Punto de Encuentro

LA URRESTIADA

La antigüedad nos ha dejado tesoros de la épica grecolatina como la Ilíada, la Odisea o la Eneida, frutos los dos primeros de un memorioso extraordinario como debió ser el gran Homero, el aedo invidente del siglo VIII a.C., y el otro del gran poeta latino Virgilio, en el último siglo a.C.

Semidioses o héroes, sus vidas estuvieron signadas por grandes hazañas, pasiones desenfrenadas y finales estremecedores. Aquiles marchó a la guerra de Troya pero no quiso entrar en batalla porque Agamenón le había quitado a su esclava Briseida, a quien amaba. Sólo la muerte de Patroclo -a quien Aquiles quería aún más que a Briseida- a manos del troyano Héctor lo hizo volver a la guerra y conducir a los aqueos hacia la victoria.

Ulises tardó veinte años en volver a su reino de Ítaca, soportando primero la guerra de Troya y luego sorteando todo tipo de seducciones y asechanzas mientras navegaba en viaje de retorno, para llegar a su destino solo y matar a los pretendientes de su esposa Penélope.

Eneas fue sobreviviente de la caída de Troya y huyó de sus cenizas. Luego de siete años llegó primero a Cartago y luego a Roma, donde reinaba Latino, en alianza con el cual desposó a su hija Lavinia y venció al envidioso Turno, instalando el que luego sería el imperio romano.

No hay acuerdo sobre la muerte de Eneas. Algunos dicen que murió en batalla y otros que, siendo un semidios, su madre Afrodita logró que Zeus lo aceptara en el Olimpo y para ello debió perecer en un río. Por su parte, el final de Ulises pudo deberse al trágico error de su hijo Telégono engendrado en la hechicera Circe, quien le dio muerte precisamente cuando lo estaba buscando, confundiéndolo con un enemigo.

La muerte de Aquiles fue aún más espectacular. Hijo de la diosa Tetis y del mortal Peleo, la duración de su existencia terrenal dependía del cuidado que tuviera sobre su talón, único lugar vulnerable de su cuerpo divino. Fue Paris, el gran arquero troyano y a la vez culpable de la guerra contra su patria, quien atravesó con su flecha el talón del gran aqueo, acabando con su vida. No faltan quienes culpan al dios Apolo de ayudar a Paris, simpatizante como era de los troyanos y tal vez secreto enamorado de la bella Tetis.
Si así fue en la antigua y grande Grecia seguida por la Roma inmortal, es probable que en estos tiempos y en este lado del mundo estemos próximos a una nueva epopeya. Sin armaduras, escudos ni venablos, tenemos muy cerca un personaje que roza los ímpetus de estos guerreros inmortales. Goza del don de la ubicuidad pues se le ve por todas partes, especialmente donde se encuentran las cámaras de televisión. Habla de todo y se mofa de todos. Su verbo flamígero incinera truhanes, terroristas, contrabandistas, monreros, mochileros, enmascarados, indocumentados y enemigos políticos. Seguramente algunos dioses enemigos le impiden encontrar a quién más debiera hallar, pero contra esos designios parece que él nada puede hacer. O no quiere, cuasi divino como es.

Felizmente su talón está seguro porque usa borceguíes. De modo que su lado vulnerable no va por allí. Su evidente vulnerabilidad está en su lengua. Habla tanto que un día se enredará en ella y, como aquella esfinge a quien Edipo venció con su respuesta, se precipitará al abismo insondable del fracaso absoluto. Dice el viejo refrán: más pronto cae un hablador que un cojo.

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