Punto de Encuentro

Sociedad del conocimiento y desarrollo del Perú

23 Febrero, 2015

Carlos Jaico

Desde Francis Bacon, precursor de la sociedad del conocimiento (“Scientia potentia est” –El conocimiento es poder– in Meditationes Sacrae, 1597), los avances en las distintas áreas del conocimiento tienen en común la revalorización de la ciencia y tecnología como ejes principales del desarrollo. Algunos siglos después, el conocimiento como fundamento de la competitividad implica dominar las diferentes áreas del conocimiento y del desarrollo. Los retos que el Perú afronta en este nuevo milenio, exigen por tanto una mejor preparación y presencia intelectual de quienes obran en democracia.

 En nuestro país el trabajo es doble, al no haber sido favorecido por los avances en ciencia y tecnología desde sus inicios como colonia. Con la llegada de la República, el Perú, sin liberarse del colonialismo intelectual, trató de avanzar en una fuerte contraposición entre ideologías de izquierda y derecha, como reflejo o caja de resonancia de los vaivenes de este mundo. Sin embargo, llegamos al siglo XXI sin una creación ideológica propia al Perú, si consideramos al socialismo de Mariátegui, la social democracia de Haya de la Torre o la democracia cristiana de Víctor Andrés Belaunde. Sin revalorizar nuestro acervo histórico, pluriculturalidad y multilingüismo, se ha querido explicar nuestra realidad, presente y futuro a través de conceptos e ideologías foráneas, hayan sido útiles -o no- para el contexto geopolítico de sus autores.

 No sin sorpresa, entramos en este nuevo milenio con un debilitamiento de los partidos políticos, explicable por la crisis del paradigma doctrinario aunado a la inadecuación del discurso ideológico con la realidad. Los partidos, que funcionaban como mecanismos de movilización social, pierden hoy su fuerza de representatividad al haber perdido credibilidad. La organización puramente política y sin profesionalismo, no siguió los cambios sociales manteniéndose en una fallida transición e inmovilismo. Es el caso de la izquierda peruana que sigue abstracta y dubitativa, (re)inventando definiciones, slogans, frentes y trillados nombres, presagiando su división futura. Igualmente, vemos como aquellos que profesan ideas de izquierda (extrema), usufructúan el nombre de sus fundadores olvidando sus principios y pasando sin sonrojarse a las tesis de derecha. Otros, sin el menor remordimiento hacen alianzas por el poder, para mañana desligarse buscando nuevos rumbos electorales. Ser saltimbanqui político ya no sorprende a nadie. El elector no comprende nada de esta calculada confusión, donde prevalecen intereses personales y el lado doctrinal es sólo un subterfugio.

 Es el caso igualmente de los movimientos extremistas, quienes siguen entrampados en discursos ideológico-dogmáticos nada constructivos en términos de desarrollo. Persistiendo en una lectura errónea de nuestra realidad, en un terco (y sangriento) intento por hacer que su ideología calce a la realidad peruana. Teorizan que salir del subdesarrollo se conjuga con violencia, cultos a la personalidad y mitomanías de personajes enajenados. Confirman una vez más que no han creado nada nuevo ni bueno, copiando los errores y horrores de pueblos que los miran ahora como salidos de las páginas más tristes de su historia.

 La derecha tampoco ha comprendido su rol histórico, al haberse desentendido en muchas ocasiones de los problemas esenciales del Perú. Olvida que actuando en función de intereses de clase o distrito, de Lima para Lima o hacia el exterior, en la indolencia por solucionar los problemas sociales, tarde o temprano, éstos terminarán por afectarla. Y es que la lectura de la sociedad no puede verse desde un sólo prisma; de manera vertical y de intereses grupales. Al proponer un tipo de sociedad que vive de espaldas a su realidad histórica, étnica y lingüística, la derecha peruana sigue sumida en enfrentamientos de tipo colonial, que nos han conducido a una sociedad clasista con un racismo persistente, que comunica de reojo y con desconfianza a través de rejas y condominios.

 Llegamos a este nuevo milenio con una visión de país jaloneada y postergada. De allí que la preocupación primera de los partidos sea legitimarse ganando elecciones. Inherente estuvo el discurso populista caracterizado por su vaguedad y superficialidad, el cual llega a sus límites en este nuevo siglo. Quienes todavía practican este tipo de argucias justifican sus planteamientos con un oportunista discurso de modernidad sin poder explicar técnicamente los detalles. No contaron con el persistente subdesarrollo, el cual vino a demostrar los límites de partidos sin organización efectiva ni cuadros técnicos. Los límites de las ideologías y de aquellos que las profesan. Los límites de fuerzas políticas llamadas de oposición al tono altanero, vociferante y procaz pero cuan improductivo. Olvidaron que la representatividad electoral sólo constituye la parte formal de la legitimación para el ejercicio de la función pública. Olvidaron que la gobernabilidad del Estado es función de la eficacia profesional. Obedeciendo las puras formas electorales, olvidaron el espíritu mismo que debe guiar toda organización política: Ser el medio que propulse el desarrollo del Perú.

