Francamente ya estoy harto que una camarilla proclamada culta e intelectual me esté acusando, a mí y a mis conciudadanos, de pasar por un proceso de irreversible idiotización por ver lo que ellos denominan televisión basura. Para ese docto cenáculo de corifeos la televisión debería ser una especie de perenne Canal 7 (la señal de T.V del Estado) en el que todo el día se muestran programas de turismo, se resaltan las bondades de la historia del Perú; en el que la gastronomía y sus sabores impera y en el que Don Marco Aurelio Denegri (con sus eternos monólogos) nos habla de Marcuse y Sartre al mismo tiempo de aprovechar para llamarnos, sutilmente, idiotas, hipnotizados por la cultura dizque light. Y en ese coro también están los viejitos perricholescos que extrañan a conductores como Pablo de Madalengoitia y que quieran ver, de nuevo, en marquesina, programas como Helen Curtis pregunta por 64 mil soles, el Haga negocio de Kiko Legard, o acurrucarse con el insulso Topo Gigio y su antipático sonsonete del “irse a la camita”.
Los peores exponentes de ese sermonario pueden ser los señores y señoronas (y uno que otro creído chibolo de boina en la cabeza, bufanda en el cuello y zapatillas converses) que nos ven por encima del hombro por no leer a Santiago Roncagliolo, por no ver La teta asustada o Magallanes, ni sumergirnos en la aburrida novela El sueño del celta del ya inmortal Mario Vargas Llosa. En música, la situación es peor: ahí están los músicos que no toleran al perreo, al reggaeton, ni a la Tigresa del Oriente, ni A Wendy Sulca ni a Tongo, y quieren que vivamos en el pasadismo triste de recorrer el puente, el río y la Alameda para evocar una Lima que nunca existió (no temo decirlo: detesto la versión de Juan Diego Flórez de La flor de la canela). A tal punto ha llegado esa ridícula elitización de la cultura que hasta el músico criollo se siente por encima de los demás músicos: su cantar —dicen ellos— aunque gilero, es más sutil; su cortejo, aunque erótico, es más elegante; su sonido —aunque sazonados con piscos y butifarras— es más sano de lo que se ve y escucha en un rave de música electrónica.
Lo diré de nuevo (aunque lo sabemos perfectamente): vivimos en un país en el que se sufre mucho y el arte y los medios audiovisuales nos deben poner, de vez en cuando, en una especie de paréntesis ante ese sufrimiento. No es políticamente correcto decirlo (pues lo tenemos prohibido desde hace ya casi 500 años) pero entiéndalo: el consumo de basura es necesario en su justa medida y es que entrar al chiquero y revolcarse en el hediondo lodo puede tener un lado liberador. Siempre lo ha sido a lo largo de la Historia y la gente —aunque lo tiene interiorizado— suele olvidarlo o tiende a obviar tal circunstancia. En ese sentido, las elites, que siempre se han arrogado la facultad de aconsejar con firmeza a lo que ellos consideran masa vulgar, han intentado combatir (sin mucho éxito, por cierto), la natural inclinación humana por la basura: mientras Pico della Mirandola escribía su magistral Discurso sobre la dignidad del hombre (1486); Leonardo pintaba La Gioconda (1503), Miguel Ángel esculpía el David (1504) y Monteverdi componía su Orfeo (1607); la mayoría de personas se aglomeraba a ver en completo éxtasis la ejecución de un condenado, y vaya que esos martirios no eran rápidos. La gracia era ver el dolor del miserable: tenazas ardientes le sacaban trozos de piel al reo, luego el verdugo especializado comenzaba el destripe cuidando en no tocar los órganos vitales para que el condenado sufra lo más posible. Los ahorcamientos fascinaban: uno que otro curioso se acercaba al pie del patíbulo a ver si de la última erección del ahorcado habían caído unas gotas de semen para nutrir la tierra donde podría crecer la mandrágora. Las quemas inquisitoriales eran el deleite de otros tantos: el olor de la carne humana que se quemaba le hacía recordar a los presentes que ellos estaban del lado del bien y eso hacía que un día en este valle de lágrimas sea más llevadero. Los niños, en esos lejanos tiempos, la pasaban de maravilla enterrando a gatos vivos hasta el cuello para luego apedrear sus cabezas. En serio, los gatos la pasaban mal en esos siglos: se le mataba sin piedad y muchas veces era motivo de diversión prenderles fuego y verlos correr desesperados. Y así podría seguir con el catálogo del consumo basurero.
Esos arrebatos violentos siempre intentaron ser frenados por el hombre culto que se sentía tocado por las musas y se arrogaba los modales de la civilización. El primero que sistematizó el buen gusto (ósea, el antecedente más remoto — salvando el abismo— de Marco Aurelio Denegri) debió haber sido Erasmo (1466-1536): él nos prohibió en su De civilitate morum puerilium (1530) limpiarnos con la mano los mocos de la nariz, bostezar a mandíbula abierta, tirarnos pedos o emitir flatulencias tras la comida al mismo tiempo de cubrir buena parte de nuestra desnudez con ropa; entre otras “disposiciones” que, según él, solo tenían por fin alejarnos de la condición animal.
¿Puede el ser humano alejarse del animal? Pues ese ha sido nuestro gran anhelo y la promesa de la Ilustración del siglo XVIII, ese siglo en el que la gente se ponía pelucas, se maquillaba, usaba tacones, escondía senos y testículos y decía dedicarse a las artes bellas, a las lecturas excelsas y a la música que aminoraba las bajas pasiones. No obstante en ese mismo siglo un agotado Mozart podía regodearse en la basura de vez en cuando y escribir un hermoso canon musical que tiene por título Lámeme el culo (K.231), solo para divertirse; o también se podía hallar en letra impresa las depravaciones del Marqués de Sade. Y es que demasiada civilización —y esto es algo que muy pocos dicen con valentía— hace daño: aguantarse pedos, ajustarse la corbata, no eructar, contemplar todos los días los cuadros de Szyslo, escuchar la Novena una y otra vez; llega a agotar, a estresar; se pierde la gracia y se ahoga el afán por conocer lo prohibido. Si no se prueba la basura de vez en cuando, en su justa medida, puede resultar contraproducente, sino que lo digan los alemanes que por escuchar todo el tiempo a Wagner, estudiar el día entero a Hegel, emocionarse con Goethe, seguir a pie juntillas a Kant, ensalzar a Beethoven y rezar el Ein feste burg ist unser gott, terminaron matando a millones de seres humanos entre 1934 y 1945: y es que bañados de la más excelsa cultura, también se bañaron de sangre hasta los tuétanos. De ahí mí llamado al peruano normal: que consuma basura audiovisual y libresca, hágalo como liberación, como descanso, como quien ante la presencia de la maldad se atreve a responderle con un inofensivo pedo.