Punto de Encuentro

El Retacero

31 Agosto, 2015

Juan Biondi

Hace muchos años. Yo era muy joven, casi niño. Apareció en Ica, un sábado de setiembre. Lo llamaban el retacero.

Ica era entonces una ciudad pequeña y ordenada. Aún no había habido el desborde del río que convirtió sus calles en terrales. Aún no se habían producido las grandes migraciones ayacuchanas. Y todavía brillaban en la plaza principal las luces del Centro Social.

Lo llamaban el retacero. Vendía retazos de tela a la puerta del mercado. Pero no cualquier tela. Telas europeas muy finas. Encajes, gasas, sedas, linos…pero solo en retazos. A bajo precio. De diferentes medidas. Podían alcanzar uno para una blusa, otro para un vestido, otro para una falda.

¿De dónde venía el retacero? Nunca nadie lo supo. ¿De dónde venían las telas? Hubo muchas versiones: que envolvían mercadería que venía de Europa en barcos a Pisco, que eran cortadas y robadas de lotes de telas que en fardo venían a las tiendas de Lima…

El hecho es que el retacero causó una revolución en la alta sociedad de Ica. Había sido descubierto por una señora joven y guapa que fue un sábado al mercado con una empleada a comprar alfajores de miel (ella nunca iba al mercado, pero sí fue para seleccionar los alfajores que vendía el viejo y que eran los mejores). Le llamaron la atención las telas que vendía un hombre y que se veían muy bien.  Se acercó y vio toda la variedad. Compró varias y un encaje le alcanzó, con las justas, para mandarse a hacer el corto vestido que lució  en la comida de una amiga. El vestido gustó a quienes habían ido. Preguntaron por la tela y la  dueña les contó del señor que vendía retazos.

Se pasó la voz. El sábado siguiente todas, o casi todas, las señoras jóvenes y las señoritas de la sociedad iqueña fueron a ver al retacero. Las señoras mayores no iban (¡qué horror ir a comprar retazos!) .

Vieron las telas y compraron. Solo había un retazo de cada tela. Y se peleaban en muchos casos por uno. Llegaron hasta a jalarse los pelos compitiendo por una tela.

Todos los sábados el “puesto” del retacero tenía una multitud de gente. Parecía una manifestación. Y la encabezaban las señoras jóvenes más conocidas de la sociedad. E iban cada vez más temprano. Desde las seis de la mañana. Para ser las primeras en llegar y escoger mejor. 

Las reuniones sociales de Ica estaban plagadas de telas del retacero. En vestidos u otras prendas. Algunas de las cuales llevaban una etiqueta de una marca francesa o italiana de prestigio y que había sido despegada de una prenda vieja y cosida sobre la nueva. Bajo orden imperativa de silencio a la costurera.   

Esto duró muchos sábados. Un sábado cualquiera no llegó el retacero. Nunca más se le vio. Desapareció, así como apareció.

Recordar esto me evoca el mundo intelectual limeño. No en su totalidad, pero sí en buena parte.

Llega una idea. No se sabe bien de dónde viene o con qué está relacionada. Se le toma, se le corta y se le cita así descontextualizada, retaceada. O se le pone un nombre nuevo –el propio- y se asume como personal. Y todo se publicita, se luce, por todas partes como la verdad. Un día aparece otra y sustituye a la anterior. Y así sucesivamente.

Ese es el mundo intelectual limeño. Retazos de Chomsky, de Baudrillard, de Adam Smith; de derechos humanos, aborto, ecología, equidad de género…que vienen y se van, según las circunstancias. Retazos de pensamiento.

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