 Así, este contexto ideológico del milenio pasado nos ha polarizado. Nos ha dividido. Se han hecho las cosas al revés, poniendo a la ideología, al arribismo o al interés de grupo como fundamento de decisión política. Se olvidaron de la visión de país. Dieron la espalda a la sociedad del conocimiento. Se olvidaron del ciudadano, sabiendo que ninguna sociedad entenderá de ideologías con el estómago y la mente vacíos.

 En ese contexto, la representatividad que el ejercicio democrático exige, no ha cumplido a cabalidad su rol primero: organizarse para dar solución a los problemas del Perú. A la legitimidad electoral de los gobiernos no se ha sumado el imperativo (categórico) de aportar soluciones concretas y viables. Más allá de la retórica y débil coherencia con los modelos de izquierda o de derecha, la toma de decisiones ha navegado entre imprevisión e improvisación quinquenal. Los partidos olvidaron su rol inherente: captar aquellas fuerzas intelectuales capaces de proponer soluciones concretas de desarrollo. Remplazaron esta labor por un caudillismo y clientelismo exacerbados, de tráfico de influencias y poder económico. Se organizaron para subsistir políticamente, apurados por plazos electorales, sin secretarías técnicas que congreguen a nuestros mejores profesionales. Al no captar el mejor capital humano, en el Perú y el extranjero, han recurrido a ciudadanos ávidos de poder. La consecuencia es una limitada capacidad de los partidos a funcionar de manera eficaz y con resultados benéficos para el país. Sin asumir la responsabilidad de ser el primer filtro para quienes desean entrar en política, los partidos permiten la subcultura de políticos vitalicios, cuando la razón exige profesionales y técnicos con visión de país. Que la partidocracia peruana persista en el sistema político de antaño hace que su calidad sea deficiente, y una democracia de modesta factura produce gobiernos poco eficaces. En estas condiciones, la democracia ha sido más un pretexto que una finalidad.

 Afortunadamente las entrañas del Perú nos brindan todavía un crecimiento sostenido, pero acompañado de una gobernabilidad e institucionalidad tambaleantes. Los resultados siguen siendo pírricos, la corrupción continúa, la impunidad de los crímenes y delitos sigue siendo mayor y, con ella, se ha acrecentado la inseguridad. La pobreza extrema se ha reducido pero la desigualdad prevalece, porque reducirla requiere igualdad ante la ley, profesionalismo y una mejor gobernabilidad. Por ende, el Perú no ha avanzado en términos cualitativos. El Perú crece pero no se desarrolla. Sin mayor calidad en la representación política, los resultados de los gobiernos serán superficiales y pasajeros en desmedro de la competitividad.

Para este nuevo milenio el Perú necesita exigir de su ciudadanía un nuevo perfil político: aquel que sustente la doble legitimación de ser representativo y eficaz. Porque a mayor complejidad, mayor necesidad de expertos en las diferentes áreas del desarrollo. Las organizaciones políticas deben iniciar esta necesaria evolución para liberarse del acientifismo y disfuncionamiento que las sigue condenando al cortoplacismo.

La gobernabilidad democrática para este milenio exige que la decisión técnica deba prevalecer sobre la decisión político-ideológica. No se excluyen las corrientes de izquierda y derecha del siglo pasado. Debemos constatar sin embargo que su incidencia en términos de desarrollo para este nuevo milenio es ineficaz. Por tanto, deben dar paso a la sociedad del conocimiento, donde no se privilegie la ideología -u oportunismo electoral- sobre las soluciones que la realidad y los intereses mayores del Perú exigen.

 Para lograrlo, la Socialtecnocracia plantea que cada partido debe organizarse en secretarías técnicas por especialidad las cuales abran las puertas a la sociedad del conocimiento. Por ende, a una institucionalidad pensante y previsora, fomentando espacios ciudadanos de discusión programática orientados al desarrollo, a nivel nacional y provincial. Las soluciones que nuestra realidad requiere se ven apoyadas por los avances de la ciencia y la tecnología, que no constituyen fines en ser sólo medios para lograr la mejor calidad de vida del ciudadano. Estos factores contribuyen a la producción de proyectos reales y aplicables, toda vez que buscan el bienestar social garantizando la imparcialidad político-ideológica. La acción organizativa y programática de la Socialtecnocracia, imprime la visión de desarrollo que el Perú requiere. Visión que nos permitirá tomar el liderazgo de potencia emergente en este nuevo milenio.

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