Hay situaciones en las que colisiona el interés colectivo con el interés individual o de grupos pequeños. La que ha contado Ricardo Uceda en La República del 11 de agosto es una de ellas. Ahí comenta e informa sobre la resistencia de los gremios del sector que vende golosinas para sujetarse a la Ley de Promoción de la Alimentación Saludable, a pesar de que la evidencia indica que sus productos en venta son dañinos para los niños y la gente. Es un típico caso de tensión entre mercado y Estado, en el que debe primar el segundo.
La norma, que hasta el momento no se ha podido reglamentar, pone tales restricciones publicitarias a la venta de golosinas (casi que deben “gritar” sobre el daño que hacen y no pueden inventar fantasías para niños) que cabe pensar que los empresarios del dulce barato van a perder mucho dinero.
Para defender sus intereses, los industriales suelen referirse a la libertad, en este caso la de los individuos para consumir los productos dañinos que deseen. Aún si esto fuera cierto, tiene que haber simetría de información entre comprador y vendedor, sino es injusto con una de las partes.
Pero el caso es que no es del todo cierto que los individuos pueden comer toda la chatarra que se les ocurra: si van a ser padres de familia por ejemplo, sus genes dañados, propensos a muchas enfermedades duras, serán heredados a sus hijos y a futuras generaciones de humanos. Nadie está absolutamente aislado del entorno, en este caso del entorno futuro.
Creo que aquí el principio de conservación de la especie (a mi ver la justificación de la universalidad de los DDHH) es más poderoso que el de libertad de elección, e incluso el de libertad de empresa, que podría también entrar en este conflicto de valores.
Los empresarios de dulces deben entender que la información sobre salud cambia, a causa del paso del tiempo y de la mutación natural de las cosas. Y lo que antes se pensaba normal ahora resulta que es muy dañino y debe restringirse, aunque en el camino algunos sectores productivos pierdan dinero.
Una actitud progresista de parte de ellos, los debería llevar a innovar en el sentido que pide la demanda: alimentación saludable. Grandes empresas de golosinas ya están apostando por edulcorantes naturales en algunos de sus productos, el sector tendría que explorar esta tendencia y apostar por ella. Y le haría bien al país, que lo hicieran a partir de productos que tienen cada vez más demanda internacional, como la maca o la quinua.