cornejo cuenta que varios japoneses se sumaron a la novedad del negocio emolientero. Pero además de vender los emolientes, mejoraron su sabor, convirtiéndose en los preferidos de los consumidores en aquellas épocas.

Pero si los emolientes resultaban ser un negocio redondo en pleno invierno, en verano la cosa cambiaba. ¿Qué hacer? Con un poco de ingenio, le sacaron provecho a las circunstancias. Las carretillas que se usaban para vender emolientes en invierno, se convertían en verano en carritos raspadilleros.

Con las raspadillas y melcocha, el emprendimiento japonés resultó ser el primero. Algunos con memoria privilegiada afirman que los primeros vendedores de raspadillas y melcocha en Lima fueron los japoneses. La amabilidad y encanto de los raspadilleros japoneses atraían muchas veces a la clientela de los heladeros locales, cuyos pregones generalmente aturdían al vecindario.

Usaban una máquina para cepillar el hielo y con las virutas que obtenían de él, creaban la famosa raspadilla. El infaltable jarabe dulce convertía el insípido hielo en un delicioso y refrescante postre de verano.

Pero volvamos a la realidad. Ahora que estoy terminando de escribir este artículo, está haciendo bastante frío y un emoliente bien calientito no caería nada mal, ¿no?

(1)    Onegaishimasu: término en japonés que significa “por favor”.

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