Punto de Encuentro

Mayormente corruptos

‘Corrupto – muy corrupto – mayormente corrupto’. No, no hay gradación en la práctica corrupta, el corrupto es corrupto, no se es ni más ni menos corrupto. 

Los ciudadanos peruanos perciben a sus autoridades como personas corruptas. Abundan escritos muy interesantes sobre la corrupción y las formas de atacar esa situación, que retrasa el desarrollo y obstaculiza el diseño de políticas públicas eficaces. 

Tenemos decenas de leyes, decretos, convenios y acuerdos firmados para prevenir y castigar la corrupción, y todas las medidas están concebidas para ser ejecutadas en la administración pública, lo cual me llama a la siguiente reflexión: ¿En el Estado sólo interactúan servidores públicos? ¿Es el Estado un conjunto de edificios que tiene dentro empleados caidos de alguna parte del espacio? ¿Alquien nació funcionario público? ¿Quiénes son los corruptos, algunos servidores públicos o también algunos empresarios y algunos usuarios? 

El desarrollo de un país está en manos de sus políticos, de sus empresarios, de su burocracia, de su sociedad, y todos son individuos que provienen de algún lugar, constituido o no, sano o no, armónico o no, perverso o no. De ahí que cuando algunos plantean la pregunta “¿cuándo va a disminuir la corrupción en la administración pública?”, una respuesta es: cuando comencemos a diseñar políticas de lucha contra la corrupción basadas en la educación y todos participemos en esa tarea.

 

La tarea de limitar la corrupción es de muy largo plazo y se fundamenta en una educación (desde la cuna) basada en la ética y la moral. En ese sentido, la familia es muy importante en la consolidación de las buenas prácticas y en la interiorización de los valores y principios. Somos las familias las que formamos a los individuos que conforman nuestra sociedad, que formarán parte de las entidades del Estado y que después influirán en el futuro del país. 

No es que la corrupción nazca en el Estado. Uno no se vuelve corrupto al llegar al Estado o al tratar con éste. La corrupción está relacionada con las prácticas ilegales e inmorales cotidianas que llevan tanto los servidores públicos como los empresarios y usuarios al proceso de toma de decisión. El haber etiquetado los males de la sociedad como el robo, la estafa, la mentira, la coima, el aprovechamiento personal, etc. como ‘corrupción’ cuando estos son cometidos en el seno del Estado nos ha hecho mirar y atacar solo una parte de su compleja estructura. 

A la luz de los resultados de la lucha contra la corrupción, se hace evidente que dicho fenómeno ya no debería ser abordado como un flagelo más de la administración pública pues es un problema con raices en el proceso de formación de la sociedad. 

Es por ello necesario que el Estado repiense y rediseñe este tipo de políticas considerando a los individuos no sólo desde su dimensión de ‘usuario afectado’ o de ‘mal servidor público’ sino de ciudadanos que serán los futuros socios estratégicos y futuros decisores. Y la herramienta pública es la educación, pero una educación que brinde formación ética y cívica durante todo el proceso educativo. 

¿Por qué no se invierte más y mejor en educación? La respuesta la encontramos en estudios que señalan que “los países altamente corruptos tienden a subinvertir en capital humano”, es decir, destinan poco presupuesto a la educación. 

Obviamente no todo es responsabilidad del Estado. La educación como la base formativa del ser humano tiene como primera fuente de transmisión de principios y valores a la familia; luego a la sociedad, que se convierte en nuestro ámbito de supervivencia, donde está presente el Estado regulando y promoviendo conductas. 

En lo que a nosotros concierne, como actores del proceso de configuración de nuestra sociedad, ¿cuánto estamos haciendo para que los individuos que salen de nuestras casas no pasen después a engrosar el rubro de ‘mayormente corruptos’?.

 

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