Punto de Encuentro

¿La corrupción realmente nos indigna?

Por lo general las personas no afirman que la corrupción les es indiferente o que están de acuerdo con ella. Por el contrario, todos aseguran repudiarla y no faltan quienes ‘dicen’ no meterse “en ese tipo de porquerías”. Sin embargo, en muchos, dichas afirmaciones no se condicen siempre con la realidad. 

A menudo se observa, en diversos ámbitos, que el rechazo por la corrupción está condicionado al autor: Si el corrupto es allegado o amigo, de sus actos no se habla o se minimizan; incluso los actos corruptos del adversario suelen convertirse en referentes válidos para justificar la corrupción del amigo. 

Si se pretende luchar contra este flagelo, el repudio no debe ser selectivo ni estar en función de ideologías, partidarios, amistades, ni de lazos familiares. Venga de donde venga debe ser rechazado y denunciado. Si cada persona, desde su ámbito (empresarial, político, administrativo, mediático, religioso, etc.) actúa, podría transformar su medio y, por ende, la sociedad. 

Está muy bien indignarse, pero la indignación es solo la primera fase de la lucha. Es necesario actuar. Hoy es muy simple difundir y poner en evidencia esas acciones. Las nuevas formas de comunicación son herramientas muy valiosas para ello. 

Necesitamos desarrollarnos como Nación y la corrupción no nos deja, nos estanca. Hay muchas formas de combatirla desde el Estado, pero no es sólo su responsabilidad; los ciudadanos también tenemos deberes con el país. 

¿Hace cuántos años estamos en vías de desarrollo? Ya es hora de salir del ‘en vías de’. Estamos creciendo, pero como nuestras instituciones están carcomidas por la corrupción no logramos despegar. 

Además, no sólo son nuestras instituciones las afectadas. Es evidente que nuestra sociedad está acostumbrándose a los corruptos que, como hacíamos referencia la semana anterior, ya no sólo son clasificados como “corruptos-muy corruptos-mayormente corruptos”, sino que ahora estamos creando una nueva categoría, la de los ‘corruptos temporales’. 

¿Qué es un corrupto temporal? Es ese individuo al que un día se le descubre un acto de corrupción, se convierte mediáticamente en un ser despreciable y al cabo de un tiempo es nuevamente un actor político confiable, fotografiable, entrevistable y, además, elegible para un cargo público. ¡Y vaya que es elegido y re-elegido! 

¿Por qué tenemos esa permisibilidad con los otrora corruptos? ¿Por qué los actos que un día fueron repudiados y ocasionaron daño y perjuicio ¾no sólo a muchos otros individuos sino también a la localidad¾ son de pronto ‘olvidados’? ¿Qué papel juegan las leyes en esta suerte de ‘reivindicación’ del corrupto? ¿Son muy relajadas nuestras normas?¿Realmente nuestras normas están diseñadas para combatir al corrupto, al corruptor y todo el proceso de corrupción? ¿Somos nosotros los relajados con la corrupción y los corruptos? ¿Somos muy éticos y moralistas cuando de la corrupción ajena se trata, pero no cuando lo es de nuestros allegados? 

Es necesario reflexionar sin hipocresía sobre nuestra verdadera disposición frente a uno de los más perjudiciales males del desarrollo. 

¿La corrupción realmente nos indigna o es que nuestra indignación ‘es relativa’?

